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martes, 16 de diciembre de 2014

LIBERTAD DE CONCIENCIA, RECOBRO DE LO HUMANO Y CAMBIO SOCIAL RADICAL (y II)



Dejemos al neo-estalinismo las prácticas totalitarias que le son propias, calumniar, amenazar, censurar libros, intentar reventar actos públicos, etc. Dado que su nivel intelectual es ínfimo, que está falto de argumentos y que la gente de a pie le repudia, no tiene más opción que acudir a procedimientos de la extrema derecha, de la que es parte principal. Como se sabe incapaz de explicarse en debates públicos libres tiene que acudir al fácil expediente de imponer sus ideas por la fuerza, a amedrentar, demonizar, prohibir pensar, manipular emocionalmente, en suma, a actuar como policía del pensamiento y proto-aparato represivo. En sus métodos desalmados y rufianescos está inscrita la fecha, causas y naturaleza de su derrota estratégica, ya bien visible.
        
El neo-estalinismo, que opera con un programa socialdemócrata y se aferra a las religiones políticas, que ha sido instalado en los medios de comunicación y está siendo multi-subvencionado por el Estado (parlamento, gobierno central, partitocracia catalana “independentista”, ministerio de Igualdad, ministerio de Trabajo, ministerio de Cultura, ministerio de Defensa, ministerio de Interior, empresas del capitalismo de Estado, fundaciones, entes autonómicos, ayuntamientos, etc., etc.) y por la gran patronal, jamás se refiere a la libertad de conciencia como meta, o al menos como atributo irrenunciable del ser humano. Ese persistente “olvido” le desenmascara como sujeto agente de la peor dictadura.

También ignoran la libertad de conciencia, indispensable bien inmaterial sin el cual el ser humano no puede realizar su esencia y no alcanza a re-humanizarse, quienes se centran en los pequeños asuntos, las ínfimas reivindicaciones y las más o menos pedestres demandas “concretas”, por lo general ligadas al consumo y al bienestar. Con su silencio sobre lo más decisivo tales se hacen cómplices de la deriva liberticida y deshumanizadora en curso.
        
En lo parcial y lo pequeño se ahoga la esencia concreta humana.
        
Una revolución civilizadora y rehumanizadora, por tanto, una revolución auténtica, ha de poner en el centro de su programa de medidas prácticas la realización de la libertad, de conciencia y de expresión. Las revoluciones perniciosas, desde la francesa a la rusa sin olvidar la revolución liberal española iniciada en 1812 y las revoluciones “anticoloniales” de hace decenios, han estatuido aparatos todavía más poderosos de adoctrinamiento, machacando con singular furor la libertad de conciencia y negando de mil modos la libertad de expresión. Por eso se han convertido en acontecimientos atiborrados de negatividad que hoy contemplamos con horror, de los que han surgido entes estatales aún más poderosos y un mega-capitalismo todavía más de rapiña.
        
La realización práctica de un orden social que permita (pero no que garantice) la libertad de conciencia y la libertad de expresión a todos los seres humanos demanda realizar transformaciones económicas y políticas fundamentales, para eliminar los aparatos de adoctrinamiento, manipulación y amaestramiento, derribar las prohibiciones de pensar y sentir de modo independiente, negar a santones, gurús, académicos y profetas la capacidad de moldear la vida interior del individuo, haciendo a éste libre al ejercer su libertad/libertades con responsabilidad, con moralidad, con valores, con atrevimiento, con afectos, con autodominio, con sublimidad, con verdad, con épica.
        
De esa revolución saldrá una sociedad sustentada en el libre albedrío, en la libertad de la voluntad individual y colectiva, en la que el mal sea combatido sin tregua pero no prohibido, y en la que el bien triunfe por su propia valía intrínseca y no por su capacidad para intimidar, prohibir y forzar. Para que el bien sea libremente escogido tiene que haber libertad para el mal, lo que significa que la derrota -siempre finita e incompleta- de éste debe hacerse desde la libertad y tiene que efectuarse un número infinito de veces. Por eso los partidarios de la libertad de conciencia somos perseguidos pero no perseguidores. Eso queda para los totalitarios de toda laya.
        
Se nos dice que la libertad de conciencia (y su pre-condición, la libertad de expresión), es un derecho, y que es el Estado quien lo garantiza. Esto es como poner a la zorra a cuidar a las gallinas, pues el ente estatal, al ser la organización de un número muy reducido de personas para ejercer poder y mandato sobre la sociedad y vivir del trabajo ajeno, es el primer y principal conculcador de la libertad de conciencia, seguido de cerca por la gran empresa capitalista multinacional.
        
Por eso los peores enemigos de la libertad de la gente común son los estatólatras, aquellos que para todos los males tienen un mismo y único remedio, ampliar la soberanía y potencia del ente estatal, con más leyes, más policías, más cárceles, más aparato fiscal, más sistema educativo deseducador, más régimen asistencial laminador de la vida convivencial, más gobierno, etc.

El pueblo, para ser él mismo y ser libre, ha de vivir fuera del Estado, ser diferente y otro respecto a éste, confiar en sí mismo, creer en las potencialidades inmensas de la persona, de cada persona y de cualquier persona, hoy apenas utilizadas porque no se confía en el ser humano real, al transferir todas las expectativas y esperanzas al creciente obrar institucional.
        
La libertad de conciencia no es y no puede ser un derecho que garantiza el Estado sino una necesidad trascendente, un deber, un esfuerzo, un programa, una bandera, un hábito y una pelea sin fin. Que el Estado la “garantice” quiere decir que la manipula, desnaturaliza y niega. Aquél es su principal enemigo, pero la sociedad tampoco puede ni debe certificarla, más allá de establecer las condiciones para que no sea impedida o reprimida.
        
Es cada cual, en el interior de sí mismo y sí misma, a solas ante su propia conciencia, quien ha decidir si desea vivir libremente, por tanto, usando del pensamiento libre, o se va a dejar moldear por lo ajeno y exterior, instituciones, teoréticas, religiones de Estado o “líderes”. Es en lo profundo de la conciencia individual donde se han de librar las batallas determinantes entre el amor por la libertad y las pulsiones totalitarias, irresponsables y delegacionistas, que existen en nuestra naturaleza, a veces amagadas y otras muy insolentes.
        
Quien crea que algo o alguien le va a garantizar la libertad, en particular la libertad de conciencia, se ha dejado reducir intelectual y emotivamente a la condición de esclavo que ama sus cadenas. Vivir es, también y en un sentido sobre todo, pelear por la libertad, y ninguna sociedad, por libre que sea, tiene que asegurar a sus integrantes la libertad, ni tampoco puede hacerlo. Eso es tarea de cada persona, sola y asociada.


El modo de existencia de la libertad es en peligro permanente, por lo que vivirla es esforzarse, arriesgarse y padecer, pero no gozar, supuestamente, de la larga siesta liberticida y estupidizante del nuevo epicureísmo fomentado por la sociedad de consumo, el cual se ha hecho el todo del pensamiento progresista, esto es, burgués-ilustrado.

La vida gozadora es renuncia a la libertad dado que ésta resulta del combate y se expresa en él[1]. Ser libre es lidiar por la libertad.
        
Por tanto, la realización práctica de la libertad de conciencia es ya, ahora, tarea de cada una y cada uno. Es autoconstruirse como sujeto que vive desde la realidad y para la verdad, con desdén hacia las formas elaboradas de pensamiento adoctrinador, las teorías, los dogmatismos, las fes, los “ismos” y demás trabas y negatividades para el entendimiento y el conocimiento, para la vitalidad anímica y el vigor espiritual, que nos disminuyen e incluso trituran y niegan como seres humanos.
        
La realidad y su aprehensión suficiente en la mente, la verdad, basta para consumar nuestra esencia y maximizar nuestra actividad espiritual.
        
Lo pertinente es existir desligándonos de los aparatos de adoctrinamiento, de los gurús institucionales o contraculturales, de las estructuras sustentadas en doctrinas y teorías, siendo nosotras y nosotros desde sí, cada cual consigo mismo y todos en comunidad. Al aleccionamiento institucional hemos de oponer el gusto por el silencio, el hábito de la reflexión en soledad, la costumbre de reunirnos con nosotros mismos regularmente. Las soluciones a los grandes problemas no están fuera sino dentro, o más exactamente, dentro y fuera del yo. Desacierta la persona que olvida o desdeña las potencialidades y fuerzas enormes que posee de manera natural dentro de sí para arrastrarse detrás de pretendidos redentores.
        
La libertad proviene, en gran medida, del retirarse regularmente al interior de sí mismo, de sí misma. Allí, en lo más profundo del yo, hay que afirmar el hábito del pensamiento independiente, creador, indagador de lo nuevo. En silencio, reflexionando ateóricamente. Igual conviene hacer con el resto de los atributos del espíritu humano, ingeniando creativamente formas y fórmulas, cada cual conforme a su naturaleza concreta, para alcanzar el desenvolvimiento de la parte emotiva, pasional, afectiva y volitiva del yo. Ser de manera máxima como persona, ser totalmente, para que las instituciones de dominación queden reducidas a nada, es un enfoque revolucionario de la existencia y condición humana.
        
En conclusión al socrático conócete a ti mismo hay que añadir el lógico constrúyete a ti mismo. Hacerlo demanda que la libertad de conciencia y la libertad de expresión sean realidades cotidianas.
Fin


[1] Julio Martínez Mesanza, en uno de sus poemas, nos recuerda que “Hay espadas que empuña el entusiasmo,/ y jinetes de luz en la hora oscura”. La libertad es, en efecto, asunto de entusiasmo, espadas y fulgores temibles. Cualquier interpretación blandita, ñoña y exangüe, de esta cuestión resulta inadecuada. La contienda por la libertad no es quehacer para cobardes, por eso la sociedad actual, sin libertad, es el reino de la pusilanimidad personal y colectiva.

sábado, 13 de diciembre de 2014

LIBERTAD DE CONCIENCIA, RECOBRO DE LO HUMANO Y CAMBIO SOCIAL RADICAL (I)



La libertad de conciencia, noción seminal y meta estratégica, ha de ocupar un lugar central en el esfuerzo colectivo e individual por la libertad, sobre todo en una sociedad crecientemente liberticida, totalitaria y deshumanizada, por ello mismo aberrante y en putrefacción, sociedad que demanda ser transformada de manera sustantiva y radical. Así pues, la libertad de conciencia es objetivo determinante en el proyecto de revolución integral. A su lado, como causa y consecuencia, figura la libertad de expresión.
        
Libertad de conciencia significa autonomía para construir el propio mundo interior, no sólo el de las reflexiones y convicciones, el conocimiento y el saber, sino también el de los sentimientos, las emociones, las pasiones y las voliciones. Ser libres es pensar con libertad, sentir con libertad, desear con libertad, escoger con libertad. Es determinarse a sí mismo, ser por sí mismo y desde sí mismo.
        
No hay libertad de acción sin libertad de pensamiento, sin autonomía suficiente de la conciencia individual. No hay libertad política si la sociedad no es libre en lo más básico, la formación del universo espiritual de la persona. No hay libertad civil si el individuo es construido desde fuera por el poder establecido, en lo que tiene de específicamente humano, su mundo psíquico.
        
Una sociedad convivencial, o del amor de unos a otros, sólo puede erigirse desde la libertad, dado que el amor se escoge mientras que el odio se impone. Por eso todos los totalitarismos son cosmovisiones del aborrecimiento. Un orden social del amor ha de ser necesariamente imperfecto e inestable, en perpetua lucha y conflicto, pues si el amor se elige desde la libertad es porque existe junto a su opuesto, el desamor, lo que significa que hay libertad de elección. Y esa coexistencia entre el amor y el odio, entre la libertad y el despotismo, es siempre conflictiva.
        
Si optamos por el amor escogemos de facto la libertad, negamos el totalitarismo y nos situamos en una existencia de lucha y contienda permanentes, en un ser/no-ser arriesgado y doloroso pero fructífero. El desamor, el error y el mal han de ser combatidos pero no reprimidos. Las armas de esa lucha (que es sin final, permanente e inerradicable mientras dure la humanidad) han de ser la argumentación, la movilización, el testimonio, el recto obrar y la coherencia, no la coerción, la manipulación o el aleccionamiento.
        
La pelea por la verdad, inseparable del esfuerzo por la libertad de conciencia, ha de realizarse con las armas apropiadas, en primer lugar la aportación de formulaciones eficaces por su contenido de verdad y validez experiencial. Esta exigencia de un esfuerzo reflexivo cada vez más riguroso, así como de una práctica progresivamente más transformadora, excluye el uso de la censura, la represión y la manipulación.
        
La adhesión a la categoría axial de libertad de conciencia hace, en consecuencia, mejor al individuo porque le exige compromiso con la verdad, rigor argumental, asunción de responsabilidades, juego limpio y respeto por el otro. De ahí que la libertad de conciencia sea una de las nociones decisivas para superar la situación de ser nada, de criatura múltiplemente nulificada, propia del sujeto hoy.
        
La fabricación de la persona desde fuera -desde arriba- por el poder, incluso cuando la operación ha sido “bien realizada”, proporciona un individuo de inferior vigor anímico, potencia vital y aptitud creadora, pues lo que maximiza al sujeto es autoconstruirse. Por eso es inherente a todos los totalitarismos, políticos y económicos, religiosos y laicos, de derechas y de izquierdas, empequeñecer a la persona, hacerla inferior y degradada.
        
La calidad del sujeto, o su ausencia, mide el grado de libertad de una sociedad dada, en particular de la libertad de conciencia. El pavoroso derrumbe de la valía y virtud del individuo en las sociedades contemporáneas prueba su naturaleza mega-totalitaria.
        
La formación social actual niega en los hechos la libertad de conciencia, la autonomía del pensamiento individual y colectivo, con múltiples instrumentos destinados a adoctrinar y a amaestrar: el sistema educativo, la publicidad comercial y política, el actuar de la pedantocracia y estetocracia, el trabajo asalariado (la peor forma de amaestramiento hoy en curso), los partidos políticos, la industria del espectáculo, el temible poder mediático, la tecnología de la “sociedad de la información y el conocimiento”, el ascenso del islamofascismo como genocida instrumento del imperialismo occidental, y tantos otros.
        
Todos ellos deben desaparecer a través de la lucha. El proyecto de revolución integral ha de realizar una de las mayores transformaciones positivas de la historia, instaurar un orden social en el que la libertad de conciencia sea real y cotidiana, lo que permitirá a todos y a cada uno mejorarse cualitativamente como persona, al autoconstruir conscientemente su propio mundo interior, a la vez reflexivo, emotivo, pasional, erótico, estético y volitivo.
        
Dadas esas condiciones se podrá decir que existe una humanidad en todo el sentido de la palabra, al estar formada por sujetos que desde la libertad y la responsabilidad, por su propio esfuerzo y con la cooperación de sus iguales, se escogen, hacen, edifican y crean a sí mismos en tanto que seres humanos totales, completos, integrales.

Entonces desaparecerán los seres nadificados y anulados propios de este aciago momento de la historia de la humanidad. Entonces será real la libertad/libertades del individuo y del cuerpo social. En tales condiciones fluirá la creatividad individual y colectiva, al tener cada cual una vida interior rica, auténtica, específica y autocreada.
(Continuará)

martes, 2 de diciembre de 2014

6 de Diciembre de 2014: No a la Constitución Española de 1978




Esa Constitución, y cualquier otra que niegue la soberanía popular de la única forma en que ésta es realizable, por medio de una vasta estructura de asambleas omnisoberanas en red, es una dictadura. Una dictadura constitucional, partitocrática y parlamentarista.
        
Quien dice sí a la Constitución está, en efecto, apoyando un régimen de dictadura. Y quien olvida que el 6 de diciembre es fecha para el repudio y condena de la tiranía se hace, por omisión, parte del sistema de dominación.
        
La meta es conquistar la libertad, de conciencia, política y civil, en una sociedad autogobernada, plural y diversa, resultante de un pacto entre fuerzas de variada naturaleza que coincidan en un programa mínimo cuyo fundamento ha de ser la realización concreta de la libertad para el individuo, los colectivos y asociaciones, los pueblos oprimidos, las mujeres de las clases populares, los autóctonos e inmigrantes… Para todos los ahora dominados.
        
La pre-condición de la libertad para la gente común es la extinción de la entidad estatal, enemiga por excelencia de la libertad, y la liquidación de la gran empresa, tan poderosa que aplasta todo y a todos.
        
Hemos de hacer una revolución de la libertad. Libertad con responsabilidad, con ética, con virtud cívica y virtud personal, con valores, con respeto, con convivencialidad. Libertad auténtica, por tanto.
        
La Constitución de 1978 se promulgó contra los movimientos populares que buscaban una salida revolucionaria a la crisis del régimen franquista. Fue obra, sobre todo, de la izquierda, del PSOE y PCE, partidos que en esos años resultaron ser los enemigos principales de la libertad y de la revolución, los agentes más eficaces del ente estatal, los valedores primeros del capitalismo.
        
Hoy, 36 años después, esa izquierda está desacreditada y, sobre todo, acabada intelectualmente. Su conversión en burguesía de Estado la ha triturado. Desde 1978 la izquierda ha tenido la hegemonía política, cultural, ideológica, educativa, etc. Ahora, cuando se observa el enorme desastre en que vivimos, podemos decir sin temor a errar: ésta es la obra de la izquierda y de su Constitución, la de 1978.
        
Su supremacía ha sido tal que cuando la derecha ha gobernado se ha limitado a realizar lo que la izquierda había previamente hecho y legislado. Aznar deja intacto lo realizado por el PSOE de González en 1982-1994 y Rajoy no toca lo establecido por el PSOE de Zapatero en 2004-2011. La izquierda española ha manifestado ser guía y maestra de la derecha.
        
En declinación la vieja izquierda, ahora la banca, el poder mediático, el aparato universitario y el ejército han lanzado publicitariamente a la nueva izquierda institucional, Podemos, para que continúe la labor de aquélla. Pero su desenmascaramiento está siendo rápido y en no mucho tiempo será otro juguete roto más de la política institucional. Entonces habrá llegado la hora de organizar ofensivamente la revolución.
        
Del mismo modo, desenmascarada la Constitución de 1978, se platica sobre su reforma, e incluso se pide un proceso constituyente, que elabore y promulgue otra, que sería el octavo texto constitucional español. Como todos ellos, recogerá y actualizará lo esencial de la ominosa Constitución de 1812, liberticida hasta hacerse genocida. La denuncia razonada de cualquier proceso constituyente en tanto que operación de recomposición del actual régimen de dictadura ha de ser tarea común de todos los que deseen una sociedad libre[1].
        
La Constitución española de 1978 estatuye la dominación española sobre las naciones secularmente oprimidas de la península ibérica, no españolas, a través de régimen autonómico. En respuesta, todas ellas deben afirmarse como comunidades humanas singulares y propias, para gobernarse a sí mismas, autodeterminarse y decidir qué relaciones desean tener con los demás pueblos peninsulares, europeos y mundiales.
        
Pero en Cataluña la casta partitocrática, en particular CiU y ERC, han organizado un engañoso proyecto independentista, cuyas consecuencias reales están siendo reafirmar de facto la dominación española, someter aún más al pueblo a las instituciones estatales, revalidar el poder de la gran empresa, ocultar la decadencia de la lengua y cultura catalanas, impedir el desarrollo del ideal revolucionario, mantener el régimen neo-patriarcal, justificar la descomunal corrupción de los jerarcas del nacionalismo partitocrático y hacer olvidar el preocupante empobrecimiento de las clases populares catalanas.
        
En las condiciones concretas actuales, cuando el proceso de mundialización de los grandes Estados y las grandes empresas ha avanzado tantísimo, por desgracia, no puede haber liberación nacional sin revolución. La revolución es el fundamento de todas las formas de la libertad, también de la libertad de las naciones[2].
        
Cuando la crisis y desintegración de las sociedades europeas avanza, cuando el futuro suscita un temor creciente, cuando incluso los fundamentos últimos de la vida en sociedad y de la existencia de la persona están siendo socavados por los amos del poder y del dinero, la revolución, pero no ésta o la otra Constitución, es lo único realista, lo único que puede proporcionar esperanza y deseo de vivir, creatividad y energía existencial, en este dificilísimo momento de la historia.
        
No hay solución dentro de las instituciones. Sólo el pueblo, los pueblos, pueden resolver los grandes problemas de nuestro tiempo, y para ellos han de autocrearse, ser autónomos, existir por sí mismos, fuera del orden constitucional. El pueblo, la gente común, no el Estado ni sus Constituciones, son lo más decisivo. El pueblo se construye fuera de cualquier ente estatal, y sólo él puede ser el sujeto agente de la gran transformación integral que se necesita.


[1] Sobre esta materia es recomendable “Procés Constituent o Revolució Integral?”, Blai Dalmau.
[2] Una respuesta a la arrasadora intervención política del nacionalismo partitocrático y estatista, financiado institucionalmente por el Estado español, se encuentra en el “Manifest pel No-SI”, que preconiza la liberación nacional sin artefacto estatal ni clase empresarial. Es triste que una fuerza “radical”, las CUP, esté políticamente abrazada a Artur Más, jefe formal del Estado español, el capitalismo y el sistema neo-patriarcal en Cataluña, además de amigo del Estado sionista. Cuando se renuncia a la revolución y se veneran las religiones políticas suceden cosas así. Una consideración crítica de aquel dudoso radicalismo se encuentra en “Cartes des de Montserrat”, Octavi Piulats. Sería bueno que en éstos y otros asuntos se permitiera el debate político sereno, respetase la libertad de expresión y pusiera fin a las campañas de demonización, persecución y amenazas, para evitar la dictadura del pensamiento único, reafirmando en Cataluña los principios de la libertad de conciencia, la tolerancia y el respeto por las personas, tan concordes con el modo de ser y la historia de la gente catalana. Hay, por tanto, que rechazar la nueva policía del pensamiento y el neo-estalinismo, que alborotan en defensa de las religiones políticas para tapar su condición de peón de brega del independentismo de pega propio de la derecha catalana.