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viernes, 24 de julio de 2015

TRABAJADORES LIBRES. NI EXPLOTADOS NI EXPLOTADORES


      En Europa, por su condición de gran potencia (aunque ya en irremediable declive), un elevado porcentaje de la población “popular” no vive de su trabajo. Hay un sector parasitario cuyas condiciones de existencia, basadas en subsidios, “ayudas sociales” y subvenciones, estatales y de la UE, se aproximan a las del lumpen. Otra porción recibe emolumentos en demasía crecidos por trabajos a menudo de confusa y dudosa utilidad social. Todos ellos consumen lo que no producen.

En eso se equiparan con la burguesía y el aparato de Estado, que asimismo viven de lo que otros crean con su trabajo. Todos unidos forman el bloque de los explotadores.

Grecia ha revelado esta cardinal cuestión. Allí, supuestamente, chocan dos posiciones, la de la Troika, que exige devolver los préstamos, y la socialdemócrata, que se resiste verbalmente a ello, reivindicando que el sistema de subsidios elevados, pensiones jugosas, salarios inflados y demás prebendas institucionales se mantenga, según una interpretación reaccionaria e inmoral de la cuestión social.

Ahora todo está más claro, al haber quedado probado que Syriza es el novísimo instrumento de la Troika para imponer al pueblo griego sus leoninas demandas. A día de hoy aquél, en tanto que partido en el gobierno, está devolviendo escrupulosamente el dinero recibido, conforme a las indicaciones del Estado-capital alemán, para lo que introduce los cambios económicos, fiscales, administrativos, legales y represivos[1] necesarios. Esto daña notablemente el nivel de vida de las clases modestas.

Queda una cuestión por dilucidar, ¿se puede dar respaldo a quienes desean vivir del trabajo ajeno, a quienes se perciben a sí mismos como consumidores pero no, o mucho menos, como trabajadores? Porque un asunto esencial está no en el ámbito de lo financiero, en si la Troika consigue más o menos ganancias, sino en el de la realidad política y moral más básica, a saber, si es justo que un país viva de lo que no produce.

¿Es admisible subsistir con lo que otros crean?, ¿se puede llevar una vida de consumo, sin aportar lo bastante? Quienes simplemente plantean no pagar la deuda fallan en un punto decisivo, a saber, que no devolver los préstamos dejaría al pueblo griego con una cantidad de numerario que sería destinada a adquirir productos -conviene repetirlo- no elaborados por las clases populares de ese país.

El dinero no es verdadera riqueza, al no satisfacer ninguna necesidad por sí mismo. Se usa como medio de pago para conseguir bienes que son el trabajo materializado de otros asalariados. La Troika no produce nada, sólo controla los recursos financieros, pero nadie vive por ellos (el dinero no es comestible) sino de lo que se logra en el mercado con ellos, alimentos, vivienda, ropa, etc. Nada de eso lo produce la Troika. Por tanto, la gresca por “redistribuir” los fondos monetarios deja sin aclarar que cada cual debe vivir, para no ser un explotador, de su trabajo.

Así es, toda persona ha de subsistir de su esfuerzo productivo, y todo país también. Hay que crear una sociedad donde el trabajo sea universal, tarea de toda la población, hombres y mujeres, sin que nadie escape a esa obligación o deber social. Una sociedad donde no haya parásitos, donde no existan burgueses ni lumpen ni trabajadores privilegiados ni cazasubvenciones ni aparato estatal ni subsidiados, sólo trabajadores.

En el pasado el movimiento obrero exigía trabajo y no prestaciones o pensiones, deseaba ser a partir del propio esfuerzo y al mismo tiempo luchaba por poner fin al régimen salarial junto con la totalidad de la explotación capitalista a través de la revolución social, para crear un orden universal de trabajadores honrados, autosuficientes, orgullosos de sí mismos, virtuosos y creadores de riqueza.

Eso era en el pasado. Hoy los caudillos de la izquierda paleomoderna hacen del asistencialismo estatal y el consumo improductivo el meollo de un concepto perverso y ya además disfuncional de la “justicia social”. Pretenden convertir, dicen, a extensas capas de la población en consumidores puros, negándoles la dignidad y grandeza del trabajo. Con ello les hace además explotadores de los trabajadores de otros países, en particular del Tercer Mundo, que son quienes aportan la inmensa masa de valor económico, de bienes útiles, que las clases parasitarias “populares” europeas no elaboran[2].

El trabajo asalariado es degradante de manera descomunal, en efecto, pero aún lo es más existir en la molicie y en el abandono del fundamental deber de ser útiles a uno mismo y a la sociedad. Trabajar, además de un imperativo político y moral, es una necesidad para autoconstruirse como personas de calidad, autónomas, soberanas, rectas, fuertes, competentes y libres. Eso es justamente lo que niega la socialdemocracia con su horrenda política de “pan y circo”. Ha hecho del dinero institucional dado a plebe y las prestaciones “sociales” un modo de dominación, otro más.

Pero no hay que dejarse engañar por la demagogia politiquera, pues Europa ya no está en condiciones de mantener los elevados grados de improductividad y parasitismo de hace sólo un decenio: Grecia es la prueba. Agobiada por la competencia de las potencias emergentes, con una base económica en buena medida ineficiente, baqueteada por la gran depresión de 2008/2014, con unos aparatos estatales crecientemente endeudados y un sistema bancario que necesita de periódicas inyecciones de numerario estatal, la UE ya no puede utilizar a tan gran escala como antes el dinero en tanto que elemento de podredumbre, sumisión y prostitución.

Lo que Syriza está haciendo en Grecia, desmontar la sociedad de consumo para poner en su lugar una hórrida sociedad de la pobreza con trabajo incesante y derechos laborales y sociales sustantivamente reducidos, inspirada en la de China (país, no se olvide, dirigido por un partido comunista), lo hará en España Podemos y la izquierda (española e “independentista”) en quizá 15-20 años. Esa transición del parasitismo a la sobreexplotación sólo puede efectuarla la izquierda.

La izquierda presenta demagógicamente al Estado como un pozo sin fondo, del que se pueden sacar recursos y más recursos para, supuestamente, hacer asistencialismo. Pero eso es cada día más irreal. La deuda del ente estatal español ha subido de 592.000 millones de euros en 2007 a 1.067.000 millones en 2015, el 98% del PIB. El ascenso del endeudamiento no puede mantenerse indefinidamente.

En la UE no sólo Grecia sino también Italia y Portugal están más endeudados que España mientras que Francia se aproxima. Estos países quedan obligados a reorganizar completamente su economía. Lo cierto es que todos los de la UE tendrán que hacerlo en los próximos decenios. La retórica de los jerarcas de la izquierda es un cruel y desvergonzado engaño, pues promete incrementar el número y solvencia de los subsidiados cuando en realidad lo que planea hacer es una nueva revolución industrial, con todos sus horrores.

La conclusión final es doble. Primero, no basta con no ser explotados pues hay que oponerse activamente también a ser explotadores. Segundo, la transformación revolucionaria de la sociedad y el fin del capitalismo únicamente la pueden hacer aquéllos que vivan del propio esfuerzo, no parásitos despilfarradores, perezosos, hedonistas e inmorales. El motivo último de todo ello es que el proyecto de revolución social integral no se fundamenta en intereses sino en valores.





[1] El gobierno de Syriza, al encontrar una oposición creciente a su servil política pro-Troika, está acudiendo a la represión, lanzando a la policía contra quienes protestan. La violencia policial es uno de los componentes del populismo “anticapitalista” del sur de la UE, que su “partido hermano” español usará al por mayor en cuanto tenga poder gubernamental. Otro asunto sustancioso es que el gobierno de A. Tsipras está sacando adelante su política en el parlamento porque vota a su favor la derecha, dado que una parte de su partido no lo hace. Por tanto, ¿en qué queda la supuestamente decisiva distinción izquierda/derecha?, ¿para qué sirve votar?, ¿qué sentido tiene la participación en las instituciones? Finalmente, los disidentes de Syriza, si desean ser creíbles, tienen que pasar de la fácil y mendaz demagogia que les caracteriza a formular un proyecto y programa de revolución holística para Grecia.

[2] La línea de los jefes y jefas de toda la izquierda es, de facto, la explotación de los pueblos y países pobres del planeta, como viene haciendo Europa desde hace siglos. El alto nivel de consumo parasitario que proponen no tiene otra realización práctica posible. Tal proyecto lo ocultan tras una demente verborrea “antirracista”, expresión de la peor hipocresía y maquiavelismo, en donde dominan formulaciones como “mestizaje” y “multiculturalidad”. Sólo quien es antiimperialista puede ser antirracista sin comillas. Para lo ello hay que repudiar la noción de gasto material improductivo máximo, sumándose al concepto de consumo mínimo de bienes materiales y máximo de bienes espirituales, propio del proyecto y programa de la revolución integral. Únicamente desde éste puede darse un antirracismo real.

jueves, 16 de julio de 2015

LA DEMAGOGIA, COMO LA MENTIRA, TIENE LAS PATAS CORTAS. MÁS SOBRE GRECIA

        La pregunta es por qué no arde Grecia a pesar de la dureza de las medidas que le han sido impuestas por la Troika, por qué la gente no se ha echado a las calles para hacerlas espacios de lucha revolucionaria.

         Hay una respuesta primera, porque el partido de izquierda que la Troika y el Estado-gran capital alemán han llevado al gobierno para manejar políticamente a las multitudes, Syriza, está realizando magníficamente su labor. Haciendo un uso descomunal de la mentira y la demagogia, ha convertido a la gran mayoría del pueblo griego en un pacífico rebaño de ovejas que se deja trasquilar. Quizá en el futuro inmediato esto cambie pero por ahora es así.

         Syriza, como su partido hermano español, ha desmovilizado a las clases populares, al convencerlas de que todo puede lograrse desde las instituciones, estando en el parlamento y aplicando las leyes. Ha transformado al luchador social en simple votante, además de en un embobado adorador del Jefe Tsipras. Ha desactivado las resistencias y desorganizado a la sociedad, al ir absorbiendo, para a continuación anular, un buen número de organizaciones y colectivos populares.

         Una jugada maestra ha sido el referéndum de 5 de julio, pues con un acto meramente institucional y de nula significación práctica, otorgó satisfacción psicológica a quienes se niegan a ser un país-colonia, haciendo que se desmovilizasen y apartándoles de las calles, llevándoles a la pasividad y la apatía. Muy maquiavélico, muy brillante.

         Tal es la perversa política de los nuevos reaccionarios, capaces de alcanzar lo que la derecha clásica no puede lograr, a saber, que la marcha hacia una UE de la pobreza, el trabajo incesante, una nueva revolución industrial y la prepotencia global de los altos funcionarios y los ricos se haga de forma asombrosamente pacífica y ordenada. Por eso, tales nuevos reaccionarios son mantenidos con colosales gastos en mercadotecnia, a la vez que se va colocando a sus jerarcas y cuadros en puestos y sinecuras estatales bien remuneradas, desde los ayuntamientos a las cajas de ahorro, donde pueden hacer, además, lucrativos negocios legales e ilegales.

         Quienes ahora dicen estar “desilusionados” con Syriza y su Jefe son unos ingenuos o unos mentecatos, porque ambos han sido aupados al gobierno por los poderes europeos y griegos. Para eso fueron constituidos, lanzados como un producto de mercado más y llevados a ganar las elecciones, no para luchar contra la Troika o resistir al capitalismo: todo eso era sólo el malicioso reclamo publicitario con que se “vendió” la operación…

         Por tanto, quienes preconizan la estrategia de estar en las instituciones pueden ahora observar para qué ha servido en Grecia. La alternativa adecuada es permanecer fuera, movilizar en la calle, dar la batalla al capital-ente estatal golpe tras golpe y difundir una estrategia de revolución total. Este enfoque será cada vez más realista y exitoso a medida que se compruebe en los hechos el fracaso de la novísima casta politicista y partitocrática, la de los Tsipras y los Iglesias, y según vaya deteriorándose la situación social en la UE en los próximos años.

         La neo-casta de la izquierda, los nuevos reaccionarios del progresismo pro-capitalista, son hoy el enemigo principal, por delante de la derecha[1], de las clases trabajadoras europeas.

         Es indicativo de su catadura que cuando Syriza gana el referéndum lo que hace a continuación es ofrecer a la Troika unas condiciones incluso más leoninas y expoliadoras de lo que ella había demandado en un primer momento. Eso se explica porque los gerifaltes de ese partido desean hacer méritos ante sus amos, para recibir de ellos las correspondientes sinecuras personales y de grupo.

         La prefabricada y teledirigida ola de institucionalismo, legicentrismo, fervor por el parlamento y demás patochadas pasará, ya está pasando, sobre todo porque se está comprobando que no proporciona nada positivo y sí mucho negativo. Tras ella vendrá, muy probablemente, un ascenso en el interés y la adhesión al proyecto y programa de la revolución social integral.

        


[1] Significativamente, la derecha está haciendo la política de la izquierda. En lo referente a los impuestos, por ejemplo, el PP está aplicando las medidas que aparecen en el programa de IU de 2011, con la particularidad de que incluso aumenta los tipos impositivos del IRPF, IVA, impuesto de sociedades, IBI, etc. Que la derecha sea la ejecutora del programa fiscal de la izquierda prueba la fundamental coincidencia de naturaleza y metas entre ellas, ambas meros instrumentos del Estado y el capital. El primero, gracias a lo diseñado por IU y aplicado por el PP, en 2014 ingresó 175.000 millones de euros, a pesar de la crisis económica. Así pues, ¿quién es más “neoliberal”, la derecha o la izquierda? Si se toma como referencia la mayor o menor presión tributaria, la izquierda… Ahora se prepara una candidatura de “unidad popular” izquierdista, jaleada por lo más granado de la industria del ocio y el espectáculo, uno de los peores instrumentos para la degradación y el embrutecimiento de las masas. A su frente está el neo-franquista Almodóvar y el lacayo por excelencia de la pequeña pantalla, El Gran Wyoming, entre otros. Veremos si en su programa superan o no a Mariano Rajoy en la explotación fiscal de las clases trabajadoras.

lunes, 6 de julio de 2015

¿PODEMOS? NO, NO PODEMOS. NOTAS SOBRE GRECIA

Se nos dice que todos, o al menos los más importantes problemas de la sociedad, tienen remedio dentro del sistema, participando en las instituciones, votando, formando nuevos partidos y entrando en el parlamento. Se trata de “poner las instituciones al servicio del pueblo”. Esto no tiene nada de nuevo, es lo que siempre han preconizado desde la izquierda los partidos socialdemócratas y sus continuadores, los comunistas.

Más recientemente hemos tenido experiencias de participación muy esclarecedoras, por ejemplo, la del Partido Verde Alemán, que en unos decenios se ha convertido en un robusto pilar de la reacción germana desde su palabreo “radical” inicial. Su estrategia de “cambiar la sociedad” con “una larga marcha a través de las instituciones” ha llevado a que quien ha cambiado ha sido él mismo mientras que el poder se ha reafirmado y fortalecido con su actuar legicentrista…

En realidad, no hay ni un solo caso en la historia de Europa, a contar desde mediados del siglo XIX, en que la incorporación a las instituciones de fuerzas políticas más o menos “radicales” haya sido positiva para las clases trabajadoras, aunque sí muchos muy negativos. Lo que sucede periódicamente es que los partidos en activo se desgastan, se agotan, y es necesario para el statu quo renovar su oferta política, por lo que hay espacio, durante un tiempo, para nuevas formaciones pletóricas de oratoria “fuerte” y gestos “revolucionarios”. Una vez en el gobierno, hacen lo que los poderes fácticos, que son quienes les promueven y mantienen, les ordenen. Y eso es todo.

El caso griego con Syriza está permitiendo comprobar que, una vez más, se repite lo ya tantas veces acaecido. Inflamado de fácil demagogia, prometió a los griegos mantener su peculiar e inaceptable economía frente a las exigencias de la Troika y la UE, en manos del imperialismo alemán. Lo que está haciendo es servir de correa de transmisión a las demandas de aquéllos, para írselas paso a paso imponiendo al pueblo griego, todo ello con muchos gestos teatrales, desplantes variados, frases “fuertes”, ocurrencias melodramáticas y demás. Syriza es simplemente el “interlocutor válido” que necesitaba Ángela Merkel para manejar a Grecia.

¿Qué significa esto? Pues que vivimos no en una “democracia” sino en una dictadura. Más exactamente, en una dictadura constitucional, partitocrática y parlamentarista, en la que el pueblo carece de libertades reales. Todo lo importante que en ella acaece es de naturaleza dictatorial, no democrática. Si gana las elecciones un partido es porque los poderes de hecho así lo han decidido. Las elecciones, el parlamento y las grescas entre los partidos son sólo el espacio escénico donde se representa la habitual parodia de participación, libertades y democracia.

Ganar las elecciones, tener mayoría en el parlamento y formar gobierno nada significa porque el poder real no está ahí. Está en el Estado, en las instituciones del poder, en los altos cuerpos de funcionarios de los Ministerios[1] (a día de hoy en España hay nada menos que trece Ministerios), las comunidades autónomas y los ayuntamientos, en el ejército, las policías, el poder judicial, los cuerpos de profesores y catedráticos, el poder mediático, etc. y por supuesto está en la gran patronal. Ninguno de los poderes verdaderos es elegible, ni tampoco es modificable en un sentido favorable al pueblo. Al mismo tiempo, ellos moldean, manejan y se sirven absolutamente de todo tipo de partidos políticos que se incorporen en las instituciones. Está además el sistema legal, una descomunal maraña que protege y perpetúa lo existente, cuya alteración desde el poder ejecutivo, caso de que haya voluntad de hacerlo, llevaría siglos.

La experiencia muestra que nadie cambia positivamente las instituciones mientras que las instituciones cambian negativamente a todos los que unen a ellas.

Los partidos políticos, el parlamento, el gobierno y los ayuntamientos carecen de poder real y efectivo por sí mismos. En todo y no sólo en lo económico dependen del ente estatal. Son sus criaturas. Su función verdadera es trasladar al pueblo las necesidades del poder constituido, anular su autonomía, destruir su nivel de conciencia, grado de movilización y autoorganización. Para eso están, no para resolver ningún problema del pueblo. Por supuesto, cuando es necesario, se sirven de la función corruptora y envilecedora del dinero, repartiendo entre la plebe subsidios, ayudas y demás “regalos” envenados. Eso lo hacen todos los regímenes, incluido el franquismo, y más aún la izquierda, sobre todo en el aciago periodo de Zapatero.

Ahora en Grecia se ha pasado de la fase demagógica a la operativa, y Syriza tiene que manifestarse como es, una criatura del poder, un instrumento de la Troika. Eso es importante porque hace explotar la burbuja demagógica organizada en torno al nuevo campeón institucional del radicalismo de pega. Ahora se está viendo su verdadera función. Y eso está afectando a su “partido hermano” español. Por supuesto, las instituciones de la UE y el imperialismo alemán están haciendo diversas concesiones a Grecia, que Syriza presenta como “logros” cuando son simplemente parte de los mecanismos de dominación, que siempre incluyen sobornos, en la forma de asistencialismo, subsidios, beneficencia, etc. Tales no son “conquistas de los trabajadores” sino simplemente mecanismos de dominación.

Grecia fue un lujo que la UE se pudo permitir en los tiempos de prosperidad económica. Con la gran depresión de 2008-2014 eso ya no es posible, porque aquélla necesita hacerse más competitiva, de manera que ese país tiene que dejar de vivir dispendiosamente de las subvenciones (préstamos no devueltos) para pasar a producir algo más que servicios turísticos. Toda la UE tiene que ponerse a producir, en lo que es un proceso de reindustrialización a escala europea, y para eso el Jefe, Alemania, necesitaba en Grecia una fuerza política que condujera la transición desde la sociedad de consumo, del dinero fácil, pensiones y subsidios para todos, a la sociedad de producción, conforme al modelo chino. Para ese tránsito lo primero era realizar el empobrecimiento general de la población. Todo eso no puede hacerla la derecha, ha de ser tarea de la izquierda, de una izquierda renovada, de Syriza en Grecia y Podemos en España.

Quienes pasan a formar parte de las instituciones, para “cambiarlas” dicen, se hacen parte de ellas, parte del poder, parte del régimen de dictadura. Son la nueva reacción. Cambian aquéllas sólo en el sentido de hacerlas más fuertes, más opresivas, más agobiantes. Ahora la situación es cada vez más tensa, debido a que Europa está en decadencia económica, de manera que quienes se suman al aparato de dominación haciéndose parte de él se están desenmascarando deprisa, en Grecia y en España. Por ejemplo, Ada Colau en Barcelona ha pasado de “luchar” contra los desahucios a admitirlos como alcaldesa en sólo unas semanas. Por eso es reverenciada por entidades tan implicadas en el negocio inmobiliario como el Banco Sabadell…

El tiempo de los subsidios y el “todo gratis” está terminando en Europa. Ahora el sistema de explotación puede hacer muchas menos concesiones. Se ha hecho rígido e irreformable, se ha fosilizado. Por eso las fuerzas políticas que se lancen a “transformarlo” se irán desacreditando cada vez más rápidamente, aunque eso no es problema para quienes lo que realmente buscan con su aventura política son buenos empleos estatales, dinero y más dinero…

El camino es estar fuera y en contra de las instituciones, también de las municipales, para establecer una neta diferenciación entre el Estado y el pueblo, único modo de que éste se regenere desde populacho a pueblo, a realidad autónoma y autocreada capaz de erigirse en fuerza transformadora de un orden corrompido y putrefacto.

Así madurará la revolución, también porque las clases populares despreciarán las corruptelas y limosnas monetarias que le llegan del poder, comenzando por el descomunal tinglado del Estado de bienestar. No se hacen revoluciones desde las instituciones, de modo que quienes están en ellas son enemigos tajantes de cualquier transformación total, la novísima casta reaccionaria.

En Grecia la lucha por la revolución se concreta en la denuncia del Estado, el capital y el gobierno, con la meta de crear una sociedad renovada basada en el trabajo universal libre, no para mantener un sistema de subsidios que es envilecedor y que además ya no es posible. Syriza es la fuerza principal de la anti-revolución hoy, como representante político de la Troika, el imperialismo germano y la UE. Ahora la cosa va en serio. Dentro del sistema, efectivamente no podemos, no estamos en condiciones de hacer la revolución y ni siquiera de lograr algunas reformas. Fuera sí, claro que sí.

La experiencia muestra que lo que verdaderamente abre la mano del poder para conceder reformas es el miedo a la revolución. Por eso las fuerzas revolucionarias, además de la revolución, consiguen reformas mientras que las reformistas no logran nada, salvo frenar la revolución. De ahí que la difusión del proyecto de revolución integral es, por sí mismo, también un modo de salvaguardar los intereses inmediatos de las clases modestas. El fracaso práctico de los proyectos demagógicos de mejora social, ya en marcha, validará el programa de la revolución integral.



[1] Uno de los apoyos fundamentales de Manuela Carmena en el ayuntamiento de Madrid es Carmen Román, que fue directora de la Función Pública con José María Aznar, el multi-demonizado por la izquierda jefe de la derecha española. Los partidos cambian pero el aparato funcionarial permanece. Algo similar sucede con el “anticapitalismo” de Podemos (aunque al parecer ya lo ha abandonado también), pues este montaje mediático-político es ahora aliado firme del PSOE en las instituciones, cuyo jefe, Pedro Sánchez, fue invitado a la reunión del Club Bilderberg, la crema del capitalismo mundial, en junio de 2015. Todos ellos son cada día, además, más monárquicos y más patriotas.

miércoles, 24 de junio de 2015

PENSAMIENTO Y VERDAD

La acción reflexiva y la verdad son dos cuestiones eternas de la filosofía pero ahora serán tratadas como componentes esenciales del existir, porque éste no puede prescindir de la una y la otra sin desplomarse en la abyección personal y el caos vivencial. Pensar tiene como meta averiguar la verdad, y ésta se localiza en los hechos y desde la experiencia, en la realidad. Verdad y realidad se hacen así categorías íntimamente conexionadas.

Por realidad se ha de entender lo que está ahí, lo que existe fuera e independientemente de la mente cavilante, ya sea realidad física, social, del otro, psíquica, etc. El sujeto pensante, si aplica la máxima de “conócete a ti mismo”, se convierte a la vez en realidad pensada.

Transitamos desde lo que está ahí, o existente, a la verdad por medio del esfuerzo reflexivo. Con él lo real se hace ideas en la mente, que si son suficientemente verdaderas se pueden conceptuar de verdad, o verdades. Pensar no es, por tanto, especular, fantasear o permitir deambular erráticamente a la mente sino concentrarse, someterse a una severa disciplina interior que lleve desde la ignorancia, o desde el error, al conocimiento demostrado, a la verdad certificada por la práctica reflexiva.

Saber y comprender es una necesidad espiritual innata en el ser humano que se debe satisfacer con el conocimiento cierto, aunque a menudo lo hace con construcciones artificiosas y fraudulentas, teorías, dogmatismos, creencias, supersticiones, fes, narraciones… Con ellas los poderes constituidos consiguen una de sus metas esenciales, ahogar o reducir al mínimo las capacidades intelectivas de la persona, para hacerla crédula, ininteligente, ignorante y dócil.

Necesitamos de la verdad por cinco motivos sobre todo, para satisfacer el deseo natural de conocer; lograr la serenidad interior que suele otorgar el saber objetivo; mejorarnos como seres humanos al zafarnos del error, la ignorancia y la mentira; afianzar nuestra autonomía y libertad individual y servirnos de ella, de la verdad, como guía para la acción práctica transformadora.

Pero no todo es color de rosa. El esfuerzo reflexivo es una actividad dura y desasosegante en sí misma, debido también a que la realidad es compleja de manera múltiple[1]. La verdad suele producir temor, en nosotros mismos y en los otros. Los que poseen una inteligencia bien adiestrada y aman la verdad suelen ser perseguidos por el sistema de dominación y sus feroces perros de presa, que aborrecen lo uno y lo otro. En consecuencia, quienes deseen “ser felices” quizá lo logren mejor renunciando a pensar, entonteciéndose y celebrando las medias verdades tanto como las groseras mentiras administradas por el poder al sujeto medio bajo la forma de narcóticos espirituales y aleccionamiento institucional cotidiano y múltiple.

Así pues, la voluntad de verdad y de autonomía reflexiva demandan, como precondición, de la virtud de la valentía, de una voluntad potente y de fortaleza interior. De ese modo los diversos atributos de la persona se unifican en el logro de un bien inmaterial, el conocimiento cierto, con el que nos desenvolvemos en las diversas situaciones de la vida haciéndonos agentes soberanos de ellas, y no seres nada sometidos a los dictados de los amos del poder y del dinero.
        
Sin verdad posible no hay libertad[2] y sin capacidades reflexivas no hay sujeto.

Nuestra condición de seres humanos se afirma o se difumina e incluso se niega según usemos o no de los atributos intelectivos de que nos ha dotado la naturaleza. No se trata solamente de los logros alcanzados al hacerlo sino del hábito mismo de pensar con regularidad, rigor, autoexigencia y profundidad: desde él y por él nos autoconstruimos y emancipamos.

Reflexionar es someter la experiencia propia a un tiempo de indagación, de investigación, conforme a método. Un tiempo que ha de transcurrir en la soledad y en el silencio, escudriñando en los hechos el qué y el porqué de los asuntos examinados. Lo vivido no reflexionado enseña muy poco, y queda como una sucesión de experiencias incompletas e insatisfactorias. Sólo cuando se cavila sobre los acontecimientos se logra percibirlos en toda su plenitud, aprehendiéndolos en su real densidad e integridad.

         La experiencia no reflexionada es equiparable a vida no vivida.

Por eso una vida sin reflexión es impropia de los seres humanos. El obrar sin pensar, el romo activismo robótico, el no encontrar tiempo para recapacitar y no crearse el hábito de reflexionar nos degrada. Además, un obrar ciego e irreflexivo, que no se entremezcle regularmente con periódicos actos de cavilación, suele fallar en la práctica.

Hay que insistir en que el acto de pensar es, en lo básico, un quehacer íntimo e individual. Lo ha de efectuar el individuo, valiéndose de sus capacidades y buscando como logros acrecentar su conocimiento de lo que es, afianzar su libertad individual y mejorarse como persona. Sólo en un segundo momento se convierte en una experiencia colectiva, a través de la deliberación, el intercambio de ideas y el debate.

Leer no es pensar, escuchar a otro (profesor, gurú, profeta, sabio, etc.) no es pensar, o al menos no son las formas superiores del acto reflexivo, cuya esencia es la creatividad interior autónoma. A menudo leer es embrutecimiento, renuncia a usar las propias facultades reflexivas por mor de acumular conocimiento y saberes académicos. Si admitimos que la inteligencia es la facultad autoconstruida para otorgar respuesta a los problemas de la existencia y condición humanas, y que por su condición propia resulta ser cualitativamente diferente de la erudición y el consumo de cultura, podemos concluir que pensar es, en primer lugar, un actuar en soledad, un mirar hacia dentro, un fortalecer el propio yo a partir de sí mismo de dos modos, con lo logrado pensando y con el hábito de pensar.

La experiencia de pensar es dura, bastante dura. Construidos como seres irreflexivos desde fuera no nos es fácil romper con los hábitos, interiorizados, que nos llevan a vivir usando muy poco o nada las capacidades cavilativas, obrando en casi todo conforme nos ordena la autoridad constituida. Los filósofos se ocupan de la epistemología, del saber sobre cómo saber[3], pero el centro de aquélla es la reflexión metódica y periódica. Quien la efectúa es sabio, quien no acaba siendo una marioneta del statu quo, por tanto, una criatura ignorante, desestructurada y sometida.

El conocimiento sobre el conocer se aprender desde el hábito o costumbre de detenerse a pensar cada cierto tiempo. Se entiende la basicidad del pensamiento sensorial, o fáctico, primera etapa de conocer, y la centralidad del pensamiento reflexivo, o momento en que se descubre el porqué y las causas. Se logra, asimismo, soltura en aplicar los conocimientos adquiridos a la mejora de nuestra capacidad de operar en la realidad. Se admite igualmente lo limitado, finito, impuro e incompleto de las verdades que la mente humana puede determinar tanto como lo imperfecto de nuestras actividades reflexivas. Y se admite también que lo humano es constitutivamente así, aceptándolo en sus limitaciones a la vez que valorando muchísimo sus realizaciones.

Necesitamos del pensar como quehacer natural, no como ejercicio más o menos artificioso ligado a esta o la otra escuela filosófica. Lo aquí expuesto es una aproximación a una epistemología o gnoseología vivencial, algo que puede y debe poner en práctica todo ser humano. Cualquiera que destine tiempo de reflexión a los grandes problemas y a las causas últimas es un filósofo, y toda persona debería serlo.

Lo advierte Sófocles, “el peor mal del ser humano es la irreflexión”. Si el primer y principal paso para evitarlo es la voluntad consciente de soledad y silencio reflexivos callemos desde ya.

        


[1] Edgar Morin aprehende y enfatiza esta cualidad inerradicable del ser, negada por la inmensa mayoría de la filosofía profesional. En su obra “Introducción al pensamiento complejo” Morin rechaza el pensar reduccionista, el saber parcelado y el método simpificante. En consecuencia, establece un “principio de incompletud y de incertidumbre” que da al traste con cualquier ilusión de omnisciencia. Así mismo, admite “la irrupción de la contradicción lógica en la descripción empírica”, denostando a la vieja metodología por realizar la “expulsión de la contradicción” de su sistema de percepciones, epistemología y cuerpo argumental. También, cita como maestros a Heráclito e incluso a Hegel. Sin duda, el meollo de la complejidad es la antinomia, la contradicción, instalada en la totalidad de lo real. Morín tiene razón cuando se opone a la vieja filosofía y ciencia, simplificadoras, unilaterales, estáticas y reduccionistas, pero su obra dista mucho de estar lograda. No ofrece lo más necesario, una sistematización de la lógica dialéctica, tarea por realizar. Tampoco lo hace Heráclito, del que conocemos sólo algunas frases. Ni Hegel, cuyo voluminoso trabajo fundamental, “Ciencia de la lógica”, se merece el ácido comentario de Feuerbach en “Tesis provisionales para la reforma de la filosofía”, “Hegel convierte en razón a la sinrazón”.  Ni Mao Tsetung en su célebre “Sobre la contradicción”. El estudio filosófico-natural de la contradicción es la gran tarea pendiente de la filosofía. La necesitamos para comprender al ser exactamente como es, en su movilidad, conflicto interior, interdependencia y dinamismo ilimitados, para realizar la autoconstrucción pre-política del sujeto y para avanzar en el proyecto de revolución integral, cuyo meollo reside precisamente en la noción de complejidad, siendo su epistemología la de la lógica de la complejidad, de la contradicción, del eterno fluir a la vez destructor de lo viejo y autoorganizador de lo nuevo.

[2] Se ha de distinguir entre la libertad de, o existencia emancipada de constricciones exteriores, y la libertad para, o capacidad para realizar lo que escojamos hacer, que es ante todo disposición y capacidad del sujeto, algo interior a él. Ambas formas de libertad son básicas pero la segunda lo es más que la primera. A ella se refiere lo arriba expuesto.
[3] Los filósofos de profesión a lo largo de la historia se han preocupado sobre todo de vender, literalmente, sus elucidaciones sobre epistemología para hacerse con un público adicto y fiel sobre la base de eternizar la rentable relación maestro/discípulo. Pero de lo que se trata es de que el sujeto común crea en sus capacidades, encuentre en el interior de sí mismo lo que le permitirá elevarse a ser humano pensante, esto es, realizado e integral, por ello mismo capaz de prescindir de maestros. Eso no significa que sea superfluo leer buena filosofía, sólo que ello ha de ser una actividad subordinada al acto de pensar intensa y duramente por sí mismo, de acuerdo a los dictados de la inteligencia natural, la que es común a todos los seres humanos por el hecho de serlo, al menos en potencia. Desarrollar el propio entendimiento es, ante todo, tarea del propio sujeto, que no puede ser delegada en ningún maestro.