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martes, 25 de julio de 2017

¿POR QUÉ EL RACISMO SE HA CONVERTIDO EN EL PECADO NEFANDO DE NUESTRO TIEMPO?


         La equívoca elevación mediática del racismo (en verdad sólo de una de sus manifestaciones, no de todas y ni siquiera de la ahora más peligrosa) a uno de los grandes males con exclusión de otros, operación que es dirigida, organizado y subvencionado institucionalmente, necesita una explicación. Hoy “todos” están en contra del racismo, al menos del racismo hostil a las gentes de piel oscura, pero muy pocos se posicionan con la misma determinación y furia en contra de la presente concentración de la riqueza y la propiedad, como nunca antes ha existido, que se realiza en la gran empresa multinacional y en los aparatos estatales. Es una minoría todavía más exigua la que se ubica en oposición al Estado actual, policial, militarista y extractor por coerción extraeconómica de fabulosas riquezas de las clases populares para, también, suministrárselas a la gran empresa privada. Que muchos millones de personas en los países europeos, sobre todo en España, vivan en situación de pobreza afrentosa que se hace cada día más grave y extendida, sobre todo gente joven, no suscita ni mucho menos el rechazo del racismo.

         ¿Qué hace de éste una práctica tan universalmente aborrecidas, al menos en una primera aproximación?

         En sus fases iniciales el capitalismo se sirvió del racismo de diversas maneras. Racismo contra los trabajadores, a los que tenía por “étnicamente degenerados”; racismo contra los pueblos vecinos, a los que deseaba conquistar; racismo contra las gentes de otros continentes, etc. Antaño “todos” eran racistas convencidos, de manera similar a como hoy “todos” son antirracistas militantes…

En su desarrollo, el capitalismo se va desprendiendo de relaciones sociales e ideologías que le son impropias, heredadas del pasado, como es el esclavismo y su pervivencia en el racismo antinegro, pues su modo específico de explotar y dominar a los trabajadores está en el régimen salarial, formalmente contractual. Por eso necesita transitar desde un mercado imperfecto a otro perfecto, desde un ser humano que sólo parciamente se define por la economía al “homo oeconomicus”. En esta triunfal ida hacia su plenitud, el capitalismo ansía (y necesita) dejar atrás la fase en que los seres humanos fueron calificados con categorías ajenas al mercado.

         Una de ellas era la raza. Ésta no es un atributo económico, no computa el dinero o el capital-dinero del individuo, sino algo ajeno a lo económico. En un orden donde el mercado (siempre tutelado por el sistema de Estado/Estados, a través principalmente del sistema legal, del Derecho burgués codificado en el siglo XIX) lo ha de decidir todo, cada individuo debe valer y ser el dinero, o la propiedad medible en dinero, que posea y nada más. Únicamente en tal situación puede hablarse de mercado perfecto. Poner trabas a la circulación del capital, y a la circulación de la mano de obra, debido a categorías extrañas a lo económico, es una situación indeseable, y con el paso de los años incluso muy indeseable. Si la cuestión de la raza dificulta, por poco que sea, la movilidad del capital y la mano de obra, en ese caso hay que proyectar y realizar una ruidosa y agresiva campaña mundial contra el racismo, la hoy en curso.

          La fluidez en el mercado mundial de los factores productivos, el capital y la mano de obra, favorece la tendencia natural del capitalismo a la concentración y la acumulación de la propiedad y los recursos financieros, a hacer cada vez más ricos y despóticos a una minoría ínfima, y cada vez más explotados y expropiados a la gran mayoría de trabajadores y asalariados. Por eso el poder constituido se despepita por eliminar todas las trabas y limitaciones extraeconómicas, la raza en primer lugar (las diferencias por sexo, credo, etc. también), para que cada persona sea exclusivamente los recursos monetarios que posea o la fuerza de trabajo que esté en condiciones de allegar al mercado.

         Así pues, a más activismo simplemente antirracista más perfecto será el mercado, y más se profundizará la división entre una minoría super-rica, y por ello mega-poderosa, y el resto de la población. El mercado mundial capitalista, de por sí, no es racista (la plusvalía y los beneficios empresariales carecen de color de piel) pero si es ferozmente clasista, por creador de desigualdades crecientes. De ahí que el “final” de las diferenciaciones entre los seres humanos a causa de la raza, etc., vaya unido a un incremento colosal, nunca visto, de la desigualdad por posesión de la propiedad y los fondos fiduciarios.

         Esto no debe entenderse como una contraposición entre racismo y clasismo sino como una explicación de por qué la acción contra el racismo, si no va unida al compromiso revolucionario en pro de un sistema económico comunal autogestionario (surgido de la expropiación del gran capitalismo por el pueblo), se sitúa en el terreno de lo que interesa y urge a la empresa multinacional del siglo XXI. Todo racismo y todos los racismos son execrables, al destacar en el ser humano lo que es irrelevante, los caracteres étnicos, pero todo clasismo lo es muchísimo más aún, al otorgar a una minoría un poder de vida y muerte -literalmente- sobre la gran mayoría.

         El mercado (más exactamente el conglomerado mercado-Estado), ni el imperfecto de antaño ni el perfecto (o casi) de hogaño, puede ser aceptado como regulador básico de la vida económica, pues de él resulta la acumulación de la riqueza y la expropiación de los pequeños propietarios, así como la trituración codiciosa de los asalariados, cada día más intensa. En efecto, el descenso de los salarios reales en el último lustro produce vértigo, sin que por el momento haya surgido un activismo dedicado a denunciarlo, equivalente en ímpetu y agresividad al antirracista, casi siempre subsidiado desde el poder/poderes. Los oligarcas de las finanzas son tiranos públicos que hay que derribar como clase para que triunfe la libertad, social e individual. Hoy, la principal forma, con mucho, de desigualdad entre los seres humanos, proviene de su relación con la riqueza y al poder estatal, y es ahí donde hay que centrar la acción subversora.

         Quienes, ingenuamente y con la mayor buena fe, creen que su compromiso simplemente antirracista les permite hacer una aportación a la mejora de la condición humana, se equivocan. En realidad, están contribuyendo a la creación de un “homo oeconomicus” absoluto y un mercado capitalista perfecto, lo que causa escalofríos. Practicar el antirracismo sin revolución es situarse al lado de los muy ricos y a su servicio. No basta con las buenas intenciones, hay que unir la voluntad de servir a la humanidad, en este caso resistiendo al racismo, a los racismos, con un esfuerzo de la inteligencia que permita diferenciar entre lo que sólo parece bueno y lo que es realmente bueno. Quienes actúan movidos por un idealismo sin fundamento reflexivo se hacen agentes inconscientes de las fuerzas oscuras más tenebrosas.

         Por lo demás, la economía, mal que les pese a los doctrinarios del economicismo, es parte y no todo, y además parte subordinada a la política, así que por razones de dominio y ventaja política son ahora promoviendo desde el poder constituido nuevas formas de racismo, entre las que destaca el racismo antiblanco. Pero esto es otra cuestión a estudiar en un próximo artículo.

jueves, 13 de julio de 2017

VENEZUELA, DAR EXPLICACIONES

         Asistimos a la agonía del chavismo. Los acontecimientos indican que tal régimen ya no interesa a las elites políticas, económicas y militares venezolanas, debido a su impopularidad e ineficiencia global, por lo que progresan las maniobras e intervenciones dirigidas a sustituirlo por otro, vulgarmente parlamentarista. Ahora son los partidos de la derecha lo que están siendo promovidos por la oligarquía. La acción partidista se dirige asimismo a evitar un alzamiento popular espontáneo contra el chavismo, similar al que derrocó al tirano comunista/fascista Nicolás Ceaucescu en Rumania en 1989, lo que podría llevar a una situación problemática en la calle.

         Se trata, en consecuencia, de que quienes de buena fe y con la mejor intención dieron respaldo público a Chávez y a su régimen se atrevan ahora a, también públicamente, admitir que se equivocaron, señalar las causas de su error, establecer las vías para no volver a incurrir en él y pedir disculpas. Están moralmente obligados a ello, y también políticamente.

         Los que apoyaron el chavismo porque eran financiados desde Venezuela, ellos o las rancias fuerzas políticas a las que pertenecían, no van a explicar nada ni a disculparse, ya que son una parte del aparato del poder aún actuante allí, y un apéndice del gran capital chavista. Se hundirán con Maduro, y sólo sus bolsillos lo lamentarán, dado que son aventureros y filibusteros de la política que cobran de todos y se enriquecen con todos.

         Los que vitorearon a Chávez con la mejor intención, creyendo que en Venezuela estaba teniendo lugar una “revolución”, tienen que empezar por ahí, por reflexionar sobre la noción de revolución. Por su misma naturaleza es un acontecimiento popular, realizado desde abajo, el pueblo contra el Estado, para lograr su derrocamiento e imponer un sistema de autogobierno popular por asambleas y una economía autogestionada. En Venezuela lo que se ha efectuado han sido los primeros pasos de una vulgar  y tópica “revolución desde arriba”, con el ejército como guía y elemento agente. Conviene recordar que Hugo Chávez era teniente coronel y que actuó como cabeza del aparato militar, el mismo que desde la independencia en 1811 está reprimiendo y acuchillando a las clases populares.

         Una revolución dirigida por el ejército, el venezolano o cualquier otro, es imposible, es una anti-revolución. El ejército es siempre y en todo lugar la forma superior del poder oligárquico y el blanco principal de cualquier verdadera revolución, que necesariamente ha de ser popular.

         Otros, algo más lúcidos, pensaban que si bien el chavismo no era revolucionario al menos era “antiimperialista” y, además favorecía a las clases populares, elevando su nivel de consumo. Luego veremos en qué consistió el dudoso antiimperialismo de Chávez, pero ahora se dirá que ampliar el nivel de vida de la gente trabajadora debe resultar de su propio esfuerzo, no de la acción paternalista, asistencial y caritativa del Estado, dirigida a corromper y sobornar a las gentes modestas, poniéndolas al servicio de los planes del gran capitalismo, que fue lo que con cierto éxito durante un tiempo hizo el chavismo, hasta que el desplome del precio del petróleo le dejó sin fondos para comprar desvergonzadamente a la plebe. Ahora las condiciones materiales de existencia de un sector enorme y creciente de la población son todavía más bajas que antes de Chávez, con pobreza e incluso hambre en fase de generalización.

         ¿Qué ha sido la “revolución bolivariana”?, ¿cómo entender su “socialismo del siglo XXI”? Para comenzar hay que señalar que es una revolución singular, pues mantiene y fortalece el aparato de Estado, sobre todo el ejército, y desarrolla el gran capitalismo, el privado no menos que el estatal. Toma del ideario socialdemócrata, y también del fascista, la suposición de que una enérgica intervención del Estado obligará al gran capitalismo a obrar de manera “social”, además de cumplir aquél una función “redistribuidora” de la riqueza, pretendidamente porque el aparato estatal va a imponer fuertes cargas fiscales, “socializar” (nacionalizar, o sea, estatizar) las grandes empresas, etc., con lo que obtendría una gran masa monetaria que sería distribuida entre el pueblo…

         Eso lo hemos leído y escuchado miles de veces, y también hemos seguido los ensayos que se han realizado en numerosos países para aplicarlo, con unos resultados siempre nocivos. La causa última es que el Estado y el capitalismo forman un par íntimamente conexionado, lo que impone que el crecimiento del primero siempre esté al servicio del segundo. Por ejemplo, en Venezuela hubo dádivas y limosnas -perversas- para la plebe, aunque muchas menos de lo que se suele decir, mientras abundaron los ingresos petroleros pero en cuanto éstos escasearon todo los fondos disponibles se han destinado a las grandes empresas, han ido a mantener elevados los beneficios del gran capitalismo estatal y privado. Eso explica, en última instancia, la dramática penuria de medios de vida y consumo básicos que padece la gente de la calle ahora. En el presente, se ha terminado el paternalismo estatal porque los ricos, incluida la muy corrupta “clase política” chavista,  se quedan con todo…

         El “antiimperialismo” es otro de sus mitos mendaces. Respecto a EEUU el gobierno bolivariano siempre ha cumplido todos los acuerdos y compromisos que tiene con él, hostilizándole sólo de forma verbal y palabrera: a eso se reduce su oposición. Pero es cierto que el proyecto del teniente coronel Hugo Chávez pretendía ir reduciendo el poder y presencia del imperialismo yanki en Sudamérica, para crear un vacío que debía ser llenado por un nuevo imperialismo regional, precisamente el bolivariano. Ese es el meollo del proyecto chavista, apoyarse en el petróleo (del que Venezuela tiene una de las mayores reservas del planeta) para convertirse en el nuevo poder imperial, económico, político, diplomático y militar, de esa zona del mundo, en un subimperialismo de nueva data.

         Así pues, el “socialismo del siglo XXI” combina el apetito imperialista y el asistencialismo social-estatal a gran escala con el alto mando militar dirigiendo la operación entre bastidores. En ello no hay mucho de nuevo, pues son numerosos los países del Tercer Mundo que, en algún momento de su historia, han implementado políticas similares, aunque distinguiéndose la bolivariana por su elevado uso de retórica pseudo-marxista.

         La clave de bóveda de la operación fueron, según se expuso, los inmensos ingresos por petróleo que en la época de los precios muy altos del crudo entraban en el país, lo que creó una euforia social descomunal, permitiendo incluso el soborno y compra de numerosas agrupaciones políticas, partidos y personalidades por todo el planeta, sobre todo en España. La idea de construir no se sabe qué “socialismo” sobre la base del mercado mundial capitalista, con los ingresos obtenidos en él, es de risa…

         El mercado capitalista, al divisar precios muy altos de esa materia prima, activó los mecanismos correctores, haciendo que la oferta de crudo se ampliase notablemente, debido a nuevas formas de producir energía (fractura hidráulica, eólicas, biocombustible, gas, etc.), por lo que en los inicios del presente decenio aquéllos comenzaron a retroceder rápidamente, hasta casi desplomarse. Con ello, el chavismo se acabó.

         Pero previamente, con los precios altos, tuvieron lugar procesos económicos de una gran letalidad. Describiré uno. Cuando la demanda exterior de muy caro petróleo venezolano era enorme, la moneda nacional del país, el bolívar, se apreció de manera proporcional al flujo de las ventas en el exterior, lo que por un lado hacia muy difícil exportar cualquier otro producto que no fuera el crudo y por otro otorgaba a los bienes importados unos precios inferiores a esos mismos elaborados en Venezuela. Con ello, los diversos sectores productivos interiores, en la agricultura, la artesanía, la pesca, la ganadería, la industria, etc., entraron en una fase de mengua e incluso liquidación. Por el momento, eso parecía un hecho irrelevante, pues todo lo que necesitaba el país podía importarse pero, años después, el desplome del precio del petróleo se dio en el marco de una economía que dependía del exterior para todo, con una gran burguesía compradora que obtenía muy elevadas ganancias meramente importando bienes básicos, y que por ello no deseaba reactivar la producción autóctona.

         Como, además, los teóricos de la revolución bolivariana (entre los cuales destacan personajes sobrados de furor dogmático, como Ignacio Ramonet, biógrafo del caudillo Chávez y gran sostenedor teorético del desastroso proceso bolivariano) concluyeron que los ingresos por el petróleo tenían que invertirse en los sectores donde fueran más productivos conforme a las demandas del mercado mundial, no se atendió a la producción de bienes básicos, que son los que el pueblo necesita. Eso ha establecido una economía asombrosamente desequilibrada, que padece de escasez crónica de medios de vida a la vez que proporciona muy elevados beneficios a la gran empresa venezolana.

         El designio de lograr un desarrollo máximo del capitalismo centrando todo o lo más importante de la actividad económica en una materia prima dirigida a la exportación ha sido efectuado en varias ocasiones en diversos países, siempre con resultados pésimos para sus pueblos. Lo hizo Cuba en tiempos de Fidel Castro con el azúcar, Argentina con la carne un poco antes (hoy sigue en ello con la soja), Chile con el cobre (antes con el guano), Bolivia con el estaño, etc. Ese obrar es exactamente lo que el gran capital globalizador propone, así que no puede comprenderse que desarrollar el capitalismo más agresivo sea “socialismo”. La hiper-dependencia del mercado mundial que el chavismo practica, con aniquilamiento de la pequeña y mediana producción local de autoabastecimiento nacional, es lo propio del neoliberalismo, que sus seguidores denuestan de palabra, manifestando una doblez e impudicia enormes, para que no se perciba que ellos son en los hechos neoliberales prácticos y globalizadores enardecidos.

         El descomunal fiasco económico del chavismo es el del fracaso de un proyecto para crear un gran capitalismo de naturaleza subimperialista a toda velocidad, en muy poco tiempo, con el Estado (sobre todo el ejército) dirigiendo la operación. Aquél creyó con la fe del carbonero en las excelencias del mercado mundial pero no comprendió que éste no es una institución natural sino un mecanismo propio del capitalismo global subordinado a las grandes potencias, que prima a los más poderosos y debilita a los que lo son menos, según la regla de la acumulación y concentración del capital. Una economía popular autogestionada es la única que puede resolver las necesidades básicas de la población, y la primera condición para ello es salir del mercado mundial, que en el caso de Venezuela equivale a no organizar la economía sobre la base de una materia prima, el crudo. La poliactividad, y no la monoproducción, es lo propio de una economía popular autogestionada sin ente estatal ni clase patronal.

         La puesta en evidencia del proyecto bolivariano está fomentando un descontento popular formidable en Venezuela, que por el momento es utilizado por los partidos de la derecha, y que llevará a corto o medio plazo al final del gobierno chavista. La situación es tan desesperada para las clases subalternas que puede haber una explosión popular, como se dijo. Tal es el temor que unifica a derechistas y chavistas.

         Es posible, aunque no probable, que la ruptura con el chavismo lleve a una situación revolucionaria, a una emergencia radical desde la base del pueblo dirigida a extinguir el perverso poder de la oligarquía autóctona, que se impuso a las clases populares en 1811 tras expulsar al colonialismo español. Bolívar, una personalidad aristocrática, maquiavélica, racista, que sentía hacia la gente modesta un desprecio ilimitado, dirigió la construcción del nuevo Estado destinado a proteger la gran propiedad y a los ricos. Reclamarse de sus ideas y de su herencia política es descabellado, algo así como hacerlo en España del general Espartero…

         Venezuela necesita de la revolución. Esperemos que finalmente estalle y barra a la hiper-corrupta casta chavista (ahora entregada a detener, torturar y asesinar a las gentes que se manifiestan en la calle) tanto como a la derecha, al ejército tanto como a la gran empresa estatal capitalista dedicada a mercadear con el petróleo.

         En este marco quienes con la mejor intención lisonjearon al chavismo tiene ahora que hacer balance crítico-escéptico de su ejecutoria, admitir que se equivocaron, hacer suyo el programa de la revolución popular mundial y respaldar la acción revolucionaria del pueblo venezolano. La lectura del libro “I Encuentro de reflexión sobre Revolución Integral. Recopilación de textos”, 2015, es apropiada.