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lunes, 5 de diciembre de 2016

6 de Diciembre de 2016 CONSTITUCIÓN, DICTADURA Y REVOLUCIÓN (Parte Segunda)

         La categoría decisiva es la de soberanía popular.

Significa que tiene que ser el pueblo quien gobierne, quien tome todas las decisiones. El pueblo es soberano sólo cuando se autogobierna. La Constitución de 1978, con el tortuoso e hipócrita lenguaje que la caracteriza, establece en su artículo 1 que son “los poderes del Estado” quienes detentan realmente el poder, los cuales pretendidamente “emanan” del pueblo.

Tal trabalenguas viene a significar que los poderes del Estado bajo el franquismo, que eran exactamente los mismos que los hoy existentes, también “emanan” del pueblo. Eso que entonces no era en absoluto cierto, pues el franquismo fue el Estado insurreccionado criminalmente contra el pueblo/pueblos, no lo es tampoco hoy, cuando se mantiene la división ente estatal/pueblo, siendo el Estado el mismo de entonces y el pueblo la gran masa gobernada, igual que entonces, igual en todo menos en las formas y las fórmulas.

La soberanía hoy no reside en el pueblo sino en el Estado: esa es la gran verdad. El Estado es un formidable poder organizado que, valiéndose de la fuerza armada (estructurada en el ejército y las muchas policías), impone su soberanía, esto es, su poder de mandar, de obligar y prohibir al pueblo, masa no-libre, muchedumbre neo-esclava.

Por tanto, lo que existe es la soberanía estatal, no la soberanía popular.

Manda el Estado, no el pueblo, y esa verdad irrebatible se enmascara con la patochada de la “emanación”, formulación mística e irracionalista, pues nadie sabe explicar cómo y por qué la soberanía estatal “emana” desde sí la soberanía popular…

Más allá de la jerga embustera del texto constitucional lo cierto es que el actual orden se divide en una muy ínfima minoría mandante y una colosal masa mandada que vive sin libertad, entregada a todos los abusos y atropellos. Sin libertad política, forzada a soportar el engaño, la corrupción y el despotismo del parlamento y los partidos políticos de izquierda y derecha. Sin libertad civil y, sobre todo, sin libertad de conciencia, pues el adoctrinamiento permanente desde la cuna a la tumba es el otro pilar decisivo, junto con el poder coercitivo militar-policial del vigente sistema.

Estamos  ante una dictadura, sólo diferente en la forma a la franquista. Ésta fue fascista y la actual parlamentarista. En aquélla había un partido único de tendencias y hoy existe un partido único de partidos…

La lucha por la libertad es la gran tarea de nuestra época. Se realiza en la pugna del pueblo/pueblos contra el Estado, contra las instituciones con poder, desde los ministerios al sistema educativo pasando por el ejército, las policías, el sistema fiscal, los partidos políticos, el régimen autonómico, el poder mediático, el parlamento, el gobierno y la burocracia municipal. Todo ello forma una rugiente tropa de parásitos, déspotas, arrogantes y depravados. Todo lo que es poder del Estado es opresión y dictadura, maldad y tiranía, expolio y robo fiscal, tanto que el ente estatal se apropia ya de más del 50% de la riqueza del país: vivimos para alimentar al monstruo, cada dia más voraz, robusto y amenazante a nuestra costa.

La Constitución de 1978 es tan desvergonzada que en su art. 8 establece que es función del ejército “garantizar la soberanía” del pueblo, lo que convierte al actual sistema en una forma apenas velada de dictadura militar. Así es, pues todo régimen parlamentarista, éste y cualquier otro, en esencia es una autocracia castrense. Así ha sido desde la Constitución de 1812, obra en lo esencial del ejército, hasta la actual, sin olvidar la Constitución de la II república, 1931, que formaba parte de un régimen militar-policial sanguinario, responsable de un número enorme de detenciones, torturas y matanzas, efectuadas bajo la bandera tricolor.

Mientras el poder efectivo sea ejercido por el aparto militar, en particular por su manifestación básica, el ejército, no puede haber libertad para el pueblo, no puede haber democracia. La democracia exige una sociedad sin ente estatal, aparato militar ni cuerpos represivos, sin sistema fiscal ni partidos políticos estatizados ni poder mediático aleccionador. Una sociedad libre se fundamenta, además, en la participación directa y no delegada de todas y todos los adultos en la toma de decisiones, por medio de un régimen de asambleas populares en red, único modo de disolver la actual división entre mandantes y mandados, opresores y oprimidos, explotadores y explotados.

¿Quizá “otra Constitución” sería aceptable?, ¿es plausible la propuesta de “reformar la Constitución” e incluso de abrir un “proceso constituyente” que redacte y promulgue otra nueva? Quienes esto preconizan es porque observan con inquietud el desenmascaramiento de la actual, y buscan la manera de embaucar a las masas con un nuevo texto normativo proveniente del actual régimen de dictadura política. Pero todo lo que resulte de éste será tiranía y perversidad, dado que lo previo y primero es derrocar el actual sistema de dominación, hacer la revolución.

Quienes están en las instituciones del Estado son parte del aparato de dominación y agentes liberticidas. Una nueva Constitución, tal como está la situación, sólo puede ser peor, e incluso bastante peor, que la actual. Lo de “blindar” en ella los “derechos sociales” significa, en realidad, establecer un orden general de pobreza y desamparo, objetivo real que se enmascara con la demagogia “social” de una izquierda entregada al Estado y a la patronal.

La Constitución de 1978 es obra en lo principal de la izquierda, del Partido Comunista y el Partido Socialista, que se sometieron al Estado franquista para permitirle recomponerse en “democrático”, superando con ello la grave crisis en que estaba el régimen de Franco en su etapa final. La izquierda toda salvó al aparato estatal franquista de una situación bastante difícil, que ciertamente no era revolucionaria pero que podía evolucionar en esa dirección, apaciguando las luchas populares y demoliendo los grandes logros de la resistencia popular al fascismo precisamente con el texto de la Constitución de 1978. Ésta diseñó el nuevo orden emergente, salvador del Estado y el capitalismo, cuando el viejo orden, el franquista, era ya inviable.

Esto lo hicieron sobre todo los jefes y jefas de la izquierda de entonces, sobre todo los prebostes comunistas Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri. El Partido Comunista fue la pieza decisiva en tal operación anti-revolucionaria. Y lo hicieron sobre todo por dinero, para disfrutar de las prebendas y beneficios monetarios que su legalización e institucionalización les otorgó. Los jefes de la izquierda obraron como prostitutas políticas.

Ahora sus continuadores y herederos, en particular Podemos y las CUP, son las nuevas prostitutas políticas, entregadas a parchear la Constitución vigente y, si es necesario, a elaborar otra nueva para mantener la falta de libertad para el pueblo que caracteriza a nuestra sociedad. Para encubrir su alineamiento con los opresores reducen todo los problemas a “los derechos sociales” cuando la cuestión decisiva es la de la libertad, hoy igual que en 1978. Los herederos de los gerifaltes comunistas que se abrazaron con el franquismo ese año hoy proponen convertirnos en esclavos que se contenten con algunas limosnas y migajas estatales, mientras dejan en el olvido la gran cuestión, la de la libertad: libertad política, libertad civil y sobre todo libertad de conciencia. Ciertamente, de quienes comparten con el franquismo el odio hacia la libertad de conciencia, que es la ideología propia de la izquierda, no puede esperarse entusiasmo por la libertad más decisiva…

La revolución que madura realizará la libertad, al destruir los actuales aparatos de dominación, estatales y empresariales, para establecer un régimen de soberanía popular, de autogobierno de la gente común, sin oligarquías políticas ni económicas, sin ejército permanente ni policía profesional ni clase patronal, con libertad de expresión para todos, sin adoctrinamiento ni manipulación permanentes. Una sociedad libre formada por personas libres.

Por tanto, el día 6 de Diciembre es de denuncia y resistencia. El bloque de la reacción se reúne en el parlamento para justificar los muy crecidos emolumentos que se embolsa mes tras mes, los de la izquierda tanto o más que los de la derecha. El pueblo se debe agrupar en la calle, denostando a los opresores y tiranos, denunciando al parlamento, construyendo los instrumentos de su emancipación. Si este año el régimen constitución está ya un tanto desportillado (lo que ha hecho que los jerarcas de Podemos no se atrevan a defenderlo con tanto apasionamiento como el año pasado) tenemos que seguir trabajando para que el año próximo lo esté más aún.

Los reaccionarios de todo tipo están con las instituciones, la revolución está con el pueblo.

jueves, 1 de diciembre de 2016

EL SENTIDO DEL SUFRIMIENTO Y EL DOLOR

         La sociedad actual, lo mismo que todas las formaciones totalitarias que niegan la libertad -la colectiva tanto como la individual-, se fundamenta en la noción de felicidad y en la exacerbación del pánico al dolor y al sufrimiento. Las utopías, que pergeñan sociedades infaustas, brindan un orden sin dolor, un milagrero paraíso en el que no existirá displacer ni pesadumbre ni padecimiento, en donde todo será regocijo, disfrute y satisfacción.

         Una primera verdad experiencial aduce que el sufrimiento es parte constitutiva de la práctica humana y porción inerradicable del hecho de existir. Toda vida lleva en sí una porción de dolor, de la misma manera que contiene una fracción de deleite. Vivir integralmente es aceptar su totalidad, sin excluir ni amputar nada sustantivo, haciendo que el todo finito de lo humano se realice en el yo.

         Quienes proponen una existencia sin dolor prometen lo irrealizable, además de lo indeseable. Ya los filósofos cínicos establecieron que “Quien teme al dolor teme lo que ha de suceder”. Aspirar a un sufrimiento cero es anhelar un modo de estar en el mundo que no es humano, por artificial, inauténtico y degradado, además de irreal. Cada cierto tiempo el dolor intenso e incluso avasallador visita a todo individuo, le zarandea y posee, y a diario los pequeños dolores, frustraciones, contratiempos y padecimientos son la inevitable compañía.

Aprender a vivir con el dolor es parte primordial del aprender a vivir. Por eso la pedagogía en curso, asfixiantemente hedonista, al negar a la infancia y juventud la experiencia del sufrimiento está haciendo sujetos escasamente aptos para la vida auténtica. El conocimiento práctico del padecer, en todas sus formas: displacer, angustia, frustración, decepción, fracaso, soledad, ansiedad, incertidumbre, temor, agobio, cansancio y dolor físico es parte de la educación integral de la persona. El niño deformado por la pedagogía contemporánea, sustentada en el espanto ante el dolor, será un ser insustancial e inmaduro, endeble y pasivo, asustadizo y sin libertad personal, destinado a padecer todas las formas de opresión y explotación, un ser nada sin épica ni acometividad ni fuerza interior ni virtud.

         Quienes “venden” felicidad olvidan que la condición humana conoce momentos más o menos intensos y auténticos de felicidad pero nunca la felicidad como estado permanente. Esto es irrealizable, y el felicismo simplemente es estafar al público[1], aunque se comprende que lo haga con gran éxito en una sociedad como la actual que lleva el acto de sufrir en muchas de sus expresiones concretas a un nivel, extensión y grado pocas veces conocido. Dicho de otro modo, una sociedad multi-sufriente y un individuo variada y dolorosamente disminuido, mutilado, necesitan de la lúgubre fantasía de la felicidad total y perpetua como narcótico espiritual.

         Quienes niegan el carácter natural del sufrimiento lo maximizan. Los apóstoles de la felicidad hacen al desventurado sujeto actual aún más desdichado, por más débil y quebrantado, puesto que le dejan confuso, paralizado, desarticulado, sin respuesta e inerme ante el hecho ineluctable del padecer. Por el contrario, la admisión del dolor como parte de la condición y el destino humano nos reconcilia con él, otorgándole sentido y haciéndole de ese modo tratable y superable, o cuando menos más llevadero.

         Las causas del dolor son varias. Las pueriles utopías sociales prometen constituir una sociedad perfecta, ilimitadamente justa, libre, próspera y dichosa. Pero ignoran que aunque resulta posible, y además muy conveniente, constituir un orden social cualitativamente superior al actual por medio de la revolución, es imposible que dicho orden esté desprovisto de contradicciones internas, por tanto, de tensiones y desajustes, de manera que será siempre imperfecto, conflictivo, inestable y por ende causante de ansiedad y apremios. En segundo lugar, la libertad tiene un modo de existencia peculiar, como permanentemente en peligro y sempiternamente necesitada de pelear por ella y arriesgarse para realizarla, lo que significa persecución, es decir, padecer agresiones, soportar la represión y, en consecuencia, sufrir. En tercer lugar, el dolor posee causas vivenciales, que son ajenas y están más allá de todo orden político y social, de manera que aunque éste fuera “perfecto” el sufrimiento, inherente a la condición humana misma, permanecería.

La estructura última de lo real, contradictoria, antinómica y conflictiva, no permite estados duraderos de equilibrio, lo que convierte en quimeras y sinsentidos las categorías epicúreas de armonía, paz, serenidad, placidez y calma, que son modos de huir de la realidad, un medroso escapar de lo que es y existe para refugiarse en algún paraíso artificial, donde no hay sufrimiento porque no hay vida. Lo real es dinámico y autocreado debido a que es contradictorio interno, al estar traspasado por un haz de antinomias, tensiones y discordancias. Todo ello, al reflejarse en la mente humana, induce muchas formas de perturbación, agobio y dolor psíquico, a la vez que estimula la creatividad, el esfuerzo y el ascenso de la vitalidad.

         La prédica felicista, epicúrea y eudemonista contra el sufrimiento con sentido tiene además un significado directamente político. Cuanto más dominados vivan los individuos por el pánico al dolor más dóciles serán políticamente, pues lo propio de todas las tiranías es su descomunal capacidad de infringir daño y hacer sufrir a quienes se levantan contra la opresión, a favor de la libertad, la justicia y el bien. El espanto ante el sufrimiento hace sumiso, apocado, medroso y sin energía al individuo, que llega a renunciar a vivir por temor a sufrir, entregándose a una existencia de esclavo, meramente vegetativa. Por eso los totalitarismos presentan como meta la felicidad y no la libertad, el goce y no el combate, el deleitarse y no el arriesgarse, el disfrute y no el heroísmo, el humillarse y no la dignidad personal, el sometimiento y no la revolución.

         Pero sin el gusto por el riesgo, por lo difícil, lo inseguro, lo peligroso y lo vedado la humanidad no puede avanzar, de ahí que los sistemas totalitarios, en particular los más eficaces, los parlamentaristas y partitocráticos, lleven a la sociedad a un estado de estancamiento, al convertir el ideario felicista en fe obligatoria.

         El sufrimiento, a fin de cuentas, no puede ser evitado, y en bastantes de sus manifestaciones esto tiene mucho de positivo. Debe ser afrontado. Tenemos que reconciliarnos con nuestra condición de seres sufrientes, sabiendo que no somos absolutamente sufrientes pues también forma parte de la experiencia humana la alegría, el goce, la satisfacción y la plenitud en tanto que realidades finitas, es decir, transitorias y limitadas. Lo mismo que el dolor. Pero sólo es plenamente positivo el dolor con sentido, aquel que forma parte de la existencia humana concebida en su manifestación natural.

         El padecer y penar nos robustece, nos otorga el gran bien de la fortaleza y solidez del cuerpo y del ánimo. El sufrimiento, en particular si es reflexionado, a menudo nos perfecciona, al purgarnos de frivolidad, irresponsabilidad, superficialidad y otras enfermedades del espíritu. Nos depura y afina. Nos hace mejores. Las sociedades hedonistas y eudemonistas, como lo es la actual, además de ser las tumbas de la libertad, consiguen rebajar aún más la calidad del sujeto inyectándole a través del adoctrinamiento y el amaestramiento dosis colosales de pánico al sufrimiento, al displacer y a la frustración. Así fabrican seres sin grandeza ni dignidad ni autorrespeto, dominados por múltiples miedos y temores, ansiosos de gozar sin fin y por eso mismo sufridores sempiternos y excesivos.

         Existe el dolor, en tanto que realidad ahí, y es humano temer al dolor. Pero también lo es dominar y superar dicho temor, elevándose a la práctica del heroísmo cotidiano, de la épica de todos los días. Sin ello la vida humana pierde una cualidad sustantiva, la grandeza, hundiéndose en la indignidad y el deshonor.

         El tiempo del dolor hay que vivirlo con serenidad, lucidez y buen ánimo. Hay que afrontarlo desde las propias capacidades, sin acudir a remedios externos, salvo en situaciones extremas. No son necesarios los analgésicos para superar malestares corporales habituales ni hay que echar mano del alcohol o las drogas para sobrellevar los sinsabores y aflicciones propias de la existencia humana. Tampoco conviene acudir a “profesionales” de la psiquiatría y la psicología, pues uno mismo debe saber autocurarse los padecimientos del alma. Todo estado de sufrimiento es una prueba, un reto, de la que el sujeto emerge robustecido, curtido, mejorado, verdad primordial que es decisiva en los peores momentos, cuando el sufrimiento más aprieta y parece que nos puede quebrar y vencer. Si se acude habitualmente a factores externos, sean los que sean, el proceso de aprendizaje y maduración personal no puede tener lugar, aunque es cierto que en determinadas ocasiones debe hacerse, precisamente cuando por uno mismo no puede vencer al sufrimiento.

         El hedonismo, el epicureísmo y el felicismo son armas terribles que el sistema de dominación política utiliza para efectuar periódicas tragedias. Por ejemplo, con las drogas. La conversión de las drogas “ilegales” en un producto de consumo de masas se hizo por fases. En la primera, a través del movimiento hippie, la contracultura, los intelectuales de la izquierda y otros agentes del actual orden se impone la ideología hedonista del goce a todas horas y de la evitación absoluta del dolor, en particular del sufrimiento psíquico, relacional y emocional. En la segunda, los servicios secretos, aparatos parapoliciales, cuerpos de planificación de los ejércitos y agencias estatales de seguridad difunden por todo el cuerpo social la heroína. En el tercero se produce el encuentro entre las masas de adoctrinados en el horror al dolor y las drogas. En la cuarta tiene lugar una carnicería: unos 500.000 muertos en el Estado español, casi tantos ya como en la guerra civil de 1936-1939, y la cifra sigue creciendo. Pero el monto de los óbitos no mide el sufrimiento pavoroso padecido por los adictos, sobrevivan o mueran, de modo que una vez más observamos que un modo de hacer superlativo al dolor es huir de él.

         Otro caso es el del suicidio. Una sociedad dañada por la ideología placerista produce una enorme cantidad de suicidas al estar constituida por sujetos débiles para quienes el dolor es una anomalía, un mal absoluto y una vivencia intolerable, individuos que carecen de la experiencia de afrontarlo y, en consecuencia, de sobrevivir a él, de vencerlo. Se da la cifra de unos 4.000 al año en el país, de ellos las tres cuartas partes hombres (lo que evidencia el intolerable deterioro de las condiciones de vida de los varones hoy) pero eso es engañoso. El individuo actual, que está siendo privado de la voluntad de vivir, de la fuerza interior para afrontar todo tipo de dificultades y emerger de ellas fortalecido, sonriente y renovado, se entrega estúpidamente a la muerte de muchas maneras: accidentes de tráfico, enfermedades somáticas evitables, tabaquismo, obesidad, drogas, etc. El suicidio oculto puede ser incluso cinco veces superior al estadístico. Y de ello una parte de la responsabilidad es de los mercaderes de la felicidad a toda costa, de los traficantes de placerismo al por mayor.

         Así pues, cuando lleguen los tormentosos, y en un sentido muy reales terribles tiempos del dolor, preparémonos para afrontarlos con serenidad, o cuando menos con resignación activa y transformadora, aceptando el reto, sabiendo que ello forma parte de la condición humana, al ser un acontecimiento natural. Y teniendo muy en cuenta su positividad, que existe siempre al lado de su contrario, lo negativo e incluso lo terrible.

         Sin una actitud realista, serena y equilibrada ante el dolor no puede haber libertad individual, pues el pánico al sufrimiento paraliza, dañando la libertad de acción tanto como la libertad interior, necesaria para la planificación de metas y propósitos. El pusilánime es siervo de su temor y víctima de su inhabilidad para admitir el sufrimiento, el psíquico tanto como el físico, todo lo cual encuentra su más lograda expresión en la ideología epicúrea, un modo miserable de pensar, propio de esclavos, o más exactamente, de esclavos aleccionados por los esclavistas, sus amos.

         El dolor mirado de frente y comprendido es menos dolor. La afelicidad, o indiferencia ante la felicidad y la infelicidad, se hace piedra angular de la libertad personal, libertad de pensamiento y de acción. De todo ello surge el atreverse, que es la voluntad de obrar y comprometerse sin que el riesgo de padecer males y sufrir padecimientos nos detenga. La revolución es un atreverse, la social y la individual. Si no nos dejamos comprar y no nos dejamos intimidar no podrán vencernos.


[1] Uno de los muchísimos libros y productos audiovisuales que “venden” irresponsablemente felicidad es “La inutilidad del sufrimiento. Claves para aprender a vivir de manera positiva”, María Jesús Álava Reyes. Antaño a esa ideología se la calificaba de ñoñería, de actitud  cursi y blandengue, y hoy de buenismo, una actitud a la vez empalagosa y angustiosa, teatralizada y farsante, supuestamente encaminada a hacer el bien al otro sin contar con él y sin tomar en consideración los componentes constitutivos de lo humano. Tan pías intenciones tienen en la práctica efectos indeseados, también porque declarar “inútil” el sufrimiento es maximizarlo, es transformarlo en una experiencia que el sujeto común difícilmente puede sobrellevar por sí mismo y desde sí mismo.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

6 de diciembre de 2016 CONSTITUCIÓN, DICTADURA Y REVOLUCIÓN (Parte Primera)

       Un año más los jerarcas del actual régimen de dictadura se disponen a celebrar el Día de la Constitución española, impuesta por el miedo, la demagogia, el embuste, el soborno y la farsa politiquera en 1978. Han pasado 38 años en los que el pueblo ha sufrido un sistema de privación de las libertades políticas reales, a la vez que se le ha sometido a un violación psíquica continuada para obligarle a creer que tan ignominioso texto político-jurídico establece un sistema de “libertad y democracia”.

         Con ella el pueblo ha sido reducido a una masa no-libre manejada por los altos cuerpos de funcionarios de los Ministerios, los mandos militares y policiales, los poderes mediáticos, los aparatos escolares y universitarios, los políticos profesionales de derecha e izquierda y los capitostes de Bruselas a sueldo de imperialismo alemán.

         Se han celebrado numerosas elecciones, todas paródicas y fraudulentas, pues su esencia está en la conculcación de la más básica de las libertades, la de conciencia, que es la que hace al ser humano sujeto político. Sin libertad de expresión, dado que hoy todo es aleccionamiento, adoctrinamiento y amaestramiento, no pueden formarse en el interior de la persona opiniones políticas auténticas, propias, válidas, de manera que cada acto electoral bajo el régimen actual es el modo como los tiranos y dictadores se hacen legitimar por un pueblo rebajado a plebe.

         Así la libertad política está por conquistar.

         La actual Constitución, igual que todas las que la han precedido, comenzando por la infame primera, la de 1812, e igual que todas las que la seguirán (si ello llega a suceder), legitiman y organizan la dictadura del aparato estatal, en primer lugar del ejército, a la vez que mantienen en una situación cada vez más privilegiada al gran capitalismo, que día a día y en alianza con el Estado  va despojando de sus bienes, propiedades y ahorros a las clases medias y a las clases asalariadas.

         Los hechos prueban que el parlamentarismo, todo parlamentarismo, y todo régimen constitucional, cualquiera de ellos, monárquico o republicano, de derechas o de izquierdas, de ayer, hoy o mañana, es el dominio político de muy reducidas minorías mandantes todopoderosas, estatales y empresariales. El pueblo está privado de cualquier posibilidad de participación política real más allá de la acción combativa en la calle. Por tanto, la sociedad actual se ha de definir en primer lugar como una dictadura, una tiranía, un despotismo. Quienes la califican, por ejemplo, de sociedad de consumo se equivocan, pues el consumo es un hecho secundario al lado del más decisivo, la ausencia de libertad, la opresión, la dominación, el absolutismo estatal y plutocrático.

         El día 6 de diciembre, como todos los años, habrá “jornada de puertas abiertas” en el parlamento de Madrid, institución perversa y prostituida que cumple la función de hoja de parra ocultando la ausencia de libertades reales para la gente popular, el despotismo intolerable de los altos funcionarios, los jefes militares, las estrellas de la industria del espectáculo, los banqueros, los politicastros y los intelectuales a sueldo del poder constituido.

         Hay que denunciar el montaje del 6 de diciembre. Hay que situar el combate por la libertad política en el centro de nuestra actividad. Por la libertad de conciencia. Por la libertad de expresión, igual para todos, y no sólo para, pongamos por caso, los lacayos del statu quo que desde La Sexta se desgañitan defendiendo el actual régimen de dictadura mientras hacen frases demagógicas sobre “derechos sociales”. La libertad es el primer y principal bien, aunque no es un derecho sino una conquista, un logro revolucionario.

         Ahora, en vista del desgaste y repudio que está padeciendo la Constitución de 1978, debido a la resistencia y la denuncia popular, se proponen o sustituirla por otra o reformarla. Para efectuar la primera operación están dispuestos a iniciar incluso un “proceso constituyente”, esto es, una intervención política que redacte, imponga al pueblo y promulgue un nuevo texto constitucional. Éste sólo puede tener un significado, mejorar el actual régimen de dictadura política, hacerlo todavía más insidioso, maquiavélico y totalitario. Desde la Constitución de Cádiz, en 1812, hemos sufrido las promulgadas en 1837, 1845, 1869, 1876, 1931 (esta republicana) y 1978, en total siete, y todas han sido la misma en esencia, aunque cada vez más refinadamente efectivas en su capacidad para someter, deshumanizar, servir a los ricos y dominar.

         Hagamos, pues, de estos días un tiempo de denuncia y acción combativa, pero sobre todo de lucha por la libertad política. Cada cual según sus posibilidades ha de manifestar su particular rechazo de la vigente tiranía con reivindicación de la libertad para participar en el gobierno político de la sociedad, por sí mismo y no por el procedimiento totalitario de los partidos políticos, de la partitocracia, ilimitadamente codiciosa, venal y corrupta toda ella, la vieja y la nueva, la casta y la neo-casta, la españolista y la “independentista” periférica.
(Continuará)

lunes, 21 de noviembre de 2016

MI INTERVENCIÓN EN “IRUÑA-VELEIA ETA KRISTAUTASUNA/IRUÑA-VELEIA Y EL CRISTIANISMO”

 
        Organizado por Euskeraren Jatorria, el 19 de noviembre de 2016 ha tenido lugar en Vitoria-Gasteiz un ciclo de diez conferencias, además de un debate al final del día, sobre el cristianismo de los primeros siglos, su presencia en la ciudad romano-vascona de Iruña-Veleia y los grafitos, textos y dibujos allí localizados, una parte de ellos en euskera, lo que los convierte en las manifestaciones escritas más antiguas de la lengua milenaria de los vascos.

         Como es sabido, se han encontrado inscripciones y grabados de contenido cristiano del siglo III en adelante en euskera y en latín. Posteriormente, una tan incomprensible como intolerable intervención de las autoridades declaró que lo hallado eran falsificaciones, manteniéndolo judicialmente secuestrado, y además pide pena de cárcel para el equipo que, cuando aparecieron, dirigía los trabajos de excavación en la vieja Veleia. Hoy, ocho años después, aún no ha tenido lugar el juicio pero sí se han realizado, por orden de esas mismas autoridad, sospechosos trabajos de intervenciones expeditivas con maquinaria en el yacimiento...

         Tales cacicadas, una agresión dolorosa e inaceptable a la historia del pueblo vasco y de su lengua, están suscitando una creciente resistencia popular y la actividad de Euskeraren Jatorria, así como de otras asociaciones y personas, lo manifiesta.

         El título de la ponencia escrita que presenté es “Revolución bagauda y arte medieval. Visita guiada al templo de San Prudencio de Armentia”. Mi contribución consistió en guiar una visita a esta magnífica realización del románico de los siglos XII y XIII, situada en lo que es hoy un barrio de Vitoria-Gasteiz, Armentia.

lunes, 14 de noviembre de 2016

LOS SAUD DE ARABIA ENEMIGOS FUNDAMENTALES DE LA LIBERTAD DE LOS PUEBLOS DEL MUNDO

        El rey de España ha cancelado su viaje a Arabia de los Saud. La causa verdadera ha sido el fuerte rechazo que había suscitado por muchos motivos, entre ellos el conocimiento de que los Saud, probablemente la familia más rica del planeta hoy[1], financian las operaciones de terror que lleva adelante el islamofascismo en todo el orbe, también en Europa, lo que es expresión del militarismo, expansionismo e imperialismo musulmán histórico que aquéllos alientan ahora en su propio beneficio. Cuando los Borbón no se han atrevido a visitar a quienes les llevan decenios suministrando fondos hemos ganado una batalla por la libertad.

         Arabia es hoy propiedad de una familia, los Saud, que han añadido su nombre al del país para manifestar que es su pertenencia, algo portentoso, pues aquélla es del pueblo árabe y no de unos grandes capitalistas que prosperan a la sombra del imperialismo occidental. Es como si nuestro país se llamase España Borbónica…

         El régimen político saudí es una teocracia gran-burguesa y empresarial multinacional. En él no existe ninguna libertad, ni verdadera ni formal. No hay en absoluto libertad de conciencia, pues todos son obligados a ser musulmanes. La libertad de expresión es cero, igual que la de asociación y reunión. Las prerrogativas individuales naturales no son respetadas, siendo un Estado policial terrorista. Soporta una completa ausencia, por tanto, de libertad política (el árabe medio está excluido de cualquier participación, siquiera sea nominal, en la vida política) y libertad civil. Padece el peor patriarcado de la historia de la humanidad. No existen las más elementales garantías procesales, y la gente es caprichosamente encarcelada, torturada y ejecutada, estando a merced de la terrorífica policía religiosa musulmana. Nadie puede oponerse a la familia Saud ni a las injusticias del régimen teofascista. El clero islámico lo domina todo, no habiendo ni tan sólo alguna división de poderes. Las demás religiones están prohibidas a la vez que los ateos y agnósticos son asesinados. Lo mismo los homosexuales, siendo incluso más perseguida la libertad erótica heterosexual. La numerosa población inmigrante es sometida a un régimen de desprecio racista y violencia cotidiana. Su política exterior se fundamenta en dos componentes, comprar a todos con los petrodólares y alentar las peores formas de violencia religiosa. A la vez, la familia Saud (unas 10.000 personas), lleva una vida de bacanal, dentro y fuera de Arabia, con consumo habitual de alcohol, drogas, manejo de prostitutas, etc. Lo más significativo es que hasta hace muy poco las potencias occidentales habían establecido la prohibición de criticar a los Saud y discrepar del islam. Ahora ya no, o mucho menos…

         Se dice que es “una monarquía absoluta” pero ¡qué más quisiera el pueblo árabe que fuera así! Tampoco es un régimen “medieval”, entre otros motivos porque existe sólo desde 1932 cuando fue creado por los ingleses, que hicieron de los Saud, unos bandoleros del desierto, sus representantes en Arabia. Además, sus miembros han estudiado en universidades occidentales, acumulan numerosos títulos y diplomas, utilizan la tecnología más vanguardista, hablan en inglés entre ellos y nada en absoluto tienen de “medievales”, salvo en lo folklórico. Es un régimen neo-fascista ultra-moderno, tecnocrático, empresarial, bancario y productivista, de base clerical y religiosa, que resulta jurídica y políticamente indiferenciable del de Franco, salvo en que es más brutal, oscurantista, arbitrario y opresivo. Su fundamento es el mega-capitalismo financiero surgido del petróleo. Los Saud disponen ya de varios fondos de inversiones situados entre los más grandes del planeta y están preparando otro más, éste con dos billones de dólares de capital, que será, con mucho, el mayor existente, lo que les convertirá en fuerza empresarial decisiva a nivel mundial. Así, islam y capitalismo mundializado se unifican.

Comencemos por el principio. El 14 de febrero de 1945 en el barco de guerra de EEUU “USS Quincy” se entrevistan el rey de Arabia, Abdul Aziz, una criatura del colonialismo inglés, y el presidente estadounidense F. D. Roosevelt. No se hizo una declaración sobre lo acordado pero se puede conocer a partir de los hechos posteriores. En esa fase final de la II Guerra Mundial la preocupación cardinal del imperialismo yanki era impedir la oleada de revoluciones y probables triunfos del comunismo que se anunciaban en la ya inminente derrota de las potencias del Eje, Alemania, Italia y Japón. Para asegurar el dominio occidental en los países de religión musulmana, donde había entonces poderosos partidos comunistas y organizaciones antiimperialistas, los EEUU entregaron a los Saud el poder económico inmenso que otorga el petróleo (aunque compartido con las compañías occidentales) a cambio de que actuasen como fuerza anti-revolucionaria pro-occidental con su religión como fundamento. Tal es el origen del emporio actual de los petrodólares.

Los estadounidenses conocían cabalmente los muchos servicios que habían proporcionado el clero musulmán y el islam a Occidente desde hacía siglos. Sabían que Franco había ganado la guerra civil sobre todo gracias a la oligarquía musulmana clerical norteafricana y buscaban relanzar esta estrategia[2], expandiéndola por todo el planeta, con fines anticomunistas y neo-fascistas. De esa manera, los Saud, que eran unos reyezuelos insignificantes, gracias al petróleo se hicieron una potencia mundial que usaron, entre otras muchas metas liberticidas, para sostener al franquismo en el plano internacional. Su función era reorganizar la religión musulmana, sacarla de su estado de postración y semi-liquidación para convertirla en una fuerza de choque en la “guerra fría”, haciendo que se sometiera en todo lo importante a EEUU. De ese modo el islam se hizo religión oficiosa, o de facto, del imperialismo occidental.

Durante un tiempo, debido a que el precio del petróleo era bajo, el poder de los Saud, por tanto, del clero musulmán a escala planetaria, fue reducido. Esto cambió en 1973, cuando aprovecharon la guerra entre los Estados árabes y la entidad sionista para elevarlo bruscamente, agitando demagógicas consignas, enteramente falsas, “antiimperialistas” y “antisionistas”. La causa real estribaba en que para esa fecha EEUU era derrotado en Vietnam, esto es, estaba perdiendo la guerra global contra la Unión Soviética, lo que exigía otorgar más fondos a los aliados-subordinados musulmanes para que los usaran con fines anticomunistas. De ahí resultó la acción conjunta en Afganistán a partir de 1979, que asestó el golpe de gracia al imperialismo soviético, ya previamente agonizante. Para entonces el islam había proporcionado a Occidente servicios decisivos, como la represión genocida del comunismo en Indonesia en los años 60 del siglo pasado, y luego, en 1979-1982 sobre todo, las aterradoras matanzas de trabajadores comunistas y revolucionarios que efectuó en Irán la “revolución islámica”, por citar sólo los dos casos más conocidos pues hubo muchos más.

Vencedor en Afganistán, el bloque islam-EEUU entró en una fase nueva. Por un lado estaba la descomunal acumulación de capital monetario que había tenido lugar en Arabia y otros mini-Estados próximos, lo que hacía pensable un nuevo imperio mundial del islam, esta vez financiero. Por otro lado, en parte supuesta y en parte real, decadencia y desintegración de EEUU, lo que llevaba a algunos prebostes saudíes a acariciar la fantasía de que podrían derrotarlo, igual que habían hecho con el imperialismo comunista en Afganistán, elevándose a la categoría de primera potencia planetaria.

De ahí resulta el 11-S, en 2001. Al parecer, no fue la totalidad de la clase alta de Arabia, de los Saud, sino una parte de ella la que planea y realiza el ataque, un acto aventurero pasmoso por el cual probablemente los Saud terminen derrocados a unos pocos años vista.  Habían llegado a tener muchísimo poder con los cientos de miles de millones de dólares y con la pretendida adhesión de los 1.500 millones de musulmanes existentes (aunque éstos se han manifestado siempre cautos y refractarios, pues se saben carne de cañón de sus dominadores teócratas, de manera que las llamadas a la “guerra santa” sólo han sido respondidas por minorías insignificantes), y se creyeron dueños de la situación.

La respuesta de EEUU a esta rencilla entre hermanos enemigos fue inicialmente cobarde y lenta. Al publicar el informe oficial sobre los actos de terror del 11-S declara secretas las páginas en que se describe la responsabilidad de los Saud en la matanza. Con todo, EEUU comprende que tiene por aliado a un grupo extremadamente violento y fanático, y que ha de irle restando poder económico, político y estratégico. Para ello organiza la guerra contra Irak en 2003, derrocando a los suníes en el poder y poniendo a los chiíes, en lo que es una confluencia con Irán, el adversario secular de Arabia, haciéndose además con el control directo del petróleo de este país. Pero sobre todo, se encamina a desmontar el descomunal poder de los Saud en el terreno monetario. Para ello logra la autosuficiencia petrolera, se sirve del crudo iraquí, promueve en todo el mundo las energías renovables, el carbón, los biocombustibles, las nucleares, etc., de manera que los Saud ven caer el precio del petróleo, y con él sus ingresos. Para 2015 tiene por primera vez una fuerte deuda estatal, lo que se repetirá en 2016. Los EEUU les han organizado una guerra en Yemen al azuzar en secreto a los chiíes huthíes, que les está causando muchos gastos extra, además de bastante bajas: es su venganza por el 11-S. Finalmente, suscribe una alianza global con Irán, que ha provocado gran inquietud entre los Saud. Su Estado de bienestar cada vez tiene menos recursos y el descontento crece en el interior de Arabia por lo que, probablemente, el destino de los Saud será similar al de Gadafi. Con su desplome el islam padecerá una crisis colosal, inmensa. Lo dice el refrán: quien a hierro mata a hierro muere. El 11-S fue más que un grave desacierto del análisis estratégico, una locura de gentes endiosadas… que están ahora pagando. Y lo que queda por venir.

Es ahí donde debe situarse la suspensión de la visita de Felipe VI a los Saud[3]. Tras años y años de estar todos de rodillas delante de ellos, se produce un cambio de tendencia. Incluso los jefes de la izquierda española se han lanzado a criticar a los Saud, algo impensable hace sólo un quinquenio, y que se explica porque ya no les llegan los petrodólares con los que fueron comprados -literalmente- en el pasado. Igual acontece con los intelectuales progresistas, entregados a la sempiterna loa del islam y de al Ándalus para atrapar las bonificaciones de los saudíes[4], que ahora de manera súbita descubren que ésas no llegan, y que además la línea de EEUU está cambiando en esta cuestión…

Un asunto que tiene asimismo significación estratégica es el del ciudadano árabe Raif Badawi, condenado en 2014 a recibir mil latigazos (o sea, a morir a golpes de rebenque), acusado de haber “insultado al Islam”. Pero los Saud no se han atrevido a ejecutar el total de la sentencia, aunque mantienen a Badawi encarcelado, lo que es un signo de debilidad. Aquél, en su libro “1.000 latigazos porque me atreví a hablar libremente”, consuma una inculpación formidable del clero islámico, al que considera responsable de la situación de tiranía extrema que padece el pueblo árabe. En torno a este asunto, y a otros, se está constituyendo una oposición al teofascismo saudí que en su momento ocasionará un vuelco político.

La actual posición de EEUU y la UE sobre Arabia de los Saud es todavía ambigua, aunque evoluciona hacia un creciente distanciamiento. Aún sigue pesando mucho el pacto suscrito entre EEUU y el islam en el “USS Quincy”, si bien la violencia extrema de su aliado, y su descomunal codicia financiera e inversora, les distancia. El imperialismo de Occidente sigue necesitando al islam, del que los Saud son la cabeza visible, para tres grandes tareas estratégicas: 1) controlar a las masas en los países donde es la religión del Estado, 2) islamizar a la UE, como la forma más efectiva de llevarla hacia políticas de extrema derecha, 3) competir con China en el plano global, tarea que Occidente no puede efectuar únicamente con sus propias fuerzas. Por tanto, no se decide a romper del todo, al menos por el momento, aunque sí a rebajar los humos a su compadre. Si la arrogancia e insania extremas de los Saud continúan es probable que Occidente prescinda de ellos, pues son sólo su instrumento, promoviendo un cambio de régimen en Arabia. En esto contará mucho la acción popular mundial, de movilización y denuncia contra el teofascismo, sus publicistas locales (por ejemplo, los devotos de al Ándalus), sus inversiones y, sobre todo, sus agentes del terror. Durante años Amnistía Internacional ha denunciado en solitario las violaciones atroces de los derechos individuales y colectivos que han estado cometiendo los Saud pero ahora hay cada vez más voces críticas.

La respuesta del clan de los Saud a la ofensiva económica de EEUU, que alcanzará su cénit en los próximos años, cuando el petróleo iraní llegue en grandes cantidades a los mercados, ha sido el programa “Visión Saudí 2030”, dirigido a reorganizar su economía en las nuevas circunstancias. Pero sus resultados probablemente sean escasos. La economía de Arabia es la de un país exportador de materias primas, crudo y gas, con un enorme sector financiero y un muy débil aparato productivo, industrial y agrícola. En su contra tiene la completa falta de libertad, que ha originado una degradación enorme de la calidad media de las personas[5], así como el descomunal peso del fanatismo religioso, todo lo cual es difícilmente compatible con un proyecto económico exitoso, como denuncia Badawi. Además, gasta enormes sumas en propagar por todo el mundo la religión musulmana, edificar mezquitas, pagar conversiones, etc., dispendios que ya no puede mantener al nivel que en el pasado[6]. Es, asimismo, un régimen militarista.

En 2011 sus gastos militares fueron el 9,3% del PNB, muy por encima de los de Estados Unidos, 3,8%, Rusia, 4,1%, o Alemania, 1,4%. Sólo es superado por Omán, otro de los Estados musulmanes sustentado en los petrodólares, que alcanza el 11,3%. Dado que el islam otorga a la violencia una función desmedida en la vida social, se comprende que el aparato militar y policial de los países islámicos sea más que excesivo, lo cual contribuye a dañar su economía y a empobrecer a sus clases populares. Si aquel proyecto, “Visión Saudí 2030”, no da los resultados esperados los Saud estarán en una situación delicada. A ello contribuye bastante la asombrosamente desigual distribución de la riqueza que hay en Arabia, con una minoría riquísima, los Saud y sus patrocinados, y unas masas que sobreviven con limosnas del Estado.

Esto es un rasgo estructural de todos los países de religión musulmana, en los que existe un abismo enorme, al parecer el mayor del planeta, entre pudientes y trabajadores, entre ricos y pobres, estado de cosas que impide que el clero islámico tenga credibilidad suficiente, máxime allí donde no hay recursos petroleros ni, por tanto, beneficencia estatal “redistribuidora”, lo que le obliga a usar la violencia diaria contra sus poblaciones como principal herramienta de acción política, por ejemplo, obligando a la gente a palos y a estacazos a entrar en las mezquitas, hecho habitual en Arabia. Esa limitada capacidad movilizadora de la clerecía musulmana ha sido observada por Occidente, hoy un tanto decepcionado. La llegada de D. Trump a la presidencia de EEUU será, seguramente, la ocasión para introducir virajes estratégicos de importancia en la relación con los Saud y el islam.

En política exterior el islam le viene muy bien a EEUU y sus colegas europeos para realizar determinadas estrategias regionales. Es el caso del Estado Islámico de Irak y Siria, hijo de ellos dos y los Saud. Sus objetivos fueron frustrar con el fascismo islámico la revolución popular en Siria, atacar la lucha de los kurdos por su emancipación, golpear al régimen de al Asad para forzar a su protector, Irán, a ceder (como así ha sido) y desgastar a su rival, Rusia, en una conflagración regional. En consecuencia, los planificadores estratégicos de EEUU no se deciden a desprenderse de los Saud, sin los cuales no pueden manejar lo bastante al islam según sus necesidades.

No obstante, los indicios de que está ganando adeptos la opción de replantearse el acuerdo ente Occidente y el islam de 1945 son cada vez más numerosos, estado de ánimo que también se manifiesta como oposición creciente, no sólo popular sino entre las elites gobernantes, a la islamización de Europa. Los prebostes de la vieja escuela, Henry Kissinger por ejemplo, persisten en otorgar al islam el rango de potencia planetaria, en su libro “Orden mundial”, pero los planificadores más jóvenes no encuentran motivos para ser tan generosos, teniendo en cuenta los, con todo, reducidos resultados ofrecidos por el aliado así como su extrema agresividad, maquiavelismo y codicia.

Lo que hagan las elites de unos y otros no es cosa nuestra pero sí lo que hagan las clases populares. Éstas tienen que redoblar la lucha por la libertad para todos, en primer lugar por la libertad de conciencia y la libertad de expresión, sin restricciones penales (aunque manteniendo los apropiados límites morales autoimpuestos) y conforme al principio de que “la palabra no delinque”. El teofascismo no podrá resistir a la libertad de expresión. Su extremismo represivo y violento es una prueba de ello, una consecuencia más de su enorme debilidad argumental.


[1] Craig Unger, en el bien documentado “Los Bush y los Saud. La relación secreta entre las dos dinastías más poderosas del mundo”, aduce que los jerarcas saudíes son la familia “más rica del mundo”. Forman un conglomerado empresarial que se fundamenta en el petróleo, se sirve de la religión islámica, exporta capitales a todos los países y utiliza el terror religioso para ampliar su estatuto como potencia neo-imperialista, ganar  espacios de influencia, chantajear a sus competidores, asegurarse áreas de inversión de sus capitales, etc. Muestra que los Bush, en contra de lo que exponen gentes crónicamente mal informadas, estuvieron empresarialmente subordinados al gran capitalismo musulmán, del que ya dependían cuando ocuparon la presidencia de EEUU.
[2] Hay unas fundamentales declaraciones de Abd el-Krim, el héroe de la lucha contra el colonialismo español y francés en Marruecos en los años 20 del siglo pasado, derrotado en 1926 por la acción militar conjunta de esas dos potencias. Arguye que “la principal razón de mi fracaso se debió al fanatismo religioso”. Citado en “Los árabes. Del imperio otomano a la actualidad”, Eugene Rogan. En efecto, fueron el clero islámico y las cofradías musulmanas las que se aliaron con el imperialismo español y francés, provocando su derrota. Esas mismas fuerzas religiosas se unieron luego a Franco para proporcionarle los 100.000 combatientes musulmanes que permitieron al fascismo español ganar la guerra civil. Puesto que los partidarios de Abd el-Krim rechazaron, como es de sentido común, la recluta de 1936-1939 a favor del franquismo fueron perseguidos y a veces asesinados por el tándem clero islámico-falangistas. La clerecía musulmana en Marruecos fue, por tanto, una fuerza entregada a traicionar la lucha de su propio pueblo por la libertad, contra el colonialismo, haciéndose un elemento determinante de la presencia e influencia de Occidente. Y así sigue en todas partes, con alguna escasa excepción, aunque lo disimule con inflamada retórica “antioccidental”. Para la alianza entre el islam y los falangistas en Marruecos  en los años 30 del pasado siglo consultar el capítulo sobre el colonialismo español en mi libro  “Investigación sobre la II república española, 1931-1936”.


[3] Un anuncio del cambio de los tiempos es que la revista Política Exterior, próxima al Ministerio de Asuntos Exteriores de España, publicase un virulento alegato contra el régimen saudí, “Petróleo y derechos humanos en el reino”, J. Martín, julio-agosto 2015, algo imposible hace unos pocos años. Más grave es aún que los familiares de los asesinados el 11-S  hayan presentado un pleito al gobierno de Arabia que incluye el pago de indemnizaciones billonarias, asunto que en su desenvolvimiento situará todavía más a la defensiva a los Saud. El flujo notable de estudios y libros que van desmontado los embustes y fabulaciones islamófilas sobre al Ándalus, que se  está dado desde hace muy poco, es otra expresión del creciente enfrentamiento estratégico entre los antiguos colegas.

[4] En el pasado inmediato Arabia Saudí financiaba a todas las fuerzas políticas, intelectuales y culturales en un enfebrecido proyecto de comprar y corromper a todos. La izquierda, desfondada la Unión Soviética en 1989, pasó a subsistir del maná saudí, entre otros muchos. Éste llegaba también a los nazis autóctonos, como exponen Xavier Casals en “Neonazis en España” y Antonio Salas en “Diario de un skin. Un topo en el movimiento neonazi español”. Dado que Hitler fue un apasionado del islam se comprende que los Saud inviertan copiosas sumas en mantener al movimiento neonazi, pero es más difícil de inteligir que la izquierda, hoy cerradamente islamófila, acepte petrodólares cuando el islam ha sido pieza principal en la estrategia mundial que llevó a la derrota final del comunismo. Sólo el ilimitado afán de medrar y lucrarse de sus actuales jefes y jefas puede explicarlo.

[5] Un dato entre cientos que mide esa trituración planificada del sujeto, político-religiosa, en Arabia dominada por los Saud es que el porcentaje de diabéticos es el mayor del planeta, el 20% (España tiene el 7,7%), lo que manifiesta una degeneración física de la población que es expresión somática de su enorme degradación espiritual, por causa, como expone Badawi, del poder omnímodo y sin control del clero musulmán.

[6] Según Juan Rosell en “¿Y después del petróleo, qué?”, en 2000-2006 los Saud han recibido 750.000 millones dólares, una cantidad impresionante, de la que quizá un tercio ha sido gastada en promover el islam por todo el planeta. Esto está teniendo una manifestación inesperada, hacer a esa religión mucho más dependiente del dinero que de la conversión interior. Por eso su indudable avance en los últimos decenios probablemente no se pueda mantener ni proporcione resultados duraderos. Tantos gastos en religiosidad, además, han dificultado la modernización económica de Arabia, que sigue sin poseer una estructura industrial mínimamente efectiva, por lo que depende de las exportaciones desde Occidente, sobre todo en armamento, del que es el principal cliente de EEUU y uno de los principales de España.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Trump Vencedor LAS ELECCIONES EN EEUU Y EL FUTURO

          Contra todo pronóstico el chabacano Donald Trump ha derrotado a la feminista Hillary Clinton, Con ello se pone fin a la hegemonía de las religiones políticas, a la dictadura ideológica progre e izquierdista que se impuso a EEUU y a todo el planeta en los años 60 del pasado siglo. Esto es un importante cambio, tendencialmente positivo.

         En la campaña electoral ha sido llamativa la colosal masa de injurias, calumnias y manipulaciones periodísticas de sus formulaciones que ha padecido Trump, junto con el ilimitado apoyo a Clinton de “los mercados”, es decir, del gran capital, la industria del entretenimiento (Hollywood en bloque, cada día más senil y putrefacto), el poder mediático y el poder militar. Con la candidata ha estado, en efecto, el actual conglomerado de la reacción, constituido por el progresismo, el gran capitalismo mundializador, el aparato militar-policial, el feminismo, la izquierda, los intelectuales (o lo que de ellos sobrevive), los poderes mediáticos, los valedores de la islamización/fascistización de Occidente y el racismo negro. En España destaca la toma de posición a su favor de PRISA (muy subsidiada por el gobierno del PP) que, con su habitual estilo impositivo, ha titulado con “Un sí a Clinton” el editorial de El País en el día electoral. El diario La Vanguardia aún siendo menos explícito que su colega madrileño coincide en la consigna, lo mismo que las televisiones. Cuando han conocido la victoria de Trump se han lanzado a hacer textos y proclamas melodramáticas e incluso apocalípticas, más aptos para hacer reír que para hacer pensar.

         ¿Qué ha hecho Trump para tener enfrente a toda la caverna, él que es un reaccionario notorio? Lo que no le perdonan es que haya puesto sobre la mesa la política exterminacionista realizada contra los blancos pobres, mujeres y hombres, que está ejecutando desde hace mucho el bloque progresista-feminista-racista pro-negro. Trump quería vencer como fuera y supuso que apoyándose en dicho sector social, que puede alcanzar los 150 millones de personas, tendría asegurada la Casa Blanca, como así ha sido. Dado que la política del Estado de EEUU era exterminar a dicho grupo en silencio, como ha hecho con los pueblos indígenas, la no homologada y oportunista estrategia política de aquél le ha ganado el odio de las elites.

         No se puede ignorar que el poder, el poder del Estado sobre todo, es abstracto, por ser meramente poder, sin adherirse a una raza, un sexo, una ideología o una religión. Todo eso es adjetivo, mientras que el poder, como capacidad de mandar y hacerse obedecer, es sustantivo. Por eso se va sirviendo de diversos instrumentos, ayer unos y hoy otros, los que mejor le cuadran en cada momento, sin quedarse adherido a ninguno en concreto. Ayer fueron los varones blancos y hoy una combinación de feministas ricas, negros ricos y gentes ricas de otras etnias, además de varones y mujeres blancos no menos ricos y poderosos. Los recién llegados, de los que el aristócrata negro Obama es ejemplo, ocupan ya puestos decisivos del poder, e irán a más en los próximos años, pues Trump hará lo que le ordene el poder real, sobre todo el Estado, lo mismo que habría hecho Clinton, de ganar.

         El asunto viene de lejos. Ya son varios decenios de apalear y atormentar al grupo social perdedor, los blancos pobres, en realidad la clase trabajadora tradicional, con los conocidos sambenitos aniquiladores, “racistas”, “machistas”, “xenófobos”, “islamófobos”, “homófobos”, “fascistas”…, repetidos por todos los medios de comunicación (y por la jauría activista, financiada desde el Estado y la patronal) un número enorme de veces cada día. Esta operación de linchamiento, de una crueldad escalofriante, tiene una naturaleza exterminacionista, como se prueba en que el índice de suicidios de los blancos sea hasta 3 veces superior al de los negros. Y en sus dramáticos índices de alcoholismo, drogadicción tabaquismo, bulimia, medicalización, etc., que hace que su esperanza de vida se esté desplomando. No hay nada nuevo en esto, pues es una repetición, actualizada y perfeccionada, de lo realizado con los pueblos indios de EEUU desde finales del siglo XIX. Si a eso se une la destrucción de sus condiciones de vida, en este caso, la industria levantada en 1940-1970, todo lo que está aconteciendo se explica bastante bien. El elemento agente de la aniquilación, de los genocidios, es en ambos casos el mismo, el progresismo burgués y sus derivaciones sexistas y racistas.

         Pero ese gran sector social malquisto, desechado y condenado por el nuevo poder estatal USA se resiste, poco pero algo,  a ser exterminado lo que llamó la atención de un aventurero de la política llamado Donald Trump. Por eso en estas elecciones se enfrentaron una feminista, que ha dedicado su vida profesional como abogada a servir a la gran empresa, y un multimillonario, ambos deplorables.

         Significativo es el muy endeble tirón electoral de Hillary Clinton, la primera mujer candidata a presidenta de EEUU. No se debe sólo a la inquietante y desagradable estructura de su personalidad sino, en primer lugar, a la formidable erosión y desenmascaramiento que está sufriendo el feminismo en todos los países. Su dependencia del gran capital, sometimiento a los aparatos militares, emergencia por doquier de féminas malévolas con poder (Ángela Merkel, etc.) y agresividad totalitaria (de ahí el remoquete de feminazis) le han puesto en evidencia. Pero sobre todo su letalidad para las mujeres de las clases modestas, que perciben una ideología del poder, ajena y hostil, que las agrede, las violenta, busca destruirlas en tanto que féminas con mismidad y autonomía. Por eso ya nadie, o casi nadie, acude a unas elecciones enarbolando las gastadas y aborrecidas consignas del feminismo, dado que esto quita votos, en particular de las mujeres, sobre todo de las jóvenes. Por eso Clinton ha ocultado su condición de feminista aunque aún así ha perdido, porque el voto mayoritario de las mujeres no ha estado con ella.

         Tras todo ello hay una reorganización del poder del bloque gran capital-Estado en EEUU para culminar la globalización. Ésta no es, en lo principal, un asunto económico sino una expansión descomunal de todos los poderes, estatales y empresariales, de unos pocos países, sobre todo EEUU, a costa de todos los pueblos del planeta. Éstos ven triturados sus componentes identificatorios y definitorios, para quedar reducidos a una gran muchedumbre del todo aculturada y muy degradada, mera mano de obra super-dócil y sumisa. Las clases asalariadas de la fase anterior no se adecuan bien a la mundialización, de manera que se necesita una mano de obra nueva, impulsada por fuertes sentimientos victimistas y revanchistas, dispuesta a darlo todo para conseguir acceder al consumo, al dinero, también al poder político. De ahí que esté en marcha en EEUU una operación de sustitución étnica, que envía al cementerio al viejo proletariado blanco industrial y de servicios, mujeres y varones, para sustituirlo por una clase asalariada renovada, hecha de inmigrantes, más ambiciosa y vigorosa, que crea que el horror de la globalización es un “avance”, algo “positivo”, para sus condiciones de existencia.

         Igual que los pueblos indios de Norteamérica fueron exterminados porque no se adaptaron al capitalismo manchesteriano del siglo XIX, los trabajadores blancos de EEUU, ellos y ellas, están siendo diezmados y aniquilados porque no se adecuan al capitalismo mundializado del siglo XXI.

         En “El desmoronamiento. Treinta años de declive americano” George Packer estudia el caso del rapero Jay Z, incluyendo una buena cantidad de textos de sus canciones y declaraciones. Alarma al leerlo el culto empecinado y fanático, obsesivo y absoluto, que ese sujeto, un varón negro, tiene por el dinero y los negocios. Lo mismo su esposa, la también negra Beyoncé. Esto hace de ellos una de las parejas más opulenta de EEUU. Con tales individuos el capitalismo yanki tiene un futuro prodigioso, pues son dos maniacos del numerario y la ganancia, del capitalismo más salvaje. Como era de esperar son racistas antiblancos. Dicho racismo mide su firmísima voluntad de hacerse con todo el dinero, con todo el poder, con todo el capital. En ello siguen la vieja consigna racista y supremacista de los Panteras Negras, “Poder Negro”, que enuncia la limpieza étnica de los otros, los que no son negros, para apropiarse de sus bienes y propiedades. Eso ahora está siendo realizado en EEUU.

         Cambian las etnias y los sexos en el poder, pero el capitalismo permanece. Y el Estado. Sobre todo el Estado.

         Los negros (algunos) y las mujeres (no muchas) están constituyendo lo que podría denominarse un nuevo capitalismo motivado, en el que la búsqueda furiosa, sin frenos morales o ideológicos, de la ganancia máxima tiene razones extraeconómicas. Desde hace tiempo se les ha explicado que para liberarse del racismo blanco (muy real hasta hace unos decenios y hoy aún existente, aunque débil) tienen que tener poder, que acumular capital, que ser muy ricos, que ascender en las instituciones del Estado, sobre todo en el ejército. Lo mismo se ha dicho a las mujeres desde el feminismo, de manera que mujeres y negros se han convertido en los sostenedores del nuevo capitalismo, por supuesto junto con una buena porción de varones blancos, muchos todavía pero ya insuficientes para continuar la concentración y acumulación de capital en las condiciones actuales.

         Así las cosas los negros pobres cada vez se consideran menos concernidos por el racismo antiblanco de los Jay Z-Beyoncé y similares. Ellos comparten las condiciones de vida de la “basura blanca” y contemplan con prevención las operaciones del nuevo racismo antiblanco militante, por ejemplo “Blacks Lives Matter”, también porque cada vez más los patronos que les exprimen y oprimen son… negros. Y los policías que les apalean, les torturan y asesinan son… negros. Y los politicastros que les engañan y manipulan son… negros. Y los generales que les llaman a matar y morir por “los Estados Unidos de Norteamérica” son… negros.

         En efecto, cada vez hay en EEUU más policías negros y más militares negros de extrema derecha. Estamos entrando en la era del fascismo negro. Jay Z, por ejemplo. Es tan reaccionario y sin escrúpulos que en unos futuros Estados Unidos Nacional-Socialistas de Norteamérica podría desempeñar el cargo que en el Tercer Reich alemán tuvo Joseph Goebbels. Como Caudillo podría figurar el espadón negro Colin Powell, en la actualidad la máxima autoridad militar de facto en EEUU.

         Igual sucede con las mujeres (y varones) feministas. Éstas y éstos tienen el inconveniente de que el conflicto interno a las mujeres, entre explotadoras y explotadas, opresoras y oprimidas, ricas y pobres, con poder y sin poder, se está expandiendo a buen ritmo. Cada día son más las féminas ofendidas, agredidas, maltratadas, violadas, humilladas, golpeadas y así sucesivamente (e incluso asesinadas) por sus jefas, o por las mandamases de las empresas, o por lesbianas sádicas, o por mujeres policías ansiosas de ascender, o por féminas generales del ejército con muchas estrellas, o simplemente por otras mujeres. La suposición de que existen “las mujeres”, todas víctimas y todas desvalidas, ya no es real (no lo ha sido nunca), y esta verdad fáctica está triturando al feminismo. Por eso Hillary Clinton ha sido incapaz de conectar con las mujeres, que la consideran con realismo como una oligarca neo-patriarcal con muchísimo dinero, muchísimo poder y nada que ver con los millones de mujeres que trabajan por cuatro dólares la hora, blancas, negras, asiáticas, latinas, etc.

         En conclusión, la ideología y política que el poder constituido ha utilizado para manejar a las masas en EEUU desde hace más de medio siglo han entrado en quiebra. Se ha puesto en evidencia en los hechos. El cuarteto progresismo, izquierdismo, feminismo y racismo antiblanco ya no es políticamente resolutivo, pues experiencialmente ha mostrado ser una mixtura del Pentágono y Wall Street, y porque está realizando un proyecto de exterminio de quizá 150 millones de personas, sólo porque son trabajadores, pobres y mayoritariamente blancos. A eso se suma que la mundialización demanda un tipo nuevo de mano de obra, dócil por desesperada, que ha de ser impuesto desalojando a la precedente. En tales condiciones, el desarrollo de una concepción revolucionaria del mundo, que deje de lado todos los racismos y todos los sexismos, que apunte al problema clave, la concentración extrema del poder político y económico en cada vez menos manos, será más realizable, como también lo será su difusión.