Follow by Email

jueves, 9 de marzo de 2017

SABIDURIA POPULAR LA CULTURA EXPERIENCIAL

       Sólo por existir el ser humano conoce y comprende, siendo con ello creador de cultura, pues el acto de vivir es necesariamente reflexivo, de un modo u otro y en mayor o menor grado. Estar en el mundo es hacer, actuar. Ello es acumular experiencia y ésta, reflexionada, se convierte en sabiduría, en cultura colectiva, popular en nuestro caso, e individual. Ambas van unidas.

El apremio por comprender es uno de los más acuciantes, al mismo nivel que la urgencia de recursos materiales básicos. Esto admite un tratamiento tramposo, sustituir la verdad por narraciones embaucadoras que se proponen satisfacer nuestra innata necesidad de entender el mundo, de saber sobre sí mismo, el otro y los otros. La ignorancia, el desconocimiento, es una de las mayores causas de angustia y pavor existencial. Si alcanza un determinado nivel e intensidad puede llevar a la muerte al individuo, por colapso psíquico. O impulsarle a comportamientos autodestructivos, con el alcohol y las drogas. Y al suicidio. O a encuadrarse en sectas, partidos, religiones y credos deshumanizadores y totalitarios.

Tales narraciones embaucadoras son manufacturadas hoy por los entes estatales, que poseen el monopolio de la educación institucional, la información adulterada, la industria del entretenimiento y la actividad estética, o pseudo-estética, subsidiada desde el poder. No hay dominio político ni explotación económica sin adoctrinamiento, del mismo modo que no hay sociedad libre, autogobernada y autogestionada, sin libertad de conciencia y sabiduría popular autónoma, autoconstruida.

La autogestión integral del saber y el conocimiento es uno de los componentes fundacionales de una sociedad libre. Libre en lo político y lo económico.

         El ser humano, como ser pensante y reflexivo, elabora saberes y los articula en un conjunto complejo interrelacionado al que se denomina cultura, con la cual comprende el mundo, convive y orienta su existencia. La cultura mayor y mejor es la popular, la que resulta de la experiencia recapacitada, meditada, de la gente común. Ésta es el cimiento del autogobierno, de la democracia (no confundir con parlamentarismo, una forma de dictadura). Existe, además, la cultura erudita occidental, o de las clase altas, que durante siglos ha sido fecundada por la cultura popular, y viceversa. En el presente ambas han casi desparecido, para ser sustituidas por un hórrido amasijo de pseudo-saberes y consignas impuestas, confeccionadas por los aparatos estatales de adoctrinamiento, manipulación, inculcación y amaestramiento.

         Sin sabiduría popular autoconstruida no puede haber revolución. Ésta es la culminación práctica de aquélla.

         Se dice que un individuo es culto cuando es un bien adoctrinado, no cuando posee unas facultades intelectuales, emocionales, volitivas, relacionales y de la sensibilidad bien cultivadas, es decir, autocultivadas. Cuando ha leído tantos o cuántos libros, padecido una masa de obras doctrinales, estéticas y culturales fabricadas por el sistema, acumulado títulos académicos y aplaudido servilmente a la muy opulenta casta pedantocrática, ideocrática y estetocrática. Peor aún, en el proceso global de ir a peor en el que vivimos ya apenas existe la noción de sujeto culto, que ha sido sustituida por la de desventurado zascandil consumidor en las pantallas de productos, por lo general, con muy bajo nivel.

         El individuo realmente cultivado es el capaz de pensar por sí mismo, sentir por sí mismo, decidir por sí mismo y ser, en la totalidad de la experiencia, desde sí mismo. Eso no puede resultar de ningún sistema académico o escolar, pues todos se sustentan en la diferenciación ente maestro y discípulo, es decir, entre mandante y mandado, dominante y dominado. Lo razonable es que el discípulo sea el maestro de sí mismo.

Es cierto que de forma transitoria y temporal (en la infancia) el individuo necesita de un maestro o maestros, pero en la edad adulta, a partir de los 14 años, no puede haber otro principio pedagógico que aquel que establece que el individuo se autoeduca. Si necesita de la guía de otros tiene que ser de forma secundaria y temporal. Es bueno y necesario, además de inevitable, aferrarse a los clásicos por un tiempo, y leer con aplicación a los filósofos cínicos, a Cicerón, a Tácito, a Plutarco, a los evangelios cristianos y, también, a los clásicos actuales, Simone Weil, George Orwell, Harry Braverman y otros, pero la meta ha de ser alcanzar un estadio estable, habitual e interiorizado de práctica reflexiva independiente y autónoma, en la que el yo se encare cognoscitivamente con lo real vivido, con lo experiencial, para alcanzar conclusiones sapientes y transformadoras, sustentadas en la vida del pueblo y en las vivencias del sujeto. Esto es difícil de realizar hoy, pues el pueblo existe ya casi exclusivamente como populacho, como plebe adoctrinada y amaestrada, pero no del todo. Y esa miaja o pizca de pueblo auténtico que todavía sobrevive es decisiva. Cualquier noción de vanguardia, de minoría selecta, de gueto aleccionador en alguna teoría o sistema “redentor”, es una agresión a la libertad, a la verdad, a la moralidad. A la revolución.

         Lo expuesto permite impugnar que los sistemas teóricos y doctrinales, los credos, dogmatismos y fes, sean conocimiento, cultura y saber cierto. No lo son, porque resultan ser propaganda pero no verdad, propaganda del poder y nunca o casi nunca sabiduría auténtica, que únicamente el método experiencial ateórico puede proporcionar. Quienes los buscan, reverenciar y consumen pierden su tiempo y se autodañan, es más, se convierte en siervos mentales de los fabricantes de teoréticas y creencias, de dogmatismos y fanatismos. Esto es, de los pedantes, los gurús, los profesores-funcionarios, las divas sexistas de la industria del espectáculo y los profetas del orden constituido, en suma, de los agentes del sistema de dominación y de los mercaderes de palabras, sonidos e imágenes.

         La reconstrucción de la cultura popular es una tarea determinante que se unifica con el avance de la revolución. Su fundamento último es, como se ha dicho, la convicción de que el ser humano es naturalmente inteligente, intrínsecamente capaz de pensar y constitutivamente apto para construirse una cosmovisión razonablemente verdadera, esto es, un sistema cultural. Todo ello sin necesidad de ser perfecto y puro, con sus debilidades y servidumbres, pues lo existente es contradictorio en sí mismo, y la imperfección está en la esencia del ente, como imperfección finita, vale decir, como perfección racional, posible.

         Para avanzar hacia la recuperación, restablecimiento y actualización de la cultura popular hay que dar unos determinados pasos. Primero admitir que ha de ser elaboración de los individuos que forman el pueblo, por tanto, de cada cual, como responsabilidad y tarea individual, que se hace colectiva a partir de ese compromiso del sujeto aunque en un segundo momento. Un necesario acto constructivo es recuperar, salvar, la cultura popular del pasado inmediato. Lo que se pueda tiene que ser preservado[1], actualizado y revitalizado. Pero no nos podemos hacer muchas ilusiones, pues la destrucción y el arrasamiento cultural han sido fortísimos en los últimos decenios, por causa de la hipertrofia del ente estatal y de la elefantiasis de la clase gran-patronal.

         La siguiente tarea es la construcción de una nueva sapiencia de los pueblos, individual y grupal a la vez. De ese modo será una realidad la sociedad de la verdad, poniéndose fin a la formación social actual, de la propaganda y el adoctrinamiento, esto es, de las medias verdades y la masiva mentira, de la aniquilación de la libertad interior del ser humano.

         Lo cardinal es autoconstruirse como sujeto reflexivo, como persona que tiene por habito pensar intensa, regular y profundamente sobre lo real integral, sobre el yo, el otro y el mundo en tanto que dinamismo incesante, tomando como fuente número uno de saber cierto la experiencia. Pararse a pensar, recluirse en el silencio, cavilar intensamente, no desmayar en la tarea de mejorar paso a paso las propias capacidades reflexivas, para utilizar los recursos, dones y talentos que la naturaleza ha proporcionado a todo ser humano, es la forma de hacerse persona y, al mismo tiempo, de construir una cultura popular que tenga la verdad, la virtud, la libertad y la sabiduría como contenidos.

         Lo más deseable no son los resultados sino el hábito. Lograr que el reflexionar de manera autónoma no dirigida e independiente, sin maestros ni gurús ni profetas ni profesores ni estrellas, sea una experiencia espiritual habitual del yo, es haber alcanzado una victoria formidable sobre el sistema de dominación. Es estar haciendo la revolución. Pensar es un quehacer duro, agobiante, angustiante y muy fatigoso, de manera que exige un espíritu de esfuerzo y una voluntad firme para volver a la pelea tras los inevitables fracasos y dejaciones, pero sus frutos son fundamentales, a saber, conseguir la libertad interior y edificar sobre ella la libertad de acción, individual y colectiva.

         ¿Leer a los clásicos, antiguos y contemporáneos? Sí, pero sobre todo pensar. ¿Escuchar y atender a otros?, si, pero en primer lugar pensar. ¿Mirar pantallas?, ¡qué remedio!, pero ante todo pensar. No es fuera sino dentro donde está la verdad, sobre la base de la experiencia. Resulta del hacer reflexionado, y nadie puede adquirirla en otro o por otro. Tiene que salir de sí mismo, del interior del yo.
        
         La conclusión es que ser culto no es saber repetir los productos doctrinales y propagandísticos elaborados desde y por el poder, es ser capaz de cavilar y pensar (también, de sentir, desear, etc., siendo un ser humano integral) con soberanía y autonomía individual, haciendo de la verdad y autenticidad así logradas una de las grandes metas de la propia existencia.


[1] Una muestra de ello es el libro “30.466 etsolitzak, refranes, proverbs, proverbia”, de Gotzon Garate, 2003, que recoge una de las manifestaciones más significativas de la cultura popular vasca, los refranes. La mayoría de ellos son sabiduría quintaesenciada pero una parte muy pequeña están equivocados. El conjunto es formidable. Durante siglos las gentes de Euskal Herria se han guiado por tal sapiencia y les ha ido bastante bien. Pero en el presente el sistema de dominación está arrebatando al pueblo vasco su cultura, a él y a los demás pueblos del mundo, para sustituirlo por la verborrea escolar, académica y mediática mundializadora, guiándose con la cual no es posible vivir con libertad y ni siquiera vivir sin más, como están demostrando los acontecimientos. Advierte Gárate en la presentación de la obra que sus informantes sobre “etsolitzak” han “fallecido ya o son de muy avanzada edad”, mientras que “la gente joven de los caseríos los desconoce”, aserción que manifiesta el grado de aculturación reinante. De ahí proviene un rasgo bien conocido en el presente, en todos los territorios, que la generación joven está cargada de títulos académicos y máster pero no sabe vivir y no logra vivir. A ella, empero, corresponde poner en marcha un proceso de recuperación de la cultura popular que desmonte la falsa cultura institucional actual, e inicie una nueva era. Dicha acción histórica puede ser denominar revolución cultural.

sábado, 25 de febrero de 2017

REIVINDICACIÓN DE LA GENTE COMÚN

          Vivimos tiempos de elitismo, de desprecio por lo popular. No proviene de la aristocracia de sangre sino del progresismo, que es la actual neo-casta chic y selecta. Ésta, vanguardista en todo menos en su aptitud para crear una nueva cultura social, está realizando una de las mayores agresiones a las clases populares de la historia. Sobre éstas acumula los improperios, las imputaciones, las palabras gruesas, el vilipendio, los sambenitos, la mofa. La gente común y corriente, según el progresismo, es una infra-humanidad a la que hay que gobernar con mano de hierro, dado su propensión a desmandarse. Cuando lo hace, indica, se torna populista, se bandea hacia la extrema derecha, se separa del camino por el que, según aquella esclarecida minoría siempre justa y benéfica, tiene que transitar.

         La persona común es, señalan, “reaccionaría”. No sigue las Luces de las elites progresistas, no se deja guiar por la Ilustración de quienes saben mejor que ella misma lo que la conviene. Esto tiene fuera de sí a la progresía, a la minoría mandante supuestamente cultivada y exquisita, en realidad de una incultura y superficialidad descomunales. Las celebridades de la industria del ocio, los profesores, los jerarcas de los monopolios mediáticos, los prebostes contraculturales institucionalizados, los activistas de nómina, la izquierda caviar y otras cofradías más o menos fachendosas están a la ofensiva, una vez que han constatado que pueden perder el monopolio del mandar y el imponer, del succionar y el embolsarse, tantos años disfrutado.

         En ello no hay nada nuevo. Los “filósofos” dieciochescos repudiaban al pueblo, para ellos mera masa “supersticiosa”. Los liberales decimonónicos les tenían por populacho a tratar, literalmente, a baquetazos. Las vanguardias artísticas no poseían más meta que mofarse de la plebe con sus quisicosas pseudo-artísticas. El marxismo desarrolló la teoría de la vanguardia política, para fiscalizar a un proletariado al que se tenía por cabalmente inculto, esto es, sin nada de sapiencia ni conocimientos ni vida vivida. El anarquismo lo esperaba todo de un aleccionamiento popular ilimitado en sus teorías y dogmas. Durante la guerra civil, cuando la sabiduría y cultura popular todavía era mucha, la izquierda republicana, marxista y anarquista conceptuó a la gente común como “masas”, una mixtura de rebaño y parvulario. En ese tiempo la izquierda “educaba” y “dirigía” al pueblo pero se negaba a ser educada por él. El movimiento de las nociones básicas y las ideas motrices era unidireccional.

         Hoy, la sabiduría popular, en sus dos manifestaciones, de la comunidad popular y del individuo, esta dramáticamente disminuida y corrompida. Hubo un tiempo en que estuvo al mismo nivel, e incluso por delante en determinados asuntos, que la sapiencia culta o erudita. El siglo XVIII, con el movimiento Ilustrado, fue el inicio de su preterición. El XIX conoció una ofensiva formidable contra la sabiduría popular, a partir de las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812. El XX fue más de lo mismo, con tres momento intensamente aculturadores, la II república burguesa, el franquismo y el régimen parlamentarista que organiza la Constitución vigente, de 1978. Hoy muy poco sobrevive. La expansión monstruosa del sistema educativo estatal/privado, el adoctrinamiento incesante de los medios de comunicación, la industria del entretenimiento y la murga omnipresente de los partidos políticos hacen que el individuo sea, en lo mental y anímico, construido casi totalmente desde fuera.  Hoy el yo es, en lo esencial, un no-yo. Por tanto, un ser-nada, pues el sujeto se hace en el acto de hacerse y se queda sin hacer cuando es construido desde fuera

         Ciertamente, la cultura popular, incluso la mejor, es insuficiente. Hay que acudir a la cultura erudita, realizando la fusión de ambas en sí mismo y en la realidad social. Pero ahora ambas culturas están en trance de liquidación, no siendo valoradas ni difundidas ni mucho menos recreadas y creadas conforme a las nuevas circunstancias. Esto es una catástrofe cultural. Recuperar ambas es una tarea revolucionaria, ímproba sin duda pero imprescindible.

         Recobrar la cultura popular es, en efecto, imprescindible. En lo individual, la persona ha de construirse el hábito de aprender de la propia experiencia, la suya y la de sus iguales, de utilizar las facultades reflexivas de que le ha dotado la naturaleza, para alcanzar un saber auténtico, propio, por si e independiente. Un saber experiencial, ateórico, que se fundamenta en la vida efectiva, en la praxis integral de la persona, en lo que ha probado, padecido, gozado y experimentado. En oposición al chorro inextinguible de la sinrazón y el desvarío que se manifiesta en el sistema educativo, en particular en el universitario, hay que afirmar el saber en tanto que conocimiento de lo real vivido, no del charlatanismo profesoral, a la fuerza engullido para pasar exámenes y más exámenes.

         Eso significa, también, que hay que compartir de vida de la gente común, apreciando sus saberes y conocimiento, su sentido de la justicia, su vitalidad y voluntad de vivir, su alegría. Aunque todo ello está hoy, como se ha dicho, extremadamente disminuido, es mejor que la bazofia progresista, selecta y elitista que se ofrece como el lugar ideal para las personalidades “inquietas” e “inconformistas”, donde se puede tener una “vida auténtica”. Quien se dirige al gueto progresista se hace parte de las élites del poder, un opresor y explotador entre otros. Todo gueto, toda secta, lo es potencialmente o de facto. Claro que al compartir de la vida del pueblo se ha de operar selectivamente, compartiendo lo positivo y no todo, no lo negativo (que es mucho), pero manteniéndose junto a él y con él, estableciendo una relación de afecto y amor.

         El pueblo, con todos sus numerosos y enormes defectos, es el sujeto revolucionario, al conformar la comunidad de los sin poder, de los dominados. Para ello, para poder operar efectivamente como tal sujeto, debe pasar de aculturado a autoculturado, tarea que requerirá todo un tiempo del presente y el futuro. Pero los guetos, las vanguardias, las minorías ilustradas, no son otra cosa que retazos del poder constituido, hoy ingratas caricaturas del despotismo, la codicia, el hedonismo, la intolerancia y la ignorancia. Una lúgubre jungla transitada por los que quieren poder. Y dinero.

        

jueves, 16 de febrero de 2017

APORTACIÓN AL ANÁLISIS ESTRATÉGICO PARA EL PROYECTO DE REVOLUCIÓN INTEGRAL

    “Yo, ciudadano libre de la república de las letras, ni

esclavo de Aristóteles ni aliado de sus enemigos,

 escucharé siempre, con preferencia a toda autoridad privada,

lo que me dictaren la experiencia y la razón”

 Benito Feijoo

“Teatro crítico universal”


             Los acontecimientos recientes, que son la puesta en evidencia de las tensiones, desequilibrios, antagonismos y contradicciones inherentes al sistema que se han ido amontonando en el último medio siglo, hacen relativamente fácil fijar una línea estratégica. Ésta se compone[1] de: 1) análisis de la situación, y, 2) proyecto de tareas. Sé que este texto es dificultoso e incluso arduo, por lo que ruego se estudie y no simplemente se lea. El primer y principal paso para formular una estrategia es comprender la situación, entenderla en su complejidad y contradicciones. De eso se trata ahora. Porque tener una estrategia es tener un proyecto. Y tener un proyecto es poder agrupar en torno a él a quienes se sienten ajenos y enfrentados con el actual orden de dominación.

[1] Se salta por encima del paso previo, la exposición generalista de lo que es el análisis estratégico. Mucho hay publicado sobre esto pero lo más reciente es “Estrategia. Una historia”, Lawrence Freedman. También, los diversos análisis sobre estrategia compilados en “I Encuentro de Reflexión sobre Revolución Integral. Recopilación de Textos”. Pensar estratégicamente es ir a las causas primeras, a lo más fundamental. Es hacer meta-análisis.


sábado, 11 de febrero de 2017

LA INMIGRACIÓN MASIVA Y LA RECONSTRUCCIÓN DEL MEGACAPITALISMO OCCIDENTAL

         El desacuerdo, más ficticio que real, entre el gobierno de EEUU y las grandes compañías  multinacionales yankis por la cuestión de la emigración está aclarado este delicado asunto. El documento, suscrito por 97 grandes empresas USA, aduce que las leyes supuestamente restrictivas del gobierno de Trump les perjudican, por lo que demandan el retorno a la admisión sin restricciones de trabajadores emigrantes. Arguyen que el gobierno les impide obtener mano de obra barata y abundante para seguir alcanzando sus habituales altísimos beneficios empresariales.  Así pues, el gran capital occidental no puede prosperar, y ni siquiera sobrevivir a la competencia mundial, sin la emigración masiva. Ésta es hoy su principal baza estratégica.

         Esas empresas, muchas situadas en Silicon Valley, trabajan principalmente para el aparato militar estadounidense, como demuestra Mariana Mazzucato en “El Estado emprendedor”, de manera que hay una colisión entre los intereses gubernamentales y los militares. O más exactamente, entre la necesidad de mantener a un sector de la población, de origen autóctona, dispuesto a luchar y morir por EEUU en futura guerras, que es lo que le preocupa a Trump, y el deseo de que el ejército sea abastecido a precios relativamente asequibles por la gran empresa privada ultra-tecnologizada.

         La mano de obra barata de los inmigrantes es absolutamente crucial para el capitalismo occidental hoy, no sólo en  EEUU sino también en Alemania, Francia, Holanda, España y en todos los países. Sin aquélla no puede existir, pues sólo así está en condiciones de competir, o de aproximarse a ello, con los países emergentes, China, India, etc. Por eso el atroz e inmoral acto migratorio, el abastecerse de mano de obra por medio de un neo-tráfico de semi-esclavos muy similar al comercio de esclavos del pasado entre África y América, ha sido rodeado de un descomunal aparato discursivo y propagandístico que lo presenta como una apoteosis de lo humanitario, tolerante, abierto, antirracista y fraternal.

         Al mismo tiempo, quienes rechazan la emigración, presentándola como lo que es, el gran recurso para que el capitalismo occidental se reinvente tras su gran crisis y casi copalso de 2008-2014, son linchados sin contemplaciones, con procedimientos de una brutalidad que va a más. Sobre ellos llueven los insultos: racistas, xenófobos, extrema derecha, etc., la censura y la exclusión, con procedimientos específicamente fascistas. La violencia contra los anticapitalistas y, en consecuencia, contrarios a la inmigración, proviene de un bloque unido poderosísimo, en el que milita agrupados la derecha europea, las instituciones de la UE, los Estados, el Vaticano con el clero católico, el poder mediático, la intelectualidad, la gran patronal y la izquierda, que en todas las cuestiones de primera necesidad para el capital está a la vanguardia.

         Pero, ¿qué sucede con la “extrema derecha”? El argumento arteramente utilizado es que se opone a la emigración, y se prepara para perpetrar redadas y abrir campos de concentración, con deportaciones y asesinatos de emigrantes. Basta con leer el programa de dicha “extrema derecha” para comprobar que no es así. Por ejemplo, el Frente Nacional francés está en contra únicamente de la “emigración desregulada”, esto es, de la entrada de muchos más trabajadores extranjeros de los que en cada momento necesite el mercado de trabajo, pero no contra la emigración en sí, que mantiene y bendice. El resto de los populistas de derechas del centro y el norte de Europa tienen la misma posición, como es lógico.  Y lo mismo Trump.

         Las economías occidentales no pueden ni quieren prescindir de la emigración, puesto que en ella se sustenta el modo capitalista de producción hoy en Occidente. Aquélla, con un gobierno u otro, seguirá llegando. Y seguirá, por tanto, arrinconando a los trabajadores autóctonos (y a una fracción, la más acomodada, de los inmigrantes ya nacionalizados), que son los grandes perdedores de esta escalofriante operación exterminacionista, en particular los jóvenes y los jubilados. Para el gran capital occidental y su aliado, el bloque de Estado/Estados, sus intereses están en ir marginando primero y luego eliminando a los pueblos autóctonos, para sustituirlos por los venidos de fuera, que admiten condiciones de trabajo y salarios mucho más bajos. A eso se llama genocidio. Por ejemplo, a pesar de que la cuarta parte de la población sometida al Estado español está por debajo del nivel oficial de pobreza, y que otra cuarta parte vive en condiciones de precariedad, siguen llegando emigrantes, con lo que ello significa de descenso de los salarios, empeoramiento de las condiciones laborales y consunción de las prestaciones sociales. Eso significa que a medio plazo, el 50% de la población autóctona será llevada a una situación límite, de cuasi no-subsistencia, en buena medida por la feroz política de mano de obra de la gran patronal.

         En tales condiciones, delicadas para las instituciones pues pueden llevar a un estallido social, el “anticapitalismo” institucional ha tenido que saltar a la arena para defender la política inmigratoria de la gran patronal. Eso hace el libro  de Miguel Urbán (uno de los jefes de Podemos) y Gonzalo Donaire “Disparen a los refugiados. La construcción de la Europa Fortaleza”, redactado al dictado de la oligarquía financiera alemana y de su jefa Ángela Merkel. La obra se reduce a reproducir sus argumentos con un lenguaje de izquierdas, todo para que la gente pobre europea se resigne y se deje extinguir sin poner demasiadas dificultades.

         La obra es embustera, demagógica e inmoral, pues nadie en absoluto en Europa hoy ha propuesto disparar contra los refugiados, y mucho menos lo ha efectuado. Así pues, ese título es sólo un recurso retórico para mover a las gentes de buen corazón a favor de hecho migratorio, de la llegada masiva de la neo-mano de obra que el capital alemán y europeo en general necesitan, con el fin de realizar la sustitución étnica de la existente. Urbán y Donaire han cumplido su función con eficacia y están siendo multipremiados por ello mientras la pobreza y la desesperación  se extienden por Europa.  La juventud, hay que volver a decirlo, es la principal perjudicada.

domingo, 5 de febrero de 2017

POSTVERDAD, LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y LIBERTAD DE CONCIENCIA

          La monumental reyerta entre progresistas y populistas que está teniendo lugar en todo los países occidentales ha derivado en la cuestión de la postverdad. Los primeros, más agresivos, acusan a sus adversarios de faltar a la verdad por método y preparan un perfeccionamiento y ampliación substancial del régimen de censura vigente que, sobre todo, se aplicará a internet. Más allá de la bronca entre las dos alas del sistema de dominación sucede que el poder ha perdido, en bastante medida, el control de la Red. Esto les tiene fuera de sí.

         El bando progresista domina casi completamente los medios propagandísticos, televisión, prensa, cine, industria del ocio y universidad, lo que le otorga un poder colosal y unos beneficios económicos astronómicos. Pero su obrar está siendo tan desvergonzado y brutal, tan chulesco según su estilo, manipulando y mintiendo tan sin rubor, que la credibilidad de lo que ofrecen está en franca regresión. Las gentes cada vez menos acuden a los medios de comunicación/adoctrinamiento, que aparecen como un pomposo aparato de propaganda y control de las mentes, y cada vez más escudriñan y rebuscan en internet las elaboraciones de gentes anónimas.

         El progresismo es ahora el enemigo y el verdugo principal de la libertad de expresión, por delante del populismo. Son sus adeptos quienes sobre todo están preparando un reforzado sistema de censura para internet. Esto significa no sólo que desean poner en marcha los procedimientos adecuados para logarlo sino que van a ir estableciendo en cada cuestión concreta qué es verdad y qué no lo es, qué debe creer la gente de la calle y qué no. Y además va a excluir y marginar, y también perseguir, a quienes no piensen como ellos: la policía del pensamiento está, por tanto, en fase de enérgica reorganización y acrecentamiento.

         El progresismo, para empezar, se sustenta en una inmensa mentira, la teoría del progreso. Desde ella ha ido elaborando todo un jactancioso entramado de errores provechosos, medias verdades, ocultaciones de porciones decisivas de la realidad, narraciones manipulativas, desdén por la noción misma de verdad, mofa de la categoría de libertad, trituración de los adversarios, mil y una formas de censura, exclusión y persecución de quienes tienen otras ideas. En los últimos años ha constituido las religiones políticas, o sistema de lo políticamente correcto, como cuerpo de creencias obligatorias desde el cual se practica el linchamiento de disidentes, los sacrílegos e incrédulos de este siglo, por negarse a comulgar con dichas religiones.

         Hoy la verdad es una noción en quiebra, no existe libertad de expresión (salvo de manera marginal) y no se respeta ni aprecia ni salvaguarda la libertad de conciencia. Los progresistas tildan a los populistas de ser la “extrema derecha” pero hacen suyo lo que constituye el meollo de la extrema derecha, la negación de la libertad de expresión y la libertad de conciencia. Esto muestra que el progresismo y sus derivaciones son ya la principal expresión de extremismo totalitario, de radicalismo carca y retrógrado. Ellos son el fascismo, un fascismo de nuevo tipo, progresista. Para tapar esto intimidan y atormenta a sus oponentes con la etiqueta de “fascistas”, que es el primero de la retahíla de los sambenitos con que niegan la libertad de expresión[1].

         No hay postverdad. Existe, para decirlo de una manera simplificada, la verdad y sus opuestos, el error y la mentira. La verdad posee, en su existencia efectiva aunque no en las entelequias de los filósofos triviales, unos componentes que la determinan. Son la finitud delimitadora, la impureza inerradicable, la mutabilidad reiterada, la dependencia de lo concreto, la subordinación a la experiencia, el antagonismo con lo teórico o doctrinal y su dependencia del esfuerzo permanente. Eso convierte a la Verdad entendida al modo metafísico, que no existe, en la verdad dada en la experiencia, que sí existe. Al rebajarla y disminuirla la fortalece y robustece, haciéndola netamente diferenciable en cada escenario singular del error y la mentira. Frente al relativismo y al pragmatismo la verdad continúa siendo la coincidencia entre lo pensado y la cosa, algo que está ahí favorezca o perjudique, sea útil o aparentemente inútil. Y sigue siendo muy difícilmente compatible con la propaganda, que es la actividad número uno del progresismo.

         La verdad es una categoría esencialmente prepolítica y antipolítica. Surge de la experiencia, se prueba en la experiencia y se desarrolla desde la experiencia, de manera que no puede depender o estar en relación con el poder. La política tiene que circunscribirse al ámbito de lo que le es propio, el gobierno de la sociedad, sin inmiscuirse en la determinación de qué es verdadero y que no. Máxime en los sistemas políticos con ente estatal, en donde la razón de Estado, en tanto que utilidad para los poderhabientes, rebaja la verdad a la imposición discursiva de sus intereses. En ellos lo institucional es la mentira mientras que la verdad busca refugio en la resistencia al Estado, en la acción revolucionaria.

         En el quehacer político, las normas para el gobierno de la sociedad y para la elaboración de las leyes han de determinarse conforme al principio de las mayorías. No porque lo que crea, diga o sostenga la mayoría sea siempre la verdad, que a menudo no lo es, sino porque es el único procedimiento para evitar la tiranía: gobierna la mayoría y eso es la libertad política, tenga o no razón dicha mayoría. En bastantes casos es la minoría la que está acertada, la capaz de aprehender, difundir y aplicar la verdad, pero eso no le proporciona el derecho a gobernar. Tiene que lograr que sus verdades se hagan mayoritarias para que influyan en la vida política con disposiciones y legislación de ellas emanadas. Por eso la minoría necesita ser respetada y que sea igualmente respetado el principio de la libertad de expresión. Hoy no es así. Existe la ruidosa trifulca en curso entre progresismo y populismo en la que ambos comparten el 99% de sus ideas pero a las gentes de pensamiento ecuánime e intención revolucionaria se nos condena a la semi-clandestinidad. Y en el futuro será mucho peor.

         Así pues, la relación entre libertad política y verdad es bastante intrincada, al tener un crecido grado de complejidad. Esto resulta excelente pues nos obliga a mejorarnos intelectualmente, a afinar nuestra inteligencia.

         La libertad de expresión es libertad para todo y para todos, para lo equivocado tanto como para lo acertado, para el error igual que para la verdad, para la mentira lo mismo que para la evidencia. La palabra no delinque en ningún caso, pero sí lo hace quien introduce la censura, cuya enormidad está no sólo en los procedimientos para cercenar la libertad del otro sino más aún en convertir “mi” verdad (y ni siquiera, sólo lo que es útil “para mi”) en la creencia obligatoria para los otros. Todo aparato censor es productor de “verdades” que se imponen, lo que equivale a prohibir a los otros utilizar la inteligencia. Esto significa privarles del atributo humano más decisivo, deshumanizándoles.

         La censura, empero, es un tosco e ineficiente modo de operar. La defensa de la libertad de expresión sin restricciones no significa conciliar en lo más mínimo con el error y la mentira sino comprometerse a luchar contra el uno y la otra con argumentos y demostraciones en vez de con imposiciones y prohibiciones. A la larga es incomparablemente más eficaz permitir que el error se exprese libremente y combatirlo con la verdad que prohibirlo. El bien y la verdad no pueden imponerse, únicamente aceptarse y escogerse en condiciones de libertad suficiente, lo que significa que tiene que haber asimismo libertad para sus contrarios. La coacción, legal o popular, no puede utilizarse para realizar el triunfo de la verdad, aunque tal vez sí para otorgarle las mismas oportunidades que al par error-mentira, pues en tales condiciones su victoria es segura, aunque finita. En general, el mal se impone por compulsión y todo lo que se impone coercitivamente es el mal, mientras que el bien se elige con el uso del libre albedrío, que es una combinación de experiencia, pensamiento, planeamiento y elección, una categoría hiper-compleja y por eso mismo magnífica para construirnos como personas.

         El uso de la censura denota inseguridad y debilidad, es una prueba de impotencia argumentativa. Quienes se sienten seguros de la valía de sus formulaciones no necesitan prohibir pues se saben vencedores en buena lid, en debates libres y decentes, donde todas las partes tengan la misma capacidad para expresarse y decir[2]. La idea revolucionaria en esto es hacer que la verdad triunfe a través de un perfeccionamiento constante de sí misma tanto como de una mejora permanente de quienes con ella se comprometen y a ella sirven. Considerando además que dos de sus atributos ingénitos son la imperfección y la finitud no hay que apurarse porque el error y la mentira existan pues siempre estarán ahí, dado que sobre ellos sólo es posible alcanzar victorias parciales pero no su completa y definitiva erradicación. Es así porque no sólo existen fuera, en lo otro en el otro y en los otros, sino dentro, en el yo…

         De todo ello se concluye la centralidad de la libertad de conciencia. Ser libre para constituir el propio mundo interior, las creencias, convicciones, emociones, pulsiones y pasiones que conforman a la persona, es la forma básica y al mismo tiempo decisiva de libertad. Si no existe padecemos un orden carente de respeto por el ser humano, y en ese caso falta la libertad política, la libertad civil y la libertad de acción. Cuando se adoctrina al individuo, como con tanta contumacia hace el progresismo, se le violenta psíquicamente, se le degrada desde su condición natural de sujeto, o persona, a criatura incapaz de pensar por sí misma, que debe recibir los contenidos de su mundo psíquico desde fuera, desde otros, que piensan por él y en lugar de él.

         La libertad para expresarse únicamente puede tener limitaciones epistemológicas y morales, no legales, ni policiales ni judiciales. Se necesita asimismo un tipo de sujeto con la calidad suficiente para exigirse a sí mismo un esfuerzo permanente por la verdad, con el fin de que ésta sea investigada y pensada antes de ser expuesta.

         Verdad y libertad son dos valores cardinales. Es verdad que la libertad resulta ser decisiva y la libertad es la precondición de la verdad. El vigente orden de dictadura política y económica va contra ambas. La revolución tiene como una de sus metas el constituir una sociedad de la libertad en la que la verdad se realice a través del ejercicio inquebrantable del esfuerzo reflexivo y la controversia honrada, en donde todas las partes tengan la misma capacidad real para explicarse y llegar a la opinión pública, es decir, posean igual libertad de expresión. Para ello lo primero es poner fin a la razón de Estado, que es el enemigo número uno de la verdad y la fuerza primera que milita contra la libertad. La razón de Estado se acabará cuando se acabe quien la crea, el ente estatal y su principal derivación, la propiedad concentrada en pocas manos.

         La postverdad es la martingala que ha ingeniado el totalitarismo progresista, que hoy es la principal y superior expresión política e ideológica del capitalismo, para continuar imponiendo sus “verdades” en un momento en que la realidad las refuta, las multitudes las dan la espalda e incluso una parte de las élites del poder las tienen por inservibles y hasta contraproducentes. No pasará. No pasarán.


[1] Cambian los calificativos pero se mantiene el procedimiento. Con la inquisición los sambenitos fueron “hereje”, “marrano”, “cismático”, “luterano”, etc. Con Franco se mutaron a “rojo”, “masón”, “comunista”, “antiespañol”, etc. Hoy el progresismo nos intimida y agrede con “machista”, “racista”, “homófobo”, “islamófobo”, “fascista”, etc. En todos los casos se da una endeblez de la parte argumental pues la violencia verbal es consecuencia y causa de la incapacidad para persuadir. Al ser una ideología del odio y la coacción, el progresismo y sus concreciones no alcanzan a utilizar como es debido la inteligencia. De ahí que sus adeptos sufran un proceso de empequeñecimiento mental bien visible con el paso de los años.
[2] En las artificiosas controversias entre quienes tienen el común el 99% del argumentario puede haber libertad igual para todos pero ésta desaparece en el trato con quienes nos situamos fuera del sistema. Por eso el poder decide, por ejemplo, quien sale en televisión, quien lo hace a todas horas y quien no aparece jamás. Y eso ahora, cuando nuestra presencia es pequeña. Cuando crezca la solución se llamará 1936. Porque Estado y libertad son incompatibles.

sábado, 28 de enero de 2017

FASCISMO Y EXTREMA DERECHA HOY EN EUROPA (y III)

¿Qué sucede con los neo-nazis y otros fascistas al estilo antiguo, herencia de los de hace casi un siglo? Lo cierto es que están siendo desplazados por los musulmanes, que son la nueva fuente de alistamiento para los servicios secretos europeos, para la red Gladio por ejemplo, en particular desde que tales servicios tuvieron que ayudar al Estado Islámico a reclutar carne de cañón en Europa para la guerra de Siria, en 2011-2015. Los neo-nazis de cruz gamada, o de yugo y flechas, son un apéndice de los servicios secretos, por tanto del Estado y el gobierno. La dirección de sus organizaciones está copada por policías y confidentes[1], de manera que todo lo importante en ellos, desde su estética a su línea argumental, es conforme a las órdenes recibidas.

En los países europeos son ahora una fuerza insignificante y sin futuro más allá de hacer de cuando en cuando de partidas de la porra, salvo en Grecia, donde Amanecer Dorado tiene una cierta base social. Hay que entender el lugar que ocupa este partido en la estrategia para controlar y dominar al pueblo griego, pues mientras Syriza se ocupa de la acción gubernamental los neo-nazis cooperan con la izquierda “manteniendo el orden” en la calle. Aquella formación es la excepción que confirma la regla. No es apropiado, por reduccionista, identificar fascismo con violencia, pues aunque ésta es parte fundamental de aquél, lo definitorio está en la categoría de “revolución fascista”, en el proyecto político dirigido a transformar el orden político conforme al ideario mussoliniano. Hoy no hay ninguna organización que se proponga seria y creíblemente tal meta, quedado la extrema derecha fascista como elemento residual entregado al uso esporádico de una violencia de baja intensidad.

El principal servicio que los nazis y neo-nazis han hecho al orden vigente en los últimos dos decenios es de tipo propagandístico. Se les impone decir y hacer aquello que más interesa al poder constituido, en operaciones de contrainformación de enorme calado en algunos casos. Como se sabe que la inmensa mayoría de la población está a la contra del fascismo se impone a éste, desde el poder estatal y gubernamental, determinadas líneas argumentales para que el publico reaccione contra ellas, situándose donde dicho poder quiere que esté. Por ejemplo, se les hace estar verbalmente “rechazar” la emigración, a pesar de que Hitler acarreó a Alemania unos 7 millones de emigrantes para mantener activa la economía alemana, abastecer al ejército y poder continuar la guerra. De ese modo, rechazar hoy el hecho aciago de la emigración es presentado como “nazi”, como “fascista”, por la retórica institucional y por el activismo callejero financiado desde las instituciones. En todo ello la verdad queda ninguneada y el sujeto medio, abastecido de ideas por medios de comunicación uniformemente (totalitariamente) progresistas, burdamente manipulado. La verdad desnuda es que en el asunto de la emigración, el actual régimen alemán, “democrático”, está haciendo lo mismo que los nazis, inundar el país de trabajadores extranjeros.

Pero donde los neo-nazis han tenido que emplearse a fondo, siguiendo las órdenes de sus jefes y financiadores, pertenecientes a la policía y los servicios secretos, es en la cuestión del islam. El proyecto estratégico de islamización de Europa en el siglo XXI choca con un obstáculo enorme, que Hitler y buena parte de los jefes nazis eran entusiastas del islam, que muchos nazis se convirtieron a la religión musulmana y que aquél deseaba islamizar Europa una vez ganase la guerra. Para ocultar esto se ha ido poniendo en marcha una compleja y variada batería de medidas y disposiciones. Se eliminan las referencias favorables del Führer al islam así como sus planes para la postguerra de varias ediciones de sus obras, aunque no han podido borrarlas de todas, ni tampoco suprimir los testimonios de algún alto funcionario del Estado nacional-socialista que conocía tales proyectos.

Pero, sobre todo, se prohíbe hablar de este asunto, de manera que nadie se atreve a llevar a los medios de comunicación tal cuestión, a pesar de estar perfectamente documentada. Incluso se suele ocultar que en el ejército del partido nazi, las Waffen SS, hubo tres divisiones formadas por musulmanes, atendidas espiritualmente por sus ulemas, las cuales combatieron a los partisanos comunistas del este europeo con un derroche de encarnizamiento. Ello es comprensible, dado que Heinrich Himmler, jefe de las SS y máximo verdugo del III Reich, era un lector apasionado del Corán. Esta camaradería combatiente entre nazis y musulmanes ya se había dado en la guerra civil española, 1936-1939, entre la Legión Cóndor y las tropas islámicas de Franco, que formaron el tándem resolutivo fundamental que derrotó a la Segunda República española en los campos de batalla.

Para remachar el clavo, la versión institucional tilda de “odio racista” al supuestamente sentido por los actuales neo-nazis prefabricados hacia los emigrantes musulmanes, ocultando que en el año 1942 los teóricos raciales del nacional-socialismo declararon que “la raza árabe” era asimismo “raza superior” equiparable a la “raza aria”. Así pues, un nazi de convicciones, un seguidor consciente de Adolfo Hitler, no puede despreciar racialmente a los árabes, más bien al contrario. Pero como esto no interesaba que se supiera se concibió una pseudo-versión según la cual el “racismo”, sólo o en compañía de la “xenofobia”, tiene que ser el elemento ideológico motor de la resistencia a la emigración. Para ello, quienes manejan en la sombra a los neo-nazis actuales les convierten en racistas anti-árabes en sus proclamas y panfletos, a fin de provocar la reacción deseada en la opinión pública europea, intencionadamente hecha hiper-sensible a la cuestión del racismo, no así a la de, por ejemplo, el capitalismo.

De ese modo, los servicios secretos han ido creando un movimiento neo-nazi tan peculiar que en la cuestión de la religión musulmana mantiene formulaciones diametralmente opuestas a las de Hitler: donde éste manifiesta admiración aquél expresa “odio”, por supuesto un odio prefabricado. Lo cierto es que nadie puede llamarse nazi con coherencia y ser “islamófobo”, del mismo modo que nadie puede declarase cristiano y ser hostil a los apóstoles que acompañaron a Cristo.

Algo muy similar, la manipulación de la verdad histórica para que sea útil a la política actual, se hizo con la guerra civil española. Había que ocultar que La Falange era apasionada del islam, sobre todo su sector más nacional-socialista, el proveniente de las JONS de Ramiro Ledesma Ramos, y que Franco también lo era, y Mussolini. Había que velar el hecho más concluyente, que sin la masiva recluta (100.000 combatientes) de musulmanes para servir en el ejército de Franco, que se llevó a efecto contando con la aprobación del clero islámico marroquí y valiéndose de su colaboración, aquél habría sido derrotado a los pocos meses de iniciar la guerra. En la cuestión de al-Andalus todos los fascistas (de derecha y de izquierdas) y los progresistas islamófilos repiten los argumentos exaltadores del pseudo-historiador Ignacio Olagüe, afín a las JONS, es decir, nazi. Los libros de Olagüe, mera chatarra historiográfica sin valor cognoscitivo, universalmente repudiados por los historiadores, han sido reeditados por la izquierda. Es esta una de las ocasiones en que más nítida parece la identidad esencial de todos los fascismo, el nazi y el de la izquierda.

Sobre esto hay un libro excelente, editado hace muchos años, “El colonialismo español en Marruecos”, Miguel Martín, 1973, que narra una buena parte de tales asuntos con veracidad, y que ha sido refrendado por varios estudios posteriores. Martín posee una credibilidad política impecable, pues fue un antifranquista que publicó su obra en el exilio, en Francia, en la editorial de la resistencia al franquismo, Ruedo Ibérico. Pero en vano. Su obra ha sido ninguneada universalmente. Incluso cuando se cita en la bibliografía de algún libro no se recoge lo que prueba documentalmente, que el clero islámico norteafricano se alió con Franco y la Falange sobre la base de decisivas coincidencias doctrinales. Esto ha sido borrado de la memoria de todos. Nadie se atreve a desafiar la prohibición de exponer la verdad en esta materia.

La pregunta es ¿por qué? Pues para poder ganar la batalla de la propaganda y la desinformación previa a la instauración en Europa de un régimen de dictadura fascista-musulmana en el presente siglo, un régimen como el de Arabia, Irán, Turquía o, en el “mejor” de los casos, Argelia o Marruecos, lo que equivale para el caso de España, a volver al franquismo, al fascismo castizo y español, aunque esta vez con otra religión de Estado. Si el islam aparece históricamente como lo que fue, un aliado y amigo del nazi-fascismo, la operación queda al descubierto, resultando gravemente dañada, pero si se crea un movimiento “neo-nazi” tan peculiar que es “islamófobo” se capitaliza el muy extendido sentimiento antifascista europeo en beneficio del islam, con lo que la vía hacia la fascistización de Europa queda expedita. Así debe ser, pues ésa es una necesidad cardinal para el gran capitalismo europeo en un momento tan difícil como éste, a fin de manejar a las masas con eficacia y, también, para preparar el choque global con China, el rival imperialista por antonomasia.

La estrategia de la desinformación y la manipulación se atreve a todo, como demuestra el caso de A. Brievik, el noruego que asesinó a 77 personas en julio de 2011, supuestamente para protestar contra la islamización de Europa, lo que “demuestra” según la prensa progresista que la extrema derecha y el nazismo son visceralmente anti-islámicos, y que quienes se oponen a la islamización son asesinos y terroristas fascistas. El estudio de los hechos lleva a otras conclusiones. Brievik es un enfermo mental sin convicciones políticas estables que, probablemente, cometió aquella matanza instigado desde la sombra por alguno de los muchos servicios policiales o de la inteligencia militar que manejan estos asuntos. Hay un documento en el que, pretendidamente, explica por qué lo hizo y un avispado periodista, al examinarlo, concluyó que había sido escrito por al menos dos personas, lo que hace de él la obra de un equipo, ¿formado por quien y al servicio de quien? Así las cosas, y teniendo en cuenta las muchas incoherencias y contradicciones del caso, “alguien” en las alturas dio la orden de dar carpetazo al asunto que quedó olvidado. Pero la opinión pública europea recibió el mensaje: manifestarse crítico o simplemente distanciado con el islam y ejercer en este asunto el derecho a la libertad de expresión es ser un criminal nazi como Brievik… a pesar de que éste, en algún texto, se diga admirador de Churchill, el estadista inglés que fue adversario indesmayable del nazismo.

Más allá de conspiraciones y trapisondas lo indudable es que el análisis imparcial de los regímenes políticos que el fascismo y el islam preconizan e imponen concluye que son muy parecidos, realidad indudable que empujó a Franco en brazos del clero islámico, y viceversa, y que llevó a Hitler a ser un islamófilo. No son escasos los estudiosos de teoría política que señalan que “el islam es incompatible con la democracia”, aunque teniendo cuidado de que tal verdad, evidente, no trascienda. Ese juicio no se hace respecto del budismo, o del hinduismo, o de otras religiones pero sí del islam. Por tanto, cuando se observa la enorme cantidad de medidas y disposiciones para instaurar la religión musulmana en Europa, y cuando se conoce que en un solo año, 2016, Alemania ha incorporado a más de un millón de musulmanes, se siente mucha inquietud por el futuro de la libertad en el viejo continente.

Con todo, ahora mismo se detecta un momento de confusión y vacilación en las posiciones de las minorías mandantes europeas en relación con el islam. Ya no hay una voluntad tan decidida como hace unos años de realizar la completa islamización. Por un lado está la firme y creciente resistencia de los pueblos europeos, que puede elevarse a un alzamiento masivo e incluso a una guerra civil si la clase patronal, la izquierda caviar y el aparato estatal continúan con esa política, lo que daría al traste con las posibilidades del imperialismo europeo para ser alguien en el mundo. Por otra parte, el clero islámico ha demostrado en los hechos tener mucha menos influencia de lo que parecía, de manera que ha perdido bastantes puntos en la valoración que de él tienen los poderosos de Europa.

En efecto, en los países musulmanes crece un movimiento de rechazo y descontento hacia dicho clero, potente en Arabia pero también fuerte en Irán, donde una parte significativa de la juventud está rompiendo con la dictadura de los ayatolás e incluso pasándose al ateísmo. Esto empuja a los teofascistas iraníes, tracistas del concepto “revolución islámica” (que antes no existía en el islam y que es una concreción de la mussoliniana “revolución fascista”, o de la falangista “revolución nacional-sindicalista”, de la nazi “revolución nacional-socialista”), hacia una crisis colosal de su sistema político, ferozmente liberticida y antipopular. En Turquía la reacción de la base de la sociedad al fascismo de Erdogan, apoyado bajo cuerda por Alemania, puede ser muy virulenta y desembocar en una revolución popular a medio plazo.

¿Se opondrá a la islamización desde arriba la nueva derecha populista europea, que la prensa y las televisiones califican obsesivamente de “islamófoba”? No, no lo hará más que con medidas cosméticas y simbólicas. Trump tampoco irá más allá.  El motivo es que las clases mandantes de Europa necesitan fascistizar, y para ello el islam es hoy el procedimiento mejor y más rápido. Eso es en gran medida así porque la izquierda está entregada a la tarea de implantar un sistema de tiranía total, lo que es coherente con su naturaleza concreta, pues sueña con un hiper-capitalismo en el que la libertad se extinga. Ya que no puede reproducir aquí el régimen de Corea del Norte fantasea con copiar el de Arabia o Irán, rotunda y explícitamente capitalista, o el de Erdogan, con el que estableció lazos de intimidad en tiempos de Zapatero, cuando el sainete (en el que hubo tantísimo dinero para sus figurantes) de “la alianza de civilizaciones”. Ahora, subordinándose al islam reputa que puede obtener lo único que desean sus jefes y jefas, más poder y más dinero pero, en realidad, se está adentrando en un terreno de lo más espinoso e impredecible, de manera que su futuro, ya bastante oscuro por muchas causas, va a quedar aún más gravemente comprometido.

Los nuevos partidos populistas no pueden resolver una contradicción cardinal, declararse en contra de la imposición autoritaria del credo musulmán al mismo tiempo que dependen de las fuerzas básicas que desean realizarla, las clases altas europeas, los ricos y poderosos del viejo continente. Por eso quienes están dentro del sistema no se opondrán, salvo que lo demande un cambio estratégico de aquéllas. Muy diferente es el enfoque revolucionario, que repudia la marcha hacia el fascismo porque lo rechaza en todas sus variantes y, al mismo tiempo, a las fuerzas clasistas y oligárquicas que lo promueven.

La revolución integral popular no sólo es antifascista sino que se propone liquidar el capitalismo y finiquitar el Estado, los dos generadores de todas las formas de fascismo, ayer y hoy. Una de sus metas es establecer un orden con libertad de conciencia, lo que supone libertad de cultos y libertad para tener la religión que se desee, incluido el islam, o no tener ninguna, sin imposiciones ni prohibiciones. Es legítimo lo que surge del interior de la persona, lo que proviene de un ejercicio libre e informado de la voluntad individual, pero no lo es aquello que resulta del despotismo, del aleccionamiento, de la coacción, de la falta de respeto por los otros, de la intolerancia y la violencia. Ninguna religión puede imponerse, el islam tampoco, como ninguna religión puede perseguirse, tampoco el islam. Al mismo tiempo, los actos liberticidas, seculares o religiosos, tienen que tener una poderosa y severa respuesta popular.

La libertad de expresión, de la que es parte sustantiva la libertad de crítica, la libertad para diferir y disentir, es un derecho natural de cada ser humano. Las Constituciones liberales lo reconocen, en la forma de derecho formal, esto es, huero y hueco para la gente común. Pero, aún así, está recogido y afirmado positivamente. Pero ahora la libertad de disentir del islam ya apenas existe en Occidente. Son cada vez más numerosas las personas que por manifestarse contrarias o simplemente ajenas son encausadas, multadas, detenidas y también encarceladas, y eso en varios países de la Unión Europea. Hay listas de conculcaciones policiales y judiciales de la libertad de expresión en esta materia cuya lectura conmueve. Esto equivale a imponer uno de los principios de la “sharía”, o ley coránica, que es el cuerpo jurídico del Estado islámico fascista, a saber, que todo lo relacionado con dicha religión es intocable, de manera que el disentir, por poco que sea, es incurrir en “blasfemia”.

La negación jurídico-legal de los derechos naturales de la persona para favorecer a la religión musulmana es una prueba (hay otras muchas) de que el Estado/Estados en Europa está islamizándose, ya que da un trato de favor a esa religión, lo que se dirige a una meta obvia, convertir al islam a la población, acallando la disidencia y la pluralidad por medio de la represión. El europeo medio no lo sabe -por el momento- pero lo cierto es que aquél es ya religión de Estado en la UE y que vivimos bajo la dictadura político-religiosa de la ley islámica, aunque por el momento aplicada parcialmente. Y cada vez más. En lo tocante a la libertad de expresión lo apropiado es que nadie debe ser favorecido ni nadie ha de ser reprimido. Todos deben tener libertad para ejercer ese derecho conforme a como les dicte su conciencia, de manera que ha de haber la misma libertad de difundir el islam (libertad que debe ser defendida contra quienes lo nieguen, aunque hoy en la UE nadie con alguna significación propugna esto) que de rechazarlo. Pero no es así: para lo primero la libertad es total, para lo segundo apenas existe. La pregunta es, ¿por qué?

Todo ello significa que la retórica de las Constituciones europeas está siendo subvertida. Ya no hay libertad ni igualdad de los individuos, ni existe una misma ley para todos, ni se garantiza la libertad religiosa, ni hay libertad de expresión, ni tampoco es real la protección judicial de los derechos y libertades. En suma, el Estado de derecho y el gobierno conforme a la ley se están desvaneciendo. Que todo ello esté siendo conculcado con impunidad muestra que vivimos una etapa de transición del parlamentarismo al fascismo, en concreto al fascismo religioso. Y esto está sucediendo en Europa ahora. No puede ponerse en duda que la persecución legal, policial y judicial, de la “islamofobia” es instaurar una forma de inquisición religiosa que premia a un determinado credo y castiga a quienes discrepan de él, o meramente no se adhieren a él. La pregunta, de nuevo, es ¿por qué?, y, ¿qué finalidad tiene todo ello?, y, ¿adónde nos lleva?

Otra interrogación más es por qué no hay libertad para debatir en público, en un ambiente sereno y respetuoso con todas las partes, la relación entre el islam y el nazismo, y entre el islam y el franquismo. Esta cuestión no puede seguir siendo ocultada. Si se dice que estamos en una “sociedad libre” donde todo asunto encuentra su oportunidad para ser públicamente examinado y estas materias, que preocupan mucho a los europeos, tienen que ser puestas sobre la mesa, en la prensa, en las televisiones, en la Red, en los libros, en las calles, en todas partes. Pero no, es imposible, al menos por ahora. El afán de manipular y aleccionar prevalece sobre el principio de la libre controversia y la deliberación sin trabas.

El desasosiego que crea el conjeturar que la UE puede terminar con un sistema legal como el de Arabia bajo la familia Saud es enorme. Dramático es el futuro de los ateos y agnósticos, el 20-25% de la población de Europa, para los cuales la islamización equivale a una condena a muerte. No mejor les irá a los homosexuales. Y, desde luego, los etiquetados de “islamófobos” por el aparato inquisitorial ya en activo lo tendrán todavía peor. Pero las perdedoras netas en esta mutación histórica serán las mujeres europeas.

El proceso de fascistización con imposición del islam a los pueblos de Europa es la realización del proyecto estratégico de Adolfo Hitler en las condiciones actuales. Sólo se diferencia en que el Führer quería primero fascistizar y luego islamizar, de manera que lo segundo fuera la culminación de lo primero, su broche de oro, mientras que hoy lo que se está haciendo es un avance paralelo de la fascistización y la islamización. Y todo está aconteciendo de acuerdo a un plan o proyecto bien elaborado, de una complejidad enorme, que tiene en cuenta numerosos aspectos y elementos. ¿Existe un centro director, con poder para realizar esta difícil y delicada tarea? Todo indica que sí. Por lo que podemos deducir desde los hechos su cabeza está, esta vez también, en Alemania (aunque otros datos parecen situarla en Inglaterra…) teniendo en cada país de la UE una sucursal. Tal equipo de trabajo, o comité dirigente, se puso bastante al descubierto al reclutar a musulmanes europeos para el Estado Islámico de Irak y Siria, miles de personas que fueron enviadas a combatir en la guerra de Siria conforme a los intereses estratégicos de los EUA, Inglaterra, Alemania y Francia. En ese equipo o comité de dirección, muy probablemente, trabajen estrechamente unidos altos funcionarios de diversos ministerios, economistas ligados al Banco Central Europeo (por tanto, al euro), historiadores, juristas, representantes de la gran patronal, jefes de la izquierda y militares. La dirección, de eso no hay duda, está en manos de los militares. Porque el ejército, los ejércitos, han sido siempre, y siempre serán, el partido fascista por excelencia. Como se manifestó en 1936. Fin



[1] Esto quedó en evidencia en el caso del NPD alemán, una formación neo-nazi con unos 6.000 afiliados, que al ser investigada por el poder judicial se comprobó que una buena parte de su dirección estaba formada por “personal infiltrado de los servicios de inteligencia alemana”. Esa es la norma en todos los casos.