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miércoles, 24 de junio de 2015

PENSAMIENTO Y VERDAD

La acción reflexiva y la verdad son dos cuestiones eternas de la filosofía pero ahora serán tratadas como componentes esenciales del existir, porque éste no puede prescindir de la una y la otra sin desplomarse en la abyección personal y el caos vivencial. Pensar tiene como meta averiguar la verdad, y ésta se localiza en los hechos y desde la experiencia, en la realidad. Verdad y realidad se hacen así categorías íntimamente conexionadas.

Por realidad se ha de entender lo que está ahí, lo que existe fuera e independientemente de la mente cavilante, ya sea realidad física, social, del otro, psíquica, etc. El sujeto pensante, si aplica la máxima de “conócete a ti mismo”, se convierte a la vez en realidad pensada.

Transitamos desde lo que está ahí, o existente, a la verdad por medio del esfuerzo reflexivo. Con él lo real se hace ideas en la mente, que si son suficientemente verdaderas se pueden conceptuar de verdad, o verdades. Pensar no es, por tanto, especular, fantasear o permitir deambular erráticamente a la mente sino concentrarse, someterse a una severa disciplina interior que lleve desde la ignorancia, o desde el error, al conocimiento demostrado, a la verdad certificada por la práctica reflexiva.

Saber y comprender es una necesidad espiritual innata en el ser humano que se debe satisfacer con el conocimiento cierto, aunque a menudo lo hace con construcciones artificiosas y fraudulentas, teorías, dogmatismos, creencias, supersticiones, fes, narraciones… Con ellas los poderes constituidos consiguen una de sus metas esenciales, ahogar o reducir al mínimo las capacidades intelectivas de la persona, para hacerla crédula, ininteligente, ignorante y dócil.

Necesitamos de la verdad por cinco motivos sobre todo, para satisfacer el deseo natural de conocer; lograr la serenidad interior que suele otorgar el saber objetivo; mejorarnos como seres humanos al zafarnos del error, la ignorancia y la mentira; afianzar nuestra autonomía y libertad individual y servirnos de ella, de la verdad, como guía para la acción práctica transformadora.

Pero no todo es color de rosa. El esfuerzo reflexivo es una actividad dura y desasosegante en sí misma, debido también a que la realidad es compleja de manera múltiple[1]. La verdad suele producir temor, en nosotros mismos y en los otros. Los que poseen una inteligencia bien adiestrada y aman la verdad suelen ser perseguidos por el sistema de dominación y sus feroces perros de presa, que aborrecen lo uno y lo otro. En consecuencia, quienes deseen “ser felices” quizá lo logren mejor renunciando a pensar, entonteciéndose y celebrando las medias verdades tanto como las groseras mentiras administradas por el poder al sujeto medio bajo la forma de narcóticos espirituales y aleccionamiento institucional cotidiano y múltiple.

Así pues, la voluntad de verdad y de autonomía reflexiva demandan, como precondición, de la virtud de la valentía, de una voluntad potente y de fortaleza interior. De ese modo los diversos atributos de la persona se unifican en el logro de un bien inmaterial, el conocimiento cierto, con el que nos desenvolvemos en las diversas situaciones de la vida haciéndonos agentes soberanos de ellas, y no seres nada sometidos a los dictados de los amos del poder y del dinero.
        
Sin verdad posible no hay libertad[2] y sin capacidades reflexivas no hay sujeto.

Nuestra condición de seres humanos se afirma o se difumina e incluso se niega según usemos o no de los atributos intelectivos de que nos ha dotado la naturaleza. No se trata solamente de los logros alcanzados al hacerlo sino del hábito mismo de pensar con regularidad, rigor, autoexigencia y profundidad: desde él y por él nos autoconstruimos y emancipamos.

Reflexionar es someter la experiencia propia a un tiempo de indagación, de investigación, conforme a método. Un tiempo que ha de transcurrir en la soledad y en el silencio, escudriñando en los hechos el qué y el porqué de los asuntos examinados. Lo vivido no reflexionado enseña muy poco, y queda como una sucesión de experiencias incompletas e insatisfactorias. Sólo cuando se cavila sobre los acontecimientos se logra percibirlos en toda su plenitud, aprehendiéndolos en su real densidad e integridad.

         La experiencia no reflexionada es equiparable a vida no vivida.

Por eso una vida sin reflexión es impropia de los seres humanos. El obrar sin pensar, el romo activismo robótico, el no encontrar tiempo para recapacitar y no crearse el hábito de reflexionar nos degrada. Además, un obrar ciego e irreflexivo, que no se entremezcle regularmente con periódicos actos de cavilación, suele fallar en la práctica.

Hay que insistir en que el acto de pensar es, en lo básico, un quehacer íntimo e individual. Lo ha de efectuar el individuo, valiéndose de sus capacidades y buscando como logros acrecentar su conocimiento de lo que es, afianzar su libertad individual y mejorarse como persona. Sólo en un segundo momento se convierte en una experiencia colectiva, a través de la deliberación, el intercambio de ideas y el debate.

Leer no es pensar, escuchar a otro (profesor, gurú, profeta, sabio, etc.) no es pensar, o al menos no son las formas superiores del acto reflexivo, cuya esencia es la creatividad interior autónoma. A menudo leer es embrutecimiento, renuncia a usar las propias facultades reflexivas por mor de acumular conocimiento y saberes académicos. Si admitimos que la inteligencia es la facultad autoconstruida para otorgar respuesta a los problemas de la existencia y condición humanas, y que por su condición propia resulta ser cualitativamente diferente de la erudición y el consumo de cultura, podemos concluir que pensar es, en primer lugar, un actuar en soledad, un mirar hacia dentro, un fortalecer el propio yo a partir de sí mismo de dos modos, con lo logrado pensando y con el hábito de pensar.

La experiencia de pensar es dura, bastante dura. Construidos como seres irreflexivos desde fuera no nos es fácil romper con los hábitos, interiorizados, que nos llevan a vivir usando muy poco o nada las capacidades cavilativas, obrando en casi todo conforme nos ordena la autoridad constituida. Los filósofos se ocupan de la epistemología, del saber sobre cómo saber[3], pero el centro de aquélla es la reflexión metódica y periódica. Quien la efectúa es sabio, quien no acaba siendo una marioneta del statu quo, por tanto, una criatura ignorante, desestructurada y sometida.

El conocimiento sobre el conocer se aprender desde el hábito o costumbre de detenerse a pensar cada cierto tiempo. Se entiende la basicidad del pensamiento sensorial, o fáctico, primera etapa de conocer, y la centralidad del pensamiento reflexivo, o momento en que se descubre el porqué y las causas. Se logra, asimismo, soltura en aplicar los conocimientos adquiridos a la mejora de nuestra capacidad de operar en la realidad. Se admite igualmente lo limitado, finito, impuro e incompleto de las verdades que la mente humana puede determinar tanto como lo imperfecto de nuestras actividades reflexivas. Y se admite también que lo humano es constitutivamente así, aceptándolo en sus limitaciones a la vez que valorando muchísimo sus realizaciones.

Necesitamos del pensar como quehacer natural, no como ejercicio más o menos artificioso ligado a esta o la otra escuela filosófica. Lo aquí expuesto es una aproximación a una epistemología o gnoseología vivencial, algo que puede y debe poner en práctica todo ser humano. Cualquiera que destine tiempo de reflexión a los grandes problemas y a las causas últimas es un filósofo, y toda persona debería serlo.

Lo advierte Sófocles, “el peor mal del ser humano es la irreflexión”. Si el primer y principal paso para evitarlo es la voluntad consciente de soledad y silencio reflexivos callemos desde ya.

        


[1] Edgar Morin aprehende y enfatiza esta cualidad inerradicable del ser, negada por la inmensa mayoría de la filosofía profesional. En su obra “Introducción al pensamiento complejo” Morin rechaza el pensar reduccionista, el saber parcelado y el método simpificante. En consecuencia, establece un “principio de incompletud y de incertidumbre” que da al traste con cualquier ilusión de omnisciencia. Así mismo, admite “la irrupción de la contradicción lógica en la descripción empírica”, denostando a la vieja metodología por realizar la “expulsión de la contradicción” de su sistema de percepciones, epistemología y cuerpo argumental. También, cita como maestros a Heráclito e incluso a Hegel. Sin duda, el meollo de la complejidad es la antinomia, la contradicción, instalada en la totalidad de lo real. Morín tiene razón cuando se opone a la vieja filosofía y ciencia, simplificadoras, unilaterales, estáticas y reduccionistas, pero su obra dista mucho de estar lograda. No ofrece lo más necesario, una sistematización de la lógica dialéctica, tarea por realizar. Tampoco lo hace Heráclito, del que conocemos sólo algunas frases. Ni Hegel, cuyo voluminoso trabajo fundamental, “Ciencia de la lógica”, se merece el ácido comentario de Feuerbach en “Tesis provisionales para la reforma de la filosofía”, “Hegel convierte en razón a la sinrazón”.  Ni Mao Tsetung en su célebre “Sobre la contradicción”. El estudio filosófico-natural de la contradicción es la gran tarea pendiente de la filosofía. La necesitamos para comprender al ser exactamente como es, en su movilidad, conflicto interior, interdependencia y dinamismo ilimitados, para realizar la autoconstrucción pre-política del sujeto y para avanzar en el proyecto de revolución integral, cuyo meollo reside precisamente en la noción de complejidad, siendo su epistemología la de la lógica de la complejidad, de la contradicción, del eterno fluir a la vez destructor de lo viejo y autoorganizador de lo nuevo.

[2] Se ha de distinguir entre la libertad de, o existencia emancipada de constricciones exteriores, y la libertad para, o capacidad para realizar lo que escojamos hacer, que es ante todo disposición y capacidad del sujeto, algo interior a él. Ambas formas de libertad son básicas pero la segunda lo es más que la primera. A ella se refiere lo arriba expuesto.
[3] Los filósofos de profesión a lo largo de la historia se han preocupado sobre todo de vender, literalmente, sus elucidaciones sobre epistemología para hacerse con un público adicto y fiel sobre la base de eternizar la rentable relación maestro/discípulo. Pero de lo que se trata es de que el sujeto común crea en sus capacidades, encuentre en el interior de sí mismo lo que le permitirá elevarse a ser humano pensante, esto es, realizado e integral, por ello mismo capaz de prescindir de maestros. Eso no significa que sea superfluo leer buena filosofía, sólo que ello ha de ser una actividad subordinada al acto de pensar intensa y duramente por sí mismo, de acuerdo a los dictados de la inteligencia natural, la que es común a todos los seres humanos por el hecho de serlo, al menos en potencia. Desarrollar el propio entendimiento es, ante todo, tarea del propio sujeto, que no puede ser delegada en ningún maestro.

lunes, 15 de junio de 2015

PARA EL PERFECCIONAMIENTO MORAL DE LA SOCIEDAD Y EL INDIVIDUO





PARA EL
PERFECCIONAMIENTO MORAL
DE LA
SOCIEDAD Y EL INDIVIDUO




Heleno Saña
Félix Rodrigo Mora


Entre otras materias de primordial significación nos une el horror ante el embrutecimiento moral de las sociedades de la contemporaneidad, así como la convicción de que sin una fundamental mutación ética no pueden ser resueltos los problemas de nuestro tiempo.

Así lo hemos expuesto en diversos libros, en “Breve tratado de ética”, de Saña, y en “La democracia y el triunfo del Estado. Por una revolución democrática, axiológica y civilizadora”, de Rodrigo, entre otros.

En ellos rechazamos la vida inauténtica, existencialmente degradada y no-ética del sujeto facturado por la modernidad,  debido a su posición egótica y solipsista, hedonismo trastornado, servilismo cotidiano, veneración por el dinero y los bienes materiales, asocialidad extremada, integración en la guerra de todos contra todos, nadificación deshumanizadora, cobardía patológica y desdén militante por la noción de virtud.

Lo exponemos con claridad: nuestro adversario es el amoralismo burgués.

Una existencia moral requiere no sólo la voluntad y el deseo de tal sino la fijación de criterios y reglas éticas. Considerando los enormes cambios habidos en los últimos decenios se impone una reformulación de los contenidos y procedimientos de la práctica ética. Esto es un quehacer fundamental. A la inmoralidad promovida por los poderes constituidos hay que contestar con una moralidad renovada y actualizada de naturaleza popular y revolucionaria.

Dicha moralidad ha de ser, al mismo tiempo, personal y social, para la existencia privada y para organizar la vida colectiva no coercitivamente sino desde los valores. Porque a más moralidad menos constricción y más libertad.

Una sociedad fundamentada en valores no es compatible con la actual, cuyos impulsos primordiales son la voluntad de poder, la razón de Estado y la codicia posesiva. Eso hace de la moralidad un elemento decisivo para la transformación integral de la vida colectiva, al mismo nivel que la política y la economía.

Consideramos el legado y la vigencia de la cultura occidental un bien de importancia decisiva que proporciona elementos de juicio y saberes fundamentales en ética, y no sólo en la ética sino en todas las disciplinas. Exhortamos a la juventud a construirse sus propios criterios éticos a partir del magnífico legado de aquélla, hoy marginada y repudiada por las elites del poder europeas.

A ambos nos entusiasma la concepción quijotesca de la existencia, formulada desde los imperecederos ideales de la caballería, con su disposición para vivir esforzadamente, combatir por la justicia, no buscar el interés personal, obrar con cortesía, practicar la tolerancia, darse enteramente en cada compromiso, vivir la libertad desde la responsabilidad, apreciar la fortaleza de la voluntad y concebir la vida humana como un quehacer trascendente en pos de los valores más sublimes.

No es la mediocridad sino la épica lo que otorga sentido a la existencia.

Se necesita de una gran reflexión individual y un gran debate social sobre los valores, para fijar cuáles son particularmente necesarios en un momento de hecatombe moral en Occidente. Nuestros escritos son una modesta contribución a ello.

La moral es, en primer lugar, un quehacer, una práctica. Fijar las reglas de conducta tiene como finalidad alcanzar un modo nuevo de vivir, una forma renovada de estar en el mundo. Dado que en lo principal somos lo que hacemos, al concebirnos como sujetos que autoconstruyen su propia conducta nos estamos creando como seres que se hacen libres al luchar por una existencia recta y moral.

Junio 2015