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jueves, 29 de enero de 2015

PARA LEER A LOS CLÁSICOS (II)




Culto es quien crea cultura, no quien la consume. Saber es saber crear, no saber repetir.
        
Producir cultura es el resultado de cavilar, de observar, de comprometerse en quehaceres transformadores, también de leer de manera apropiada. Los clásicos enseñan a pensar, incluso a pensar contra ellos, asunto en que reside lo mejor de su grandeza. Ser una persona culta es promover en sí mismo el hábito de reflexionar día a día, retirándose regularmente al interior del yo para, desde allí, desde el ensimismamiento y el silencio, comprender el mundo y las cosas, y comprenderse.
        
Quien reflexiona es creador de cultura. Quien lee a los clásicos pero no piensa por sí mismo es sólo un erudito. Repetir lo que otros dicen no es pensar. La sabiduría se expresa en los actos -particularmente en los más decisivos- de la vida, y es en ellos donde manifiesta si es tal y en qué medida. Sabio es quien ofrece respuestas, remedios, procedimientos y actuaciones suficientemente apropiadas a los asuntos cenitales de la existencia.
        
El acto de creación, en tanto que experiencia esencialmente individual que acaece en el interior del yo, forma parte de lo nuclear de la cultura de Occidente. Si los clásicos nos adiestran en pensar es que realmente son eso, clásicos, pero si sólo nos traspasan saberes, o pseudo-saberes, se quedan en transmisores, o peor, en adoctrinadores. Platón fue el gran adoctrinador, porque se tuvo por “Maestro” mientras el resto de los seres humanos debían quedar como sus discípulos. Por eso no es, recapacitando con el necesario rigor, un clásico. Quería tener poder, no expandir la sabiduría y, sobre todo, anhelaba impedir la formación de personalidades culturalmente construidas, esto es, autónomas, inteligentes y poderosas, para que no se enfrentasen a su tiranía múltiple.
        
La quintaesencia de la sabiduría reside en el logro por hábito de sabiduría día tras día. Alcanzar verdadero saber no es recibirlo de fuera sino crearlo, más exactamente, recrearlo, en el interior del yo.
        
Los autores clásicos están bipartidos y su obra es asimismo dual, bipartida, una mezcla de valioso y menos valioso, de aciertos y desaciertos. No son profetas de una fe pretendidamente omnisciente sino seres humanos corrientes. Deben ser leídos con una compleja combinación de entusiasmo y escepticismo, corrigiendo sus deslices y pifias cuando proceda. Al hacerlo hay que considerar las condiciones actuales, usando sus enseñanzas como inspiración para enfocar los grandes asuntos de nuestro tiempo y como metodología para construirnos como sujetos preparados para la reflexión, para la verdad, para el esfuerzo, para la valentía, para el combate, para la virtud, para la fraternidad, para la revolución.
        
En la obra de los clásicos hay una contradicción entre su vinculación a las condiciones concretas de la época, en su vertiente negativa (militarismo, estatismo, régimen esclavista, patriarcado, etc.), y el meollo positivo y útil de sus contenidos, que sirve para negar de manera superadora el componente oscuro de su mundo. Por eso pueden leerse de dos modos, para conservar aquello que es opresivo y devastador de lo humano o para establecer las condiciones reflexivas y emocionales de la acción emancipadora. Aquí se propone esta segunda lectura.
        
Saber es ser capaz de ofrecer respuestas reflexionadas y actuantes a cada situación concreta real. Si leemos a los clásicos es en primer lugar para adquirir esa sapiencia, no para corear sus argumentos. Cultura es vida vivida, sujetos que se hacen, pensamiento creador, afecto convivencial, energía psíquica y potencia combatiente. El academicismo no es cultura, o es, en el mejor de los casos, su forma inferior y degradada.
        
La cultura clásica de Occidente, en su lado positivo, es una vivencia consciente de la libertad (finita y condicional por convicción interior, para que no se degrade a omnilibertad), de la autonomía construida desde el yo. Libertad no es sólo ni principalmente ausencia de coacción exterior sino autocreación del sujeto como individualidad apta, en consecuencia, capaz de hacer aquello que se proponga, lo que escoja en uso del libre albedrío y conforme a criterios de responsabilidad, convivencia, magnanimidad y moralidad. Esa libertad para obrar proviene de la previa adquisición de la libertad interior y de realizar la tarea de autoconstruirse.

Quien resulta ser capaz, quien vale y es apto, quien se hace sujeto de virtud, es libre. Aquel que para nada sirve y de nada es capaz carece de libertad del modo más absoluto. Los seres metódicamente nadificados de la hora presente, construidos desde fuera en la forma de criaturas cada vez más heterónomas, incultas, vacías, infructuosas, cobardes y dependientes, por el Estado en su variante más letal, de Estado de bienestar, son los más oprimidos de la historia, los esclavos perfectos.
        
Los autores clásicos enseñan mucho más que argumentos y razonamientos. El intelectualismo viene de que en la primera fase de su decadencia la formación social europea occidental escoge, con la escolástica, a Aristóteles, el filósofo parlanchín por excelencia, como supuesto maestro de sabiduría, lo que luego continúa el racionalismo, el cientifismo y los demás ismos mutiladores, hasta hoy. La verdadera cultura construye no sólo el intelecto sino el carácter, proporciona virtudes morales y convivenciales además de intelectuales.

Ahí están los filósofos cínicos enseñando a forjar la voluntad, a desdeñar la pereza, el hedonismo y la cobardía, a hacer de la vida una sucesión de actos de esfuerzo, severidad y valentía. Mientras, Longino muestra lo excelente de la grandeza de espíritu, la belleza y la sublimidad, de la pasión y la emoción. Plutarco nos hace sujetos de virtud, apropiados para combatir el mal, la opresión y los fanatismos, individuos sólidos y rotundos, buenos para afrontar avatares y tempestades. Cicerón estimula a la juventud a construirse desde los deberes, desde la entrega, desde la grandeza, desde la épica. Persio invita a atrevernos a estudiar el lado negativo de nuestra personalidad, para mejorarnos y progresar por el camino de la virtud.

El cristianismo proporciona la cosmovisión del amor, y el ideal de una sociedad del amor, asunto mucho más fundamental, complejo y también dramático de lo que parece. Nos llama a transitar desde el ego al yo, un acto liberador de una potencia incalculable en la esfera de lo personal e íntimo, pues equivale a emanciparnos de nosotros mismos, a renunciar a oprimirnos, dañarnos y mutilarnos. A aprender a respetarnos y a construirnos con fines magnánimos, transcendentes y combatientes. A amar el amor.

Juvenal, aunque en alguna cuestión resulta censurable, aporta un elevado ideal de auto-edificación de la persona al argüir que el mayor desacierto es “preferir la existencia al deshonor y, por vivir, perder la razón de la propia vida”.
(Continuará)


miércoles, 28 de enero de 2015

PARA LEER A LOS CLÁSICOS (I)





La aculturación es hoy general, omnipresente y casi universal. La pérdida de la propia cultura lleva a la desintegración del yo, la devastación psíquica y la caotización conductual, haciendo de la persona un ente pasivo, sumiso, dependiente, disfuncional y además sufriente sin sentido. La cultura no es locuacidad erudita sino sabiduría vivencial. Proporciona: 1) cosmovisión, 2) comportamientos primordiales, 3) ideales y metas, 4) concepción de la persona, 5) guía relacional, 6) un modo de inteligir lo real, 7) emocionalidad, 8) orden reflexivo, 9) sentido a la existencia.
        
Existir sin cultura es hacerlo fuera de lo que es civilizado y humano.
        
Nuestra base cultural, la de los pueblos y las gentes europeas, es la cultura occidental, de naturaleza milenaria, ahora en desintegración, pues las elites europeas contemporáneas, políticas y económicas, llevan decenios, o quizá siglos, trabajando para que sea olvidada y sustituida por subproductos culturales y, probablemente, credos foráneos liberticidas. La colosal voluntad de poder de aquéllas, y su lúgubre concreción institucional, la razón de Estado, así lo exigen.
        
Eso explica que Europa esté hoy habitada por sujetos aculturados, por seres superlativamente disminuidos y degradados.
        
La cultura occidental proviene de Grecia y Roma. En la fase de decadencia de estas formaciones sociales las minorías poderhabientes de ambas reniegan de aquélla. Es el cristianismo quien salva la cultura clásica y la transmite a la posteridad, en particular el ala civilizadora del monacato cristiano, en tanto que movimiento popular revolucionario que, al estimar la obra de los grandes pensadores de antaño, la copia en los monasterios, la recrea y transmite entre los siglos V y XII.

El cristianismo realiza, al mismo tiempo, aportaciones originales de importancia que van a culminar en la revolución de la Alta Edad Media, acaecida en algunos espacios del suroeste de Europa y posteriormente difundida -de manera desigual- al resto.

Eso en lo referente a la cultura escrita, o erudita. La cultura popular europea, oral, no escrita, parece provenir sobre todo de los pueblos pre-romanos, conformadores de nuestro sustrato cultural, en la península ibérica los cántabros, vascones, galaicos, astures, laietanos, turdetanos, bastetanos, celtíberos, entre otros, así como de los guanches en Canarias. Aquélla ha convivido dos milenios con la cultura erudita. Muy recientemente, esa vasta, múltiple y muy fiable sabiduría popular ha sido extinguida, lo que está teniendo efectos calamitosos para la sociedad y las personas, al ser suplantada por una alarmante mixtura de pseudo-saberes académicos, manuales de autoayuda, supersticiones de importación e intervenciones de expertos mercantilizados. Con todo ello el sujeto está siendo infantilizado y nulificado, vaciado de conocimientos, capacidades, donosuras, autoconfianza, saber estar y habilidades.
        
El sistema de dominación actual ha destruido primero la cultura popular y ahora está triturando la cultura escrita, o erudita, de raíz griega, romana y cristiana. Está sido sustituida por una subcultura elaborada por el Estado/Estados, a través del sistema académico, y por la empresa privada, con la industria del entretenimiento, haciendo los megapoderes mediáticos de fundamentales transmisores.
        
En particular, el actual régimen de dictadura, que aspira a ser total (consecuencia de que el capitalismo se ha ultradesarrollado y el Estado/Estados está hipertrofiado), no puede admitir al cristianismo. Por eso su designio es destruirlo definitivamente, hacer olvidar de manera absoluta el contenido múltiplemente emancipador del verdadero cristianismo, para poder construir una infra-humanidad vilificada de manera total, incapaz de ofrecer resistencia a los poderhabientes, por pequeña que sea. Para ello promueve la aculturación, operación de la que forma parte el fomento de religiones exógenas de sustitución cuyo meollo es la nulificación del sujeto y la fobia a la libertad.
          
La resultante son las multitudes asombrosamente aculturadas, incapaces de pensar, sentir y ser por sí mismas, que no logran regir sus propias vidas, que malviven en la confusión y la impotencia, siempre a la espera de gurús, “líderes”, profetas, políticos y celebridades, de fes supuestamente redentoras, teorías y dogmatismos.
        
En tales condiciones la lectura de los clásicos de la cultura occidental es al mismo tiempo una necesidad, un acto de autoafirmación y una acción revolucionaria. Los clásicos no lo son principalmente por lo que enseñan sino porque ayudan a organizar nuestras mentes para permitirnos desenvolvernos con autonomía. Lo medular en ellos no es las verdades que transmiten sino los modos de encarar la realidad exterior e interior para lograr claridad de ideas y conductas magníficas.
(Continuará)

jueves, 15 de enero de 2015

“ANIQUILACIÓN DEL ARTE Y DEVASTACIÓN DE LO HUMANO. UNA RÉPLICA CONSTRUCTIVA”


 ARTÍCULO PUBLICADO EN felixrodrigomora.org

Este artículo, algo más extenso de lo habitual, es una reflexión, realizada con fines propositivos, sobre la situación de desintegración del arte en tanto que expresión del declive de lo humano. No es, en lo principal, una crítica sino una exploración de las vías por las que se puede superar la alarmante situación actual en estas fundamentales materias.
        
Para el estado de la cuestión respecto a la literatura en castellano tomo el análisis crítico que efectúa José Antonio Fortes en el libro “Intelectuales de consumo. Literatura y cultura en España (1982-2009)”, pero yendo más allá, a las causas de los males que describe, con el fin de formulas propuestas superadoras, constructivas, que iluminen la actividad creadora.  
        
La crítica, incluso la más fundamentada y mejor, es insuficiente. Se necesita una nueva estética, una renovada concepción de la experiencia literaria y artística, para revertir y superar una situación que desde hace decenios, es calificada como de final del arte, en el sentido de su progresiva extinción.
        
La pregunta de David Sylvester en 1958, “¿Es el arte todavía posible, o ya es demasiado tarde?”, sigue teniendo más pertinencia que nunca.
        
Aún no existe madurez para formular una cosmovisión mínimamente completa, pues estamos en la etapa de los esbozos, delineaciones y acercamientos, y eso es lo que, modestamente, pretende ser el texto arriba citado. Si se hace un acicate para la reflexión, el estudio y la práctica artística inconformista habrá cumplido sus objetivos. Si promueve textos y experiencias futuras que desarrollen, completen y corrijan sus formulaciones quedará realizado al completo.
        
Su capítulo más importante es “Hacia una revolucionarización de las prácticas estéticas”, en el que se aportan las proposiciones más nutricias sobre la materia, en la línea de reconstruir al sujeto frente el gran asalto de aniquilación a la esencia concreta humana que está ejecutando el actual sistema de dominación, del que está saliendo una humanidad nulificada y acabada, formada por seres nada. Una formación social tan degenerada que no es capaz de producir arte, ni prácticamente ninguna actividad trascendente y superior.
        
En suma, necesitamos una estética y tenemos que irla construyendo paso a paso.

viernes, 26 de diciembre de 2014

SOBRE LA CIUDAD DE LEÓN COMO “CUNA DEL PARLAMENTARISMO”

El conocimiento veraz y objetivo, pre-político, del pasado, hasta donde es posible lograr -que no es mucho- resulta imprescindible para la transformación integral de la sociedad y el individuo, para revertir en ser humano al desventurado ser nada contemporáneo, y para rehacer al pueblo desde el penoso estado actual de populacho. Es una actividad sanadora, de regeneración, revolucionaria.

Vayamos a los hechos. En 2013 la UNESCO incorpora a su Registro de Memoria que los Decretos promulgados en las convocatorias de la curia regia (¿cortes?) de León de 1188 y 1194, presididas por el rey Alfonso IX, constituye el antecedente más antiguo conocido de régimen parlamentarista, al participar en dichas juntas gubernativas “representantes elegidos de pueblos y ciudades” que actúan en ellas “tomando decisiones del más alto nivel”.
           
La UNESCO está orientada por textos y trabajos previos, entre los que destacan el libro de John Keane, profesor de la universidad de Westminster, “The life and death of democracy”, 2009, y el documental “La cuna del parlamentarismo”, de Álvaro del Amo y Juan Pedro Aparicio. Anteriormente, diversos historiadores, Elías López Morán, Julio González, A.R. Myers, Claudio Sánchez Albornoz, Eduardo Fuentes, Justiniano Rodríguez y otros habían aportado datos y análisis.
           
Así las cosas, dado que la condición de “cuna del parlamentarismo” de León en el siglo XII no puede ser cuestionada, y que incluso el ayuntamiento de la ciudad ha convertido el asunto en sólida y generalizada oferta cultural, hay una someter a reflexión diversas cuestiones anejas.
Una es la invención fulera por excelencia en estos asuntos, la del “feudalismo”. Se trata de que los prebostes de la historiografía medieval ortodoxa, esos mismos que llenan de embustes los manuales escolares, en particular los de la enseñanza media, haciéndose ricos con tal labor, nos digan qué había realmente en los territorios del norte peninsular en los siglos medievales, si “feudalismo” o parlamentarismo.
           
Porque la curia regia de León no fue diferente a las de los otros reinos de la península Ibérica en nada importante. El origen y naturaleza de las cortes medievales (seguramente, cortes y curia regia no son lo mismo) resultan endiabladamente oscuros (en buena medida porque los profesionales de la cosa se afanan en hacerlo ininteligible), pero parece que fueron una asamblea de portavoces populares de villas y ciudades, designados para tal función por las asambleas concejiles municipales y a ellas subordinados por el mandato imperativo, con el rey como autoridad nominal, y hasta alguna fecha difícil de definir con precisión, quizá finales del siglo IX, sin rey.
           
Claudio Sánchez Albornoz arguye que el pueblo leonés “no conocía el régimen feudal” y que su sociedad estaba articulada “en grandes municipios libres”, lo que hacía de ella un orden “liberal y democrático”.  Eso, desde luego, es más cierto que la malevolencia sobre el “feudalismo”[1], sin ser del todo exacto, y describe una formación social que en muy poco se diferenciaba de la castellana, la navarra o las de los territorios incluidos en la corona de Aragón. Tales asertos los realiza el más importante historiador del medioevo peninsular mientras que los profesores-funcionarios que se lucran mintiendo, ¿en qué fundamentan sus aseveraciones?
           
Otro embeleco que se viene a tierra con la cuestión tratada es la magnificación de al-Andalus. Si en León la gente común participaba en las tareas de gobierno, legislativas y ejecutivas, al enviar portavoces elegidos asambleariamente a la curia regia, ¿existió algo similar en los territorios sometidos al Estado islámico andalusí? La respuesta es no. No hubo nada equivalente, ni de lejos, pues aquél fue un sistema político instituido de arriba a abajo, con las autoridades máximas nombrando la totalidad de los cargos gubernativos, con un aparato militar que lo dominaba todo y reprimía con furor a los integrantes de las clases populares, fueran cristianos, judíos o musulmanes.

No hubo nada de libertad política para el pueblo en el régimen andalusí, nada de formas asamblearias, nada de participación popular en las tareas de gobierno. Al-Andalus fue una tiranía política, un régimen de dictadura, violencia y terror, que operaba de manera similar, salvando las distancias temporales, al régimen fascista de Franco. Al-Andalus y la libertad son categorías antagónicas y excluyentes.

Empero, lo que se contiene en la formulación sobre la “cuna del parlamentarismo” en León no es exacto. Tomemos uno de los libros del erudito leonés Elías López Moran, “Derecho consuetudinario y economía popular en la provincia de León”, 1900, que estudia lo que su título nombra, el derecho consuetudinario o cuerpo de normas jurídicas de elaboración popular, promulgadas en las asambleas concejiles cuando lo mayoritario de la potestad legislativa pertenecía al pueblo, y hechas cumplir por las asambleas judiciales, en las que el pueblo impartía justicia.

Por tanto, además de la curia regia, existía el orden asambleario popular, en lo que era un régimen de doble poder, el de la corona y el del pueblo (en los documentos medievales el primero aparece citado como “palacio” y el segundo como “concejo”), que mantenían entre sí complejas y conflictivas relaciones.

Lo que más atrae la atención del mundo medieval hispano (peninsular) no es la participación del pueblo en la curia regia de los diversos reinos, aunque es cierto que se dio durante un tiempo, sino el sistema de autogobierno popular casi completo existente, con una tupida red de instituciones asamblearias gubernativas, derecho consuetudinario y luego fueros municipales, asambleas judiciales, milicias concejiles, bienes comunales que se regían desde el concejo y que, probablemente, proporcionaban el 80% de la riqueza social global… Al lado de todo esto, la presencia popular en el órgano de dirección del ente estatal en embrión de la época, la curia regía, es poca cosa.

Cuando los historiadores, incluso los de buena fe, se centran en lo institucional proto-estatal de entonces, que era minoritario, a la vez que olvidan o minimizan lo institucional popular, ampliamente prevaleciente, están ocultando las realizaciones de la gente común y haciendo girar la historiografía alrededor de reyes y notables, con la advertencia de que éstos, hasta finales del siglo XIII, tuvieron unas funciones sociales modestas y subordinadas.

Necesitamos una historia del Medievo hecha desde lo popular, que deje en un secundario lugar, que es el adecuado, a las fuerzas sociales patricias, aristocráticas y elitistas. Esto es, necesitamos una historia medieval que sea objetiva.

Para finalizar, ¿qué significado tuvieron las sesiones de la curia regia de 1188 y 1194? Todo indica que fue una astuta maniobra política para incorporar a las funciones proto-estatales a personas cualificadas de las clases populares, haciendo de ellas un nexo de unión entre el sistema concejil y el naciente aparato estatal. Éste se fortalecía así, atrayendo a su seno a unas minorías que, en un segundo momento, fueron cortejadas por la corona para convertirlas en agentes suyos dentro de las instituciones de autogobierno popular, el régimen concejil.

La operación de atracción y escisión del bloque popular resultó exitosa. No pasó mucho tiempo sin que en la ciudad de León, y luego en las demás villas y ciudades del reino, el concejo abierto fuera sustituido por el concejo cerrado, formado con personas designadas por la corona. En consecuencia, podemos concluir que el régimen parlamentario medieval desempeñó las mismas funciones negativas, por antidemocráticas e integradoras, que el parlamentarismo actual. Pero las asambleas populares continuaron activas en pequeñas poblaciones y aldeas, hasta hoy.



[1] Otro dato que refuta la interpretación progresista, esto es, burguesa, sobre el Medievo hispano se encuentra precisamente en los Decreta (decretos) establecidos en las citadas reuniones de la curia regia leonesa. Su artículo XV prohíbe donar bienes a “ningún establecimiento eclesiástico”, norma común en la época, la cual refuta la suposición de que el poder clerical hegemonizaba aquella formación social.